El Banco Interamericano de Desarrollo calculó que los aranceles aplicados en América Latina durante 2023 generaron un aumento promedio del 12% en los precios de productos importados, desde electrodomésticos hasta medicamentos. La cifra refleja cómo decisiones comerciales tomadas en oficinas gubernamentales terminan repercutiendo en el bolsillo de los consumidores, aunque muchos no sepan exactamente por qué sube el costo de un teléfono celular o una prendas de vestir fabricada en otro país.

Entender qué son aranceles —y cómo operan— se vuelve clave en una región donde el comercio exterior representa el 30% del PIB, según datos de la CEPAL. No se trata solo de impuestos a las importaciones: son herramientas que pueden proteger industrias locales o desencadenar guerras comerciales, como la reciente disputa entre México y Estados Unidos por el acero. Pero qué son aranceles en la práctica cotidiana significa también reconocer su papel en la inflación, el empleo y hasta en la disponibilidad de ciertos productos en el supermercado. La discusión va más allá de los técnicos: afecta desde el precio del pan hasta la competitividad de las pymes que intentan exportar.

Qué son los aranceles y por qué existen en el comercio global*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados desde otros países, un mecanismo que ha moldeado el comercio global durante siglos. Su objetivo principal es proteger las industrias locales al encarecer los productos extranjeros, lo que incentiva el consumo de bienes nacionales. Por ejemplo, cuando Colombia impuso en 2022 aranceles del 10% al 20% a textiles asiáticos, la producción local de ropa aumentó un 15% en seis meses, según datos de la Cámara Colombiana de la Confección. Pero no solo sirven para proteger: también generan ingresos para el Estado, como en el caso de Chile, donde los aranceles representaron el 3% de la recaudación fiscal en 2023.

El funcionamiento es sencillo en teoría, aunque complejo en la práctica. Al llegar un producto a la aduana —digamos, un automóvil japonés a México—, se calcula un porcentaje sobre su valor declarado (ad valorem) o un monto fijo por unidad. Ese costo adicional lo asume el importador, quien suele trasladarlo al precio final que paga el consumidor. Sin embargo, los aranceles no son arbitrarios: se negocian en tratados como el Acuerdo de Asociación Transpacífico (CPTPP), del que forman parte Perú y Chile, o se establecen unilateralmente para corregir desequilibrios. La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) advierte que, mal aplicados, pueden desencadenar guerras comerciales, como la tensión entre Brasil y Argentina por los aranceles a los autos en 2021.

Su impacto en la economía es doble. Por un lado, protegen empleos: en Ecuador, los aranceles a las importaciones de lácteos salvaguardaron 12,000 puestos de trabajo en 2023, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Por otro, encarecen la vida de los ciudadanos. Un estudio de la Universidad de São Paulo reveló que los aranceles brasileños a los electrodomésticos elevan su precio hasta un 30% respecto a mercados sin barreras. La clave está en el equilibrio: mientras Costa Rica redujo aranceles para atraer inversión extranjera, Venezuela los mantuvo altos para priorizar su industria, con resultados desiguales en crecimiento económico.

Los tres tipos de aranceles que afectan a las economías latinoamericanas*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de proteger la producción local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. En América Latina, estos gravámenes han sido herramientas clave en las políticas económicas, especialmente en sectores sensibles como la agricultura, la industria automotriz o los textiles. Por ejemplo, México mantiene aranceles de hasta el 20% en algunos productos agrícolas para resguardar a sus productores de la competencia estadounidense, mientras que Argentina ha utilizado barreras arancelarias para frenar la importación de bienes manufacturados y reducir el déficit comercial.

Su funcionamiento es sencillo en teoría, pero complejo en la práctica. Cuando un producto extranjero llega a un puerto —como el de Santos en Brasil o el de Valparaíso en Chile—, las autoridades aduaneras calculan el impuesto según el tipo de arancel aplicable: ad valorem (un porcentaje del valor del bien), específico (una tarifa fija por unidad) o mixto (combinación de ambos). Según datos de la CEPAL, en 2023 los países latinoamericanos recaudaron en promedio un 1,8% de su PIB mediante estos impuestos, aunque con grandes diferencias: mientras Uruguay y Costa Rica aplican aranceles bajos para fomentar el libre comercio, Ecuador y Bolivia los usan como escudo para industrias nacientes.

