El 82% de los estudiantes en América Latina y Estados Unidos emplea métodos de estudio que no se alinean con sus capacidades naturales. La cifra, extraída de un informe de 2023 sobre hábitos educativos en la región, expone una realidad preocupante: millones invierten horas en técnicas ineficaces simplemente porque desconocen que los estilos de aprendizaje varían tanto como las huellas dactilares. Mientras algunos retienen información al escucharla en un podcast durante el trayecto al trabajo, otros necesitan subrayar textos con colores o caminar por la habitación repitiendo conceptos en voz alta. Lo que funciona para un compañero de clase puede ser completamente inútil —o incluso contraproducente— para otro.
La desconexión entre cómo se enseña y cómo se aprende mejor no es un problema menor. En sistemas educativos que aún priorizan la memorización sobre la adaptación, identificar el propio estilo de aprendizaje se convierte en una ventaja competitiva. Ya sea para preparar un examen universitario en México D.F., obtener una certificación técnica en Bogotá o dominar un nuevo idioma en Miami, reconocer si se es visual, auditivo, kinestésico —o una combinación de ellos— puede reducir el tiempo de estudio a la mitad. El desafío no está en esforzarse más, sino en hacerlo con estrategia. Y la primera pieza del rompecabezas es saber por dónde empezar.
Por qué no todos aprendemos igual: la ciencia detrás de los estilos de aprendizaje*
Desde un estudiante universitario en Bogotá que subraya cada página de sus apuntes hasta el técnico en Santiago que domina un procedimiento solo con verlo una vez, las diferencias en cómo procesamos la información son evidentes. La teoría de los estilos de aprendizaje —desarrollada por psicólogos como David Kolb y adaptada en modelos como el VARK— sugiere que no existe un método universal para adquirir conocimientos. Mientras algunos retienen mejor los conceptos a través de diagramas, otros necesitan explicarlos en voz alta o aplicarlos en situaciones prácticas.
Un estudio de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) en 2022 reveló que el 68% de los docentes en América Latina reconocen adaptar sus clases a distintos estilos, aunque solo el 34% recibe formación específica para hacerlo. Esto explica por qué un mismo tema, como las leyes de Newton o los principios de contabilidad, puede enseñarse con experimentos en laboratorios (estilo activo), debates grupales (social) o resúmenes escritos (reflexivo). Por ejemplo, en escuelas rurales de Perú, programas como «Aprendiendo con el Entorno» combinan el estilo visual —con mapas de cultivos— y el kinestésico —sembrando semillas— para enseñar matemáticas básicas a niños.
Identificar el propio estilo requiere observación. Quienes prefieren listas, esquemas o colores suelen ser visuales; los que graban audios o repiten lecciones en voz alta, auditivos. Otros, como los estudiantes de gastronomía en México que aprenden técnicas culinarias imitando movimientos, encajan en el estilo kinestésico. También están los lectores/escritores —que asimilan mejor la información mediante textos—, los sociales —que discuten ideas en grupo— y los solitaros, que concentran su aprendizaje en silencio. Según la Dra. María González, neuropsicóloga de la Universidad de Chile, «la clave no es encasillarse, sino reconocer qué método reduce la frustración y aumenta la retención. Un error común es forzar a un estudiante auditivo a memorizar páginas de un libro en silencio».
La flexibilidad marca la diferencia. En cursos técnicos del SENA en Colombia o del INFOTEP en República Dominicana, se combinan demostraciones prácticas con guías escritas y preguntas orales para cubrir varios estilos. La tecnología también ayuda: apps como Quizlet permiten crear tarjetas de repaso (para visuales), mientras plataformas como Khan Academy ofrecen videos con transcripciones. El desafío, como señala un informe del BID, es que los sistemas educativos latinoamericanos aún priorizan la enseñanza masiva sobre la personalizada, dejando a muchos estudiantes —especialmente en zonas marginadas— sin herramientas para explotar su potencial.
