El ajolote mexicano, ese anfibio de aspecto prehistórico y capacidades regenerativas que parecen sacadas de la ciencia ficción, enfrenta una realidad cruda en 2024: menos del 1% de su población original sobrevive en estado silvestre. Lo que alguna vez fue un símbolo cultural y biológico de los canales de Xochimilco —ese laberinto de chinampas que aún resiste en la Ciudad de México— ahora depende de esfuerzos de conservación casi heroicos para no desaparecer. Pero más allá de los titulares sobre su posible extinción, pocos conocen con precisión dónde viven los ajolotes en la actualidad o cómo su hábitat se ha reducido a fragmentos aislados, como islas en un archipiélago de concreto.

La conexión con este animal va más allá de lo ecológico. Para comunidades rurales de Michoacán y la capital mexicana, el ajolote es parte de leyendas, medicina tradicional e incluso gastronomía en zonas donde su consumo está ahora prohibido. Sin embargo, su supervivencia se concentra en tres tipos de ecosistemas: los canales de Xochimilco (aunque cada vez más degradados), algunos lagos de montaña en el centro del país y, sorpresivamente, en humedales artificiales creados por científicos. Entender dónde viven los ajolotes hoy no es solo un ejercicio académico, sino una ventana a los desafíos que enfrentan los humedales latinoamericanos, esos ecosistemas que filtran agua, controlan inundaciones y albergan biodiversidad única. Lo que pase con este anfibio podría ser un termómetro de lo que viene para otras especies endémicas de la región.

El ajolote mexicano: un anfibio único en peligro de extinción*

Los ajolotes, esos anfibios de aspecto prehistórico y capacidad única de regenerar tejidos, encuentran su último refugio en un puñado de ecosistemas acuáticos de México. Aunque su distribución histórica abarcaba lagos y canales de la cuenca del Valle de México, hoy su presencia se limita casi exclusivamente a los canales de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México. Este sistema de chinampas —islas artificiales creadas por culturas mesoamericanas— alberga las condiciones ideales: aguas frescas, rica vegetación acuática y baja corriente, elementos que el ajolote amblystoma mexicanum necesita para sobrevivir.

Fuera de su hábitat natural, los esfuerzos de conservación han logrado establecer poblaciones en cautiverio en instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Acuario de Veracruz. Según datos del Informe sobre el Estado de la Biodiversidad en México 2023, elaborado por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), menos del 1% de los ajolotes vive en estado silvestre, mientras que el 99% depende de programas de cría controlada. La contaminación del agua, la urbanización desmedida y la introducción de especies invasoras como la tilapia han reducido su territorio a fragmentos aislados.

En otros países de Latinoamérica, aunque no existen poblaciones nativas, algunos acuario públicos han replicado sus condiciones para fines educativos. El Acuario de Valdivia en Chile y el Buin Zoo en Santiago mantienen ejemplares como parte de programas de concienciación sobre especies en peligro. Incluso en Colombia, el Acuario del Río Magdalena en Barrancabermeja incluye ajolotes en su colección, destacando su valor científico. Sin embargo, estos espacios no sustituyen los humedales mexicanos: estudios de la Organización de Estados Americanos (OEA) advierten que, sin restauración ecológica en Xochimilco, la especie podría desaparecer de la naturaleza en menos de una década.

La supervivencia del ajolote depende ahora de un equilibrio frágil. Mientras proyectos como el Refugio Chinampa —una iniciativa comunitaria apoyada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)— buscan limpiar los canales y promover turismo sostenible, los científicos insisten en que su protección requiere acciones transversales. Desde regular el uso de agroquímicos en zonas aledañas hasta controlar el comercio ilegal de ejemplares, cada medida cuenta. El ajolote ya no es solo un símbolo cultural mexicano; se ha convertido en un termómetro de la salud ambiental de la región.