El impacto en la economía regional varía según el contexto. Por un lado, los aranceles pueden salvar empleos en industrias locales —como ocurrió en Colombia con el sector textil tras imponer barreras a las importaciones asiáticas—, pero también encarecen los productos para los consumidores y generan represalias comerciales. Un caso emblemático fue la guerra arancelaria entre Perú y la Unión Europea por las exportaciones de espárragos en 2019, que terminó afectando a pequeños agricultores. La clave, como señala un informe del BID, está en el equilibrio: usarlos como herramienta temporal para fortalecer sectores estratégicos, no como barrera permanente que ahogue la competitividad.

Cómo se calculan los aranceles: ejemplos reales de productos importados*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de proteger la producción local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. Su cálculo depende del tipo de producto, su valor y los acuerdos comerciales vigentes entre países. En América Latina, estos gravámenes varían significativamente: mientras Chile mantiene un arancel promedio del 6% para la mayoría de las importaciones, Argentina puede superar el 35% en sectores como el automotriz o el textil, según datos de la CEPAL.

El funcionamiento es sencillo en la teoría, pero complejo en la práctica. Un arancel ad valorem —el más común— se calcula como un porcentaje del valor CIF (costo del producto + seguro + flete) declarado en la aduana. Por ejemplo, si Colombia importa un lote de teléfonos celulares valorado en US$100.000 con un arancel del 10%, el importador pagará US$10.000 adicionales. Sin embargo, algunos productos enfrentan aranceles específicos (por unidad, peso o volumen), como el azúcar en México, donde se cobran hasta US$0,25 por kilogramo para proteger a los productores nacionales de caña.

El impacto económico de estos impuestos trasciende las fronteras. Según un informe del BID, los aranceles elevados en la región han reducido hasta en un 15% las importaciones de bienes manufacturados en países como Brasil y Perú, incentivando la industria local pero encareciendo productos finales para los consumidores. El caso de los autos es revelador: un vehículo importado en Uruguay puede costar un 20% menos que el mismo modelo en Argentina, donde los aranceles y los impuestos internos disparan los precios. Esta disparidad afecta no solo a los bolsillos, sino también a la competitividad de las empresas que dependen de insumos extranjeros.

La flexibilidad de los aranceles depende de los tratados comerciales. Países como Costa Rica o Panamá, con múltiples acuerdos de libre comercio, aplican tasas cercanas a cero para bienes provenientes de socios como Estados Unidos o la Unión Europea. En cambio, naciones sin acuerdos bilaterales —como Venezuela— mantienen aranceles altos y barreras no arancelarias, lo que limita el flujo de mercancías y encarece desde medicinas hasta tecnología. La clave está en el equilibrio: proteger sin asfixiar, competir sin depender.

Efectos directos de los aranceles en precios, empleo y competencia local*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los productos importados, con el objetivo de proteger la industria local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. Funcionan como un costo adicional que encarece el precio final de bienes extranjeros, haciendo que los productos nacionales resulten más competitivos. Por ejemplo, si Colombia impone un arancel del 20% a los autos importados de México, un vehículo que cuesta US$20.000 en origen llegará al consumidor colombiano con un precio base de US$24.000, sin incluir otros impuestos internos.

Su impacto en la economía varía según el contexto. En países con industrias incipientes, como algunos sectores manufactureros de Centroamérica, los aranceles pueden dar un respiro a empresas locales para crecer sin la presión de competidores extranjeros con costos más bajos. Sin embargo, la CEPAL advierte que, en economías pequeñas y abiertas, estos impuestos también reducen la variedad de productos disponibles y elevan los precios para los consumidores. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) reveló que, en 2022, los aranceles en América Latina aumentaron hasta un 15% el costo de bienes como electrodomésticos y textiles en países como Perú y Chile, afectando especialmente a familias de ingresos medios y bajos.

El efecto en el empleo es otro aspecto clave. Mientras algunas industrias —como la automotriz en Argentina o la textil en Honduras— se benefician al mantener puestos de trabajo gracias a la protección arancelaria, otros sectores sufren. Las empresas que dependen de insumos importados, desde fábricas de celulosa en Uruguay hasta ensambladoras de tecnología en Costa Rica, ven reducidos sus márgenes de ganancia. Esto puede llevar a recortes de personal o a un estancamiento en la contratación. La balanza es frágil: según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), por cada empleo preservado en industrias protegidas, se pierden entre 1,5 y 2 puestos en sectores conexos que dependen del comercio exterior.