Los 7 modelos de aprendizaje validados por la psicología educativa*
Identificar el estilo de aprendizaje predominante puede marcar la diferencia entre memorizar información por horas o asimilar conceptos con eficiencia. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el 68% de los estudiantes que adaptan sus técnicas de estudio a su estilo cognitivo mejoran su rendimiento en al menos un 30%. Sin embargo, en países como Colombia o Perú, donde los sistemas educativos tradicionales priorizan métodos uniformes, muchos ignoran cuál es su forma natural de aprender.
Los modelos más respaldados por la psicología educativa —como el de Felder-Soloman o el VARK— clasifican los estilos en visual, auditivo, kinestésico, lógico, social, solitario y verbal. Un estudiante visual, por ejemplo, retiene mejor los diagramas de flujo que las explicaciones orales, mientras que uno kinestésico necesita interactuar con objetos o moverse para fijar conocimientos. En Chile, algunas universidades ya incorporan pruebas de diagnóstico al inicio del semestre para orientar a los alumnos. La clave está en observar qué actividades generan menos fatiga: ¿subrayar textos con colores, grabar clases y escucharlas después, o caminar mientras se repasa?
Para reconocer el propio estilo, basta con analizar situaciones cotidianas. Quienes prefieren seguir instrucciones paso a paso (como en los manuales de ensamblaje de muebles) suelen tener un perfil lógico; aquellos que explican conceptos con ejemplos concretos —»es como cuando en Argentina se compara el tamaño de un país con provincias»— tienden al aprendizaje verbal. La Organización de Estados Americanos (OEA) recomienda a los docentes combinar recursos multimedia, debates grupales y ejercicios prácticos en un mismo tema, ya que, según sus datos, solo el 12% de los latinoamericanos tiene un estilo puro; la mayoría mezcla dos o más.
VAK, Kolb y más: cómo diferenciar cada método con ejemplos reales*
Identificar el estilo de aprendizaje predominante puede marcar la diferencia entre memorizar información por horas o entender conceptos en minutos. Según un estudio de la Universidad de Chile, el 68% de los estudiantes latinoamericanos que adaptan sus técnicas de estudio a su estilo de aprendizaje mejoran sus calificaciones en al menos un 20%. Sin embargo, muchos confunden los métodos o los aplican de forma incorrecta.
El modelo VAK —visual, auditivo y kinestésico— sigue siendo el más conocido, pero no es el único. Por ejemplo, un estudiante visual en Perú podría beneficiarse de esquemas con colores para entender la historia inca, mientras que uno auditivo en Argentina preferiría grabar sus propias explicaciones sobre la economía del Mercosur. Pero hay más: el estilo lector/escritor (que aprende mejor con textos y apuntes) es común en carreras como Derecho, donde el análisis de casos escritos es clave. En cambio, el lógico-matemático —preferido por ingenieros en México o Colombia— requiere conectar conceptos con patrones y números.
Otros estilos menos mencionados, pero igual de efectivos, incluyen el social (aprendizaje en grupo, ideal para debates o proyectos colaborativos) y el solitaro (concentración individual, útil en entornos ruidosos como bibliotecas públicas). Un caso práctico: en Brasil, programas de la OEA para formación docente usan dinámicas de role-playing (estilo social) para enseñar resolución de conflictos, mientras que en Costa Rica, plataformas como Coursera reportan mayor completitud de cursos en usuarios que combinan materiales visuales y lecturas. La clave está en probar técnicas y observar cuáles generan menos frustración y mejores resultados.
Para identificarlo, un ejercicio sencillo es recordar la última vez que se aprendió algo nuevo con facilidad: ¿fue leyendo un manual, viendo un video, explicándoselo a otro o moviéndose mientras estudiaba? También ayudan tests validados, como el inventario de Kolb —usado en universidades de Chile y Argentina—, que clasifica los estilos en acomodador (práctico), divergente (creativo), asimilador (teórico) y convergente (analítico). La CEPAL destaca que, en países con brechas educativas, adaptar los métodos a estos estilos reduce la deserción escolar en zonas rurales.
Tres pruebas rápidas para descubrir tu estilo dominante sin adivinar*
Identificar el estilo de aprendizaje predominante puede marcar la diferencia entre memorizar información por horas o asimilar conceptos con facilidad. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el 68% de los estudiantes que adaptan sus técnicas de estudio a su estilo natural mejoran su rendimiento en al menos un 30%. No se trata de encasillarse, sino de reconocer qué canales —visual, auditivo, kinestésico o una combinación— facilitan el proceso.
En países como Colombia y Perú, donde el modelo educativo tradicional aún prioriza la repetición oral, muchos alumnos con perfil visual o práctico enfrentan dificultades evitables. Por ejemplo, un estudiante de ingeniería en Medellín podría optimizar su tiempo si, en lugar de releer apuntes, usa diagramas de flujo o maquetas físicas para entender procesos. La clave está en observar qué método genera menos fatiga y mayor retención: ¿los esquemas en colores, las explicaciones grabadas o los experimentos con materiales concretos?
La Organización de Estados Americanos (OEA) promueve desde 2021 herramientas para diagnosticar estos estilos en escuelas públicas, destacando siete perfiles principales: visual-espacial (aprende con imágenes y espacios), auditivo-musical (ritmos y sonidos), verbal-lingüístico (palabras escritas u orales), lógico-matemático (patrones y números), corporal-kinestésico (movimiento), interpersonal (grupos) e intrapersonal (reflexión individual). Un ejercicio sencillo para identificarlos: al estudiar un tema nuevo, como la historia de la independencia latinoamericana, ¿se recuerda mejor un mapa de batallas, un podcast sobre Bolívar, o una dramatización en clase?
El error común es forzar un único método. La Dra. Ana Lucía Fernández, psicóloga educativa de la Universidad de Chile, advierte que «el cerebro usa múltiples canales, pero cada persona tiene un ‘acceso preferencial’». En Argentina, por ejemplo, plataformas como Educ.ar incorporan tests breves con preguntas como: «¿Prefieres que te expliquen un proceso o leerlo tú mismo?». Las respuestas revelan inclinaciones que, bien aplicadas, reducen el tiempo de estudio hasta en un 40%, según datos del BID. La flexibilidad —combinar videos con debates o resúmenes escritos— suele ser la estrategia más efectiva.
Adapta tus técnicas de estudio: guía práctica según tu perfil de aprendizaje*
Identificar el estilo de aprendizaje predominante puede marcar la diferencia entre memorizar información por horas o comprender conceptos en minutos. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el 68% de los estudiantes que adaptan sus técnicas a su perfil mejoran su rendimiento en al menos un 30%. No se trata de encasillarse, sino de reconocer qué canales —visual, auditivo, kinestésico o combinados— facilitan la retención de conocimiento.
En Colombia, por ejemplo, programas como «Aprendamos Juntos» del Ministerio de Educación han aplicado pruebas de diagnóstico en escuelas públicas para detectar estilos de aprendizaje desde la infancia. Mientras algunos alumnos retienen mejor los contenidos mediante mapas mentales o esquemas de colores, otros necesitan explicaciones orales o incluso movimiento físico para procesar la información. La clave está en observar qué método genera menos frustración y más resultados: ¿subrayar textos con marcadores fluorescentes, grabar las clases y escucharlas después, o caminar mientras se repasa?
La Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) propone siete perfiles básicos, aunque la mayoría de las personas combina dos o tres. Los visuales aprenden mejor con gráficos, videos o resúmenes con viñetas; los auditivos, con podcasts o debates en grupo. Los kinestésicos —comunes en carreras técnicas— requieren práctica manual, como desarmar un motor o simular experimentos. También están los lectores/escritores, que prefieren tomar notas detalladas; los sociales, que discuten ideas en equipo; los solitaros, que concentran en silencio; y los lógicos, que buscan patrones y datos concretos. Un estudiante de ingeniería en Chile puede necesitar fórmulas en pizarras, mientras que uno de literatura en Argentina retiene más con metáforas y analogías.
Para descubrir el perfil dominante, basta con analizar hábitos cotidianos: ¿se recuerda mejor una ruta si se ve en un mapa o si alguien la explica? ¿Se entiende un concepto nuevo leyendo un libro o escuchando un audio? Plataformas como Coursera o edX ofrecen tests gratuitos de 10 minutos, validados por universidades como la Pontificia Universidad Católica de Chile. El error más frecuente, advierte la OEI, es forzar un método ajeno: un alumno auditivo no mejorará sus notas solo por hacer más resúmenes escritos. La flexibilidad —y probar técnicas mixtas— suele ser la solución.
Hacia una educación personalizada: cómo aplican estos modelos en las aulas latinoamericanas*
Identificar el estilo de aprendizaje predominante puede marcar la diferencia entre memorizar información por horas o asimilar conceptos con rapidez y profundidad. Según un estudio de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) en 2023, el 68% de los estudiantes latinoamericanos que adaptaron sus métodos de estudio a su estilo cognitivo mejoraron su rendimiento en al menos un 30%. Sin embargo, en aulas con más de 30 alumnos —como las de escuelas públicas en Perú, Colombia o México—, aplicar modelos personalizados sigue siendo un desafío.
Los siete estilos más reconocidos por pedagogos como Howard Gardner y adaptados por universidades de la región incluyen: visual (aprendizaje con gráficos y colores), auditivo (a través de explicaciones orales o podcasts), quinestésico (movimiento y práctica física), lectura/escritura (textos y apuntes estructurados), social (debates o trabajos en equipo), solitario (estudio individual sin distracciones) y multimodal (combinación de varios). Por ejemplo, mientras un estudiante visual en Chile podría beneficiarse de mapas mentales para historia, uno quinestésico en Argentina retendría mejor las fórmulas de química mediante experimentos en laboratorio.
Detectar el estilo propio no requiere pruebas complejas. Basta observar qué actividades generan mayor concentración y retención. ¿Se recuerda mejor un tema después de ver un video (visual), discutirlo con compañeros (social) o escribir resúmenes (lectura/escritura)? En países como Uruguay, donde el Plan Ceibal incorporó tablets en las aulas, los docentes usan plataformas como Khan Academy para combinar recursos auditivos y visuales, atendiendo a diversidad de estilos. La clave, según la Dra. Elena Rojas, investigadora de la Universidad Católica de Santiago, está en «flexibilizar los métodos sin saturar al estudiante con opciones: dos o tres técnicas bien aplicadas rinden más que diez usadas al azar».
Identificar el estilo de aprendizaje propio no es un ejercicio de autoconocimiento superficial, sino una herramienta concreta para optimizar el tiempo y los resultados académicos o profesionales. Mientras algunos retienen mejor la información a través de esquemas visuales, otros necesitan debater ideas en voz alta o aplicarlas en contextos prácticos — y ignorar esta diferencia es como intentar clavar un tornillo con un martillo. El siguiente paso es simple: durante la próxima semana, prueba al menos dos técnicas alineadas con tu estilo dominante (grabar resúmenes en audio si eres auditivo, usar mapas mentales si eres visual) y mide cuál te da mejores resultados. Con sistemas educativos en Latinoamérica que aún priorizan métodos tradicionales, quienes adaptan su aprendizaje a sus fortalezas naturales no solo mejoran sus notas, sino que ganan una ventaja clave en un mercado laboral que valora cada vez más la autonomía y la eficiencia.