Los ecosistemas naturales donde prosperan los ajolotes*

Los ajolotes, esos anfibios que parecen salidos de un cuento por su capacidad de regenerar tejidos y su aspecto único, encuentran su refugio en ecosistemas acuáticos muy específicos. Originarios de México, su hábitat natural se limita casi exclusivamente a los canales de Xochimilco, en la Ciudad de México, y a algunos lagos de Michoacán como Pátzcuaro y Zirahuén. Estos cuerpos de agua, ricos en vegetación y con fondos lodosos, les proporcionan el entorno ideal: aguas frescas, sombreadas y con baja corriente. Sin embargo, la urbanización desmedida y la contaminación han reducido su distribución a menos del 1% de su área histórica, según datos de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio).

Fuera de México, los esfuerzos de conservación han logrado introducir poblaciones en cautiverio en países como Colombia y Costa Rica, donde instituciones como el Instituto Clodomiro Picado de la Universidad de Costa Rica estudian su resistencia a enfermedades. También se han registrado pequeños núcleos en humedales artificiales de Chile, creados para investigar su adaptación a climas más fríos. Pero estos casos son excepcionales: en estado salvaje, el ajolote Ambystoma mexicanum no existe fuera de su país natal. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) lo clasifica como especie en peligro crítico, con menos de mil individuos en libertad.

La supervivencia de los ajolotes depende de tres factores clave: agua limpia, presencia de macroinvertebrados (su principal alimento) y ausencia de especies invasoras como la carpa o la tilapia, que compiten por recursos. En Xochimilco, proyectos comunitarios como las chinampas —jardines flotantes heredados de los aztecas— han demostrado ser aliadas inesperadas. Estas islas artificiales filtran contaminantes y crean microhábitats donde los ajolotes pueden reproducirse. Mientras tanto, en laboratorios de Perú y Argentina, científicos analizan cómo su ADN podría aplicarse en medicina regenerativa, aunque el foco sigue siendo proteger los pocos santuarios que les quedan.

3 regiones de México donde aún se encuentran en estado silvestre*

El ajolote mexicano, conocido científicamente como Ambystoma mexicanum, sobrevive en estado silvestre en menos del 1% de su hábitat original. Aunque antes poblaba extensas zonas de lagos y canales en el centro de México, hoy su presencia se limita a tres regiones críticas: los canales de Xochimilco en la Ciudad de México, el lago de Chalco —ya casi extinto— y algunas zonas de los humedales de Tláhuac. Según datos de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), estos anfibios dependen de aguas dulces con vegetación densa y baja contaminación, condiciones cada vez más difíciles de encontrar.

Xochimilco sigue siendo el refugio más importante. Allí, entre chinampas y canales artificiales, los ajolotes resisten gracias a proyectos de conservación como el de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que monitorea la calidad del agua y reintroduce ejemplares criados en cautiverio. Sin embargo, la urbanización descontrolada y la introducción de especies invasoras, como la carpa y la tilapia, han reducido su población en un 90% desde la década de 1990. La Dra. Luis Zambrano, bióloga de la UNAM, advierte que «sin una regulación estricta del turismo en trajinera y el tratamiento de aguas residuales, el ajolote podría desaparecer de Xochimilco en menos de una década».

Fuera de la capital, el lago de Chalco —drenado en su mayoría durante el siglo XX— alberga pequeños remanentes de ajolotes en charcas aisladas. En Tláhuac, los humedales artificiales creados para filtrar aguas grises han servido como hábitat alternativo, aunque con limitaciones. Estos esfuerzos reflejan un patrón visto en otros países de la región, como Colombia con su rana dorada o Ecuador con el sapo de Junín: la conservación ex situ (fuera de su entorno natural) se vuelve la última opción cuando los ecosistemas colapsan. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica al ajolote como especie en peligro crítico, un estatus que comparte con solo el 3% de los anfibios del mundo.