La competencia local también se transforma. En mercados como el agrícola, donde Brasil y Ecuador compiten con productos similares, los aranceles pueden distorsionar las reglas del juego. Un caso reciente fue la guerra comercial entre México y Estados Unidos por el tomate: en 2023, la suspensión de aranceles mexicanos a este producto estadounidense llevó a una caída del 30% en los precios internos, perjudicando a pequeños productores de Sinaloa. El desafío para los gobiernos es calibrar estas medidas sin ahuyentar inversiones o generar represalias de socios comerciales, en una región donde el 60% del intercambio comercial ocurre dentro de América Latina, según la OEA.

Qué pueden hacer las pymes para reducir el impacto de los aranceles*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los productos importados, con el objetivo de proteger la industria local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. Funcionan como un costo adicional que encarece los bienes extranjeros, haciendo que los productos nacionales resulten más competitivos en precio. Por ejemplo, si Colombia impone un arancel del 15% a los zapatos chinos, un par que cuesta US$50 en el mercado internacional pasará a valer US$57,50 para el consumidor colombiano, lo que puede incentivar la compra de calzado fabricado en el país.

Su impacto en la economía es doble. Por un lado, protegen empleos y empresas locales: según datos de la CEPAL, en 2023 los aranceles en América Latina ayudaron a reducir un 8% las importaciones en sectores sensibles como el agropecuario y el textil. Pero también encarecen los insumos para industrias que dependen de componentes extranjeros. Un caso claro es el de México, donde la aplicación de aranceles del 20% a ciertos aceros de Estados Unidos en 2019 elevó los costos de producción para fabricantes de autopartes, afectando su competitividad en la cadena de suministro regional.

La estructura arancelaria varía según el producto y el país. Algunos gobiernos aplican ad valorem (un porcentaje sobre el valor del bien), mientras que otros usan aranceles específicos (una tarifa fija por unidad). Argentina, por ejemplo, combina ambos sistemas en su política comercial. La Organización Mundial de Comercio (OMC) regula estos impuestos para evitar prácticas desleales, pero permite excepciones cuando un sector nacional enfrenta riesgos. El desafío para las pymes latinas está en adaptarse: desde buscar proveedores alternativos hasta negociar exenciones en acuerdos regionales como el Mercosur o la Alianza del Pacífico.

Tendencias en políticas arancelarias: hacia dónde va el comercio en la región*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, un mecanismo central en las políticas comerciales de cualquier país. Su objetivo principal es proteger las industrias locales al encarecer los productos extranjeros, pero también generan ingresos para el Estado. En América Latina, donde las economías dependen en gran medida del comercio exterior, estos gravámenes tienen un peso significativo: según la CEPAL, los ingresos arancelarios representaron en 2022 cerca del 1.2% del PIB regional, con variaciones marcadas entre países.

El funcionamiento es sencillo en teoría, aunque complejo en la práctica. Cuando un producto cruza una frontera, la aduana calcula el arancel según el tipo de bien (agropecuario, industrial, tecnológico) y su valor declarado. Por ejemplo, Colombia aplica un 10% a la importación de textiles para proteger su industria nacional, mientras que Chile, con una economía más abierta, mantiene aranceles generales del 6%. Estos porcentajes no son arbitrarios: se negocian en acuerdos regionales como la Alianza del Pacífico o el Mercosur, donde los países buscan equilibrar protección y competitividad.

El impacto económico va más allá de las arcas fiscales. Un arancel alto puede salvar empleos en sectores vulnerables —como la agricultura en Centroamérica—, pero también encarece insumos esenciales para otras industrias. El caso de Argentina es ilustrativo: en 2023, los aranceles a las importaciones de autos llegaron al 35%, beneficiando a fabricantes locales pero elevando los precios para los consumidores. La clave, según analistas del BID, está en diseñar políticas que eviten distorsiones extremas, combinando protección selectiva con facilidades para bienes estratégicos, como medicinas o tecnología.

Los aranceles no son solo impuestos a las importaciones, sino herramientas estratégicas que moldean economías, protegen industrias locales y definen la competitividad de un país. Su impacto va desde el precio de un producto en la góndola hasta la supervivencia de sectores enteros, como demuestran casos recientes en México con el acero o en Argentina con los bienes tecnológicos. Para empresas y consumidores, la clave está en monitorear los cambios arancelarios con fuentes oficiales —como los ministerios de Economía o las cámaras de comercio— y ajustar estrategias de compra, producción o inversión con anticipación. Con la ola de revisiones arancelarias que recorre la región en 2024, entender estos mecanismos ya no es opcional, sino un requisito para navegar mercados cada vez más volátiles.