El 1 de mayo de 2024 marcará el 138.º aniversario de una movilización que cambió la historia laboral: la huelga de Haymarket en Chicago, donde miles de trabajadores exigieron la jornada de ocho horas bajo el lema «Ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño, ocho horas para la casa». Aunque el origen del día del trabajador se remonta a ese conflicto de 1886, hoy la fecha resuena con nuevas demandas en América Latina, donde el 42% de la población económicamente activa labora en condiciones informales, según datos de la OIT.

Desde las calles de Santiago hasta los talleres de Ciudad de México, el día del trabajador no solo conmemora luchas pasadas, sino que pone sobre la mesa debates urgentes: salarios que no alcanzan para cubrir la canasta básica, la precarización de empleos digitales y la brecha de género en puestos directivos. Mientras algunos países lo celebran con marchas masivas y otros con feriados silenciosos, la pregunta subyace: ¿cómo se traduce hoy la consigna de 1886 en una región donde el 55% de los asalariados gana menos de dos salarios mínimos?

Las respuestas varían según el país, pero hay un denominador común: la fecha sigue siendo un termómetro social. Desde los discursos presidenciales en Plaza de Mayo hasta las ollas comunes organizadas por sindicatos en Perú, el 1 de mayo revela tanto los avances como las deudas pendientes en materia laboral. Y en un contexto donde la inflación erosionó el poder adquisitivo en un 30% en los últimos cinco años, entender los orígenes, los derechos vigentes y las formas de celebración ayuda a dimensionar qué se conmemora —y qué queda por conquistar—.

De la protesta obrera a la fiesta nacional: el origen del 1° de Mayo*

El 1° de Mayo no nació como una celebración, sino como un grito de justicia. Su origen se remonta a 1886 en Chicago, cuando miles de trabajadores iniciaron una huelga exigiendo la jornada laboral de ocho horas. La represión violenta contra los manifestantes —con saldos como los Mártires de Chicago— convirtió la protesta en un símbolo global. Tres años después, la Segunda Internacional Socialista declaró la fecha como el Día Internacional del Trabajador, un homenaje a quienes arriesgaron sus vidas por derechos básicos que hoy parecen evidentes.

En Latinoamérica, la adopción del 1° de Mayo llegó con las olas migratorias europeas a fines del siglo XIX y el auge de los movimientos obreros. Países como Argentina y Uruguay fueron pioneros en consagrar la fecha como feriado nacional en 1930, seguidos por México en 1923 tras la Revolución. Sin embargo, su significado varía: mientras en Brasil y Chile las marchas sindicales mantienen un tono reivindicativo, en Colombia y Perú la jornada mezcla protestas con festivales culturales. Según datos de la CEPAL, el 62% de los latinoamericanos en empleo informal —unos 140 millones— aún carecen de acceso a derechos como aguinado o seguridad social, lo que convierte la conmemoración en un recordatorio pendiente.

Las celebraciones actuales reflejan esa dualidad. En Cuba, el desfile en La Habana es un acto masivo organizado por el Estado; en cambio, en ciudades como Buenos Aires o Ciudad de México, sindicatos y colectivos independientes toman las calles con consignas contra la precarización laboral. Un caso emblemático es el de las trabajadoras del cuidado en países como Ecuador y Bolivia, donde organizaciones como la Confederación Latinoamericana de Sindicatos exigen el reconocimiento de sus derechos, invisibilizados durante décadas. La pandemia agravó estas brechas: el BID estimó que la región perdió 26 millones de empleos formales entre 2020 y 2021, profundizando desigualdades que el 1° de Mayo pone en el centro del debate.

Más allá de los discursos, la fecha también es oportunidad para evaluar avances. En 2023, Costa Rica y Panamá aprobaron reformas para reducir la jornada laboral a 40 horas semanales, siguiendo el ejemplo de Chile. Mientras, en países con economías dependientes de la minería o el agro —como Perú o Honduras—, el desafío persiste en garantizar condiciones dignas para trabajadores rurales, donde jornadas de 12 horas y salarios por debajo del mínimo aún son comunes. La OIT advierte que, aunque el desempleo regional bajó al 6,5% en 2023, la informalidad sigue siendo la norma para seis de cada diez ocupados.

Tres luchas históricas que marcaron los derechos laborales en la región*

El 1 de mayo se conmemora en toda Latinoamérica el Día del Trabajador, una fecha con raíces en las luchas obreras del siglo XIX pero que adquirió significado propio en la región. Aunque su origen se remonta a la huelga de Haymarket en Chicago en 1886 —donde trabajadores exigían la jornada de ocho horas—, en países como Argentina, México y Chile la celebración se consolidó décadas después, vinculada a reclamos locales por salarios justos y condiciones dignas. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) registra que, en 1913, Brasil fue el primer país latinoamericano en reconocer oficialmente el día, seguido por Uruguay en 1919, cuando la jornada de ocho horas ya era una demanda extendida en sindicatos de la zona.

La región vivió hitos que marcaron su historia laboral. En 1917, la Constitución mexicana incorporó derechos como el salario mínimo y la protección a la maternidad, influyendo en legislaciones posteriores. Dos décadas más tarde, la huelga de la Patagonia Rebelde en Argentina (1920-1922) expuso las tensiones entre peones rurales y terratenientes, mientras que en los 60, las movilizaciones mineras en Bolivia y Chile presionaron por la participación obrera en las ganancias. Según datos de la CEPAL, estos conflictos aceleraron reformas, aunque con avances desiguales: hoy, mientras Uruguay y Costa Rica tienen coberturas de protección social superiores al 70%, en países como Honduras y Guatemala el trabajo informal supera el 50%, según el BID.

Las celebraciones varían entre marchas masivas y actos institucionales. En Cuba, el desfile del 1 de mayo en La Habana reúne a miles bajo consignas políticas, mientras que en Perú y Colombia los sindicatos organizan concentraciones en plazas públicas para exigir el cumplimiento de acuerdos laborales. En contraste, naciones como Panamá y República Dominicana combinan el día feriado con actividades culturales que resaltan el aporte de los trabajadores a la economía. La OIT advierte que, pese a los logros, persisten desafíos como la brecha salarial de género —que en la región alcanza el 23%, según su informe de 2023— y la precarización en sectores como el agrícola y el doméstico, donde el 60% de los empleados carece de contrato formal.

Diferencias clave: cómo se celebra el Día del Trabajador en 6 países latinoamericanos*

El 1° de mayo de 2024 marca otro aniversario del Día Internacional del Trabajador, una fecha que en Latinoamérica combina reivindicaciones históricas con demandas actuales. Aunque la conmemoración tiene raíces comunes en la lucha por la jornada laboral de ocho horas —impulsada desde el Congreso Obrero Socialista de 1889 en París—, cada país de la región le ha dado un matiz propio. En Argentina, por ejemplo, el día es feriado nacional y las marchas hacia Plaza de Mayo convierten a Buenos Aires en epicentro de discursos sindicales, mientras que en México, aunque también es día de descanso obligatorio, las movilizaciones suelen centrarse en exigir el cumplimiento del salario mínimo, que en 2024 ronda los 248 pesos diarios (unos 14 dólares), según datos de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos.

La diferencia más notable está en cómo se equilibra la celebración con la protesta. Chile y Uruguay destacan por marchas masivas organizadas por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) y el Pit-Cnt, respectivamente, donde se abordan temas como la reforma laboral o la brecha de género —que en la región alcanza el 27% en participación laboral femenina, según la CEPAL</em—. En cambio, en países como Costa Rica o Panamá, el enfoque es más institucional: desfiles cívicos con participación de escuelas y funcionarios públicos, reflejando una tradición menos confrontativa. Un caso aparte es Brasil, donde el presidente Lula da Silva suele encabezar actos en São Paulo, pero las tensiones entre sindicatos y el sector agroexportador añaden un tono de conflicto, especialmente en estados como Paraná o Mato Grosso.

Más allá de las fronteras, el Día del Trabajador en 2024 llega en un contexto regional marcado por dos tendencias. Por un lado, la informalidad laboral afecta al 50% de los ocupados, de acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), lo que lleva a que en Colombia o Perú las demandas se centren en la formalización de empleos y el acceso a seguridad social. Por otro, la digitalización acelerada —impulsada tras la pandemia— ha generado nuevos reclamos, como los de los repartidores de apps en Ciudad de México o Bogotá, que exigen ser reconocidos como empleados y no como contratistas independientes. Mientras los discursos en las plazas repiten consignas históricas, la agenda laboral latinoamericana ya mira hacia desafíos del siglo XXI.

Qué reclamos siguen vigentes en las marchas y manifestaciones de 2024*

El 1 de mayo de 2024 llega con marchas masivas en ciudades como Buenos Aires, Ciudad de México y Bogotá, donde sindicatos y trabajadores exigen mejoras en condiciones laborales que persisten como reclamos históricos. La fecha, instaurada en 1889 por la Segunda Internacional Socialista para conmemorar a los mártires de Chicago —obreros ejecutados en 1886 por demandar la jornada de 8 horas—, sigue siendo un termómetro social en la región. Según datos de la CEPAL, el 47% de los trabajadores latinoamericanos opera en la informalidad, sin acceso a seguridad social ni contratos estables, una cifra que se disparó tras la pandemia.

En Argentina, la Central de Trabajadores (CTA) y la CGT unieron fuerzas este año para denunciar la precarización salarial, con inflación anual superior al 200% que pulveriza los ingresos. Mientras, en Chile, el debate se centra en la reforma laboral prometida por el gobierno de Gabriel Boric, que busca reducir la jornada a 40 horas semanales —una demanda que arrastra décadas—. Brasil, por su parte, enfrenta tensiones por los recortes en derechos sindicales impulsados durante el gobierno de Jair Bolsonaro, aún vigentes pese a los intentos de Lula da Silva por revertirlos.

Las celebraciones varían según el país: en Cuba y Venezuela, los desfiles son organizados por el Estado con consignas políticas; en Perú y Colombia, las movilizaciones suelen mezclarse con protestas contra la violencia laboral —solo en 2023, la OIT registró 12 asesinatos de líderes sindicales en Colombia—. En contraste, Uruguay y Costa Rica destacan por jornadas más festivas, con feriados nacionales y actividades culturales que rinden homenaje al movimiento obrero sin confrontación.

Un caso emblemático es el de las trabajadoras domésticas, que en 2024 cumplen una década desde la adopción del Convenio 189 de la OIT, ratificado por 18 países de la región. Pese al avance legal, el 70% de este grupo —compuesto mayoritariamente por mujeres— sigue sin contrato escrito, según un informe del BID. En países como Paraguay y Honduras, su salario promedio no supera el 60% del mínimo nacional, reflejando una brecha que las manifestaciones de este año buscan visibilizar con consignas como «Trabajo digno, sin explotación ni racismo».

Guía práctica: derechos que todo trabajador debe conocer (y cómo exigirlos)*

El 1 de mayo de 2024 marca otro aniversario del Día del Trabajador, una fecha que conmemora las luchas históricas por condiciones laborales justas y que, en Latinoamérica, adquiere matices propios. Su origen se remonta a 1886, cuando obreros en Chicago iniciaron una huelga exigiendo la jornada de ocho horas. Tres años después, la Segunda Internacional Socialista declaró el 1º de mayo como día de reivindicación laboral. En la región, países como Argentina y Uruguay fueron pioneros en adoptar la celebración a principios del siglo XX, mientras que en México se institucionalizó en 1923 tras la Revolución.

Hoy, la fecha sirve para recordar derechos fundamentales