Cómo identificar un hábitat ideal para la conservación del ajolote*

El ajolote, ese anfibio emblemático de México con capacidad de regenerar tejidos, encuentra su último refugio en un puñado de ecosistemas acuáticos de América Latina. Aunque su distribución histórica abarcaba lagos y canales de la cuenca del Valle de México, la urbanización y la contaminación han reducido su hábitat natural a menos del 1% de su extensión original. Hoy, los canales de Xochimilco —declarados Patrimonio de la Humanidad— albergan la población más estudiada, pero no son los únicos.

Fuera de México, pequeños núcleos sobreviven en condiciones controladas. En Guatemala, el lago Atitlán registró avistamientos aislados hasta 2020, aunque la introducción de especies invasoras como la carpa ha diezmado sus números. Más al sur, en Colombia, el ajolote de Transilvania (Ambystoma andersoni), una especie crítica en peligro, persiste en humedales de los Andes centrales, protegidos por acuerdos entre comunidades locales y la Convención sobre la Diversidad Biológica. Estos casos demuestran que, aunque escaso, el hábitat ideal para el ajolote comparte rasgos: aguas limpias con vegetación densa, temperaturas entre 14°C y 20°C, y baja presencia de depredadores.

La clave para su conservación radica en replicar estas condiciones. Según datos de la Universidad Autónoma Metropolitana, los ajolotes requieren cuerpos de agua con oxígeno disuelto superior a 5 mg/L y fondos lodosos que les permitan esconderse. En Chile, el proyecto «Refugios para Anfibios» ha adaptado estanques artificiales en la Región de Los Ríos con estos parámetros, logrando un aumento del 15% en la supervivencia de larvas. El modelo, replicable en otros países, subraya que la intervención humana puede ser aliada cuando se basa en evidencia científica.

Sin embargo, el mayor desafío sigue siendo la presión urbana. En Ciudad de México, el crecimiento de asentamientos irregulares sobre zonas húmedas ha fragmentado los canales de Xochimilco, mientras que en Centroamérica, la agricultura intensiva contamina los afluentes con pesticidas. La CEPAL advierte que, sin políticas regionales coordinadas, el 60% de los humedales latinos —vitales para el ajolote— podrían desaparecer en 2050. La supervivencia de este anfibio, entonces, no depende solo de identificar hábitats ideales, sino de protegerlos.

Proyectos latinos que protegen los últimos refugios del ajolote*

Los ajolotes, esos anfibios icónicos con branquias externas y una capacidad única de regeneración, encuentran su último refugio en los canales de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México. Este sistema de humedales artificiales, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, alberga la mayor población silvestre de Ambystoma mexicanum, aunque su extensión se ha reducido a menos del 10% de su superficie original. La urbanización descontrolada, la contaminación por agroquímicos y la introducción de especies invasoras como la tilapia han convertido estos canales en un ecosistema frágil, donde organizaciones como Pronatura México monitorean mensualmente la calidad del agua y la densidad de ajolotes.

Fuera de México, los ajolotes sobreviven en cautiverio en laboratorios y acuarios especializados, pero sus poblaciones silvestres son casi inexistentes. En Guatemala, el Zoológico La Aurora mantiene un programa de conservación ex situ con ejemplares de Ambystoma tigrinum, una especie cercana al ajolote mexicano, mientras que en Colombia, la Fundación Omacha estudia su posible reintroducción en humedales de la Sabana de Bogotá, donde históricamente habitaron parientes del género. Según datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el 98% de los ajolotes en estado salvaje dependen de los canales mexicanos, lo que los convierte en uno de los anfibios más amenazados del continente.

La supervivencia de estos animales depende de iniciativas como los chinampas ecológicas, un proyecto comunitario que combina técnicas agrícolas prehispánicas con filtros naturales para depurar el agua. En zonas como San Gregorio Atlapulco, agricultores locales han logrado reducir los niveles de nitratos en un 40%, según un informe del Instituto de Biología de la UNAM. Mientras tanto, en Perú, el Parque de las Leyendas de Lima reproduce ajolotes en cautiverio para educar sobre su papel en la cultura mesoamericana, donde eran considerados símbolos de los dioses del agua. Su hábitat ideal —aguas dulces, poco profundas y ricas en vegetación— es cada vez más escaso, pero estos esfuerzos demuestran que su extinción aún puede frenarse.

¿Podrá América Latina salvar al ajolote de la desaparición total?*

El ajolote mexicano, ese anfibio de aspecto prehistórico y capacidad única para regenerar tejidos, encuentra su último refugio en un puñado de humedales y canales de América Latina. Aunque su hábitat natural se ha reducido en más del 99% desde la década de 1990 —según datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN)— aún persisten poblaciones silvestres en la Ciudad de México, particularmente en los canales de Xochimilco y el lago de Chalco. Estos ecosistemas, declarados Patrimonio de la Humanidad, albergan aguas ricas en nutrientes y vegetación acuática densa, condiciones ideales para una especie que depende de la calidad del agua y la ausencia de depredadores introducidos como la carpa o la tilapia.

Fuera de México, los esfuerzos de reintroducción han logrado establecer colonias estables en cautiverio controlado, aunque su supervivencia en estado salvaje sigue siendo excepcional. En Costa Rica, el Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (CIMAR) de la Universidad de Costa Rica mantiene un programa de cría con ejemplares descendientes de los ajolotes originales de Xochimilco, adaptados a condiciones similares en humedales artificiales. Mientras tanto, en Colombia, la Fundación Zoológica de Cali ha replicado microhábitats con parámetros de temperatura (16-20°C) y pH neutro, claves para su desarrollo. Estos proyectos, apoyados por la Organización de Estados Americanos (OEA), buscan evitar que la especie desparezca por completo antes de 2030.

La supervivencia del ajolote en la naturaleza enfrenta un enemigo invisible: la urbanización acelerada. En Xochimilco, la expansión de asentamientos irregulares ha fragmentado los canales, mientras que el uso de pesticidas en cultivos cercanos —como los de maíz en el Estado de México— contamina las aguas. Según la Dra. Elena Rojas, bióloga de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), «incluso las poblaciones en cautiverio requieren monitoreo constante, ya que son sensibles a cambios mínimos en la oxigenación del agua». La solución, advierte, no está solo en la reproducción asistida, sino en restaurar los humedales con especies nativas de plantas como el Typha latifolia, que filtra metales pesados.

Para quienes deseen observarlos en su entorno, las opciones son limitadas pero precisas. En México, el Refugio Chinampa Ajolote, en Xochimilco, ofrece recorridos guiados por canales menos alterados, donde aún es posible avistar ejemplares adultos entre junio y septiembre. En cautiverio, el Acuario de Veracruz y el Bioparque La Reserva en Ecuador exhiben especímenes como parte de programas educativos. La recomendación es clara: si el turismo responsable no se combina con políticas de conservación urgentes, el ajolote podría convertirse en otra víctima silenciosa de la crisis ambiental latinoamericana.

El ajolote no es solo un símbolo cultural de México, sino un bioindicador crítico de la salud de los ecosistemas acuáticos de la región. Su supervivencia depende hoy de tres canales de Xochimilco, el lago de Pátzcuaro y algunos refugios en Michoacán, donde la calidad del agua y la reducción de especies invasoras marcan la diferencia entre la extinción y la recuperación. Quienes visiten estos humedales pueden contribuir directamente: elegir operadores turísticos que promuevan prácticas sostenibles y denunciar el comercio ilegal de ejemplares, aún frecuente en mercados informales. Con proyectos como el de la UNAM para reintroducir ajolotes en zonas restauradas, 2024 podría ser el año en que México demuestre que la conservación activa —y no solo la protección pasiva— revierte el declive de sus especies endémicas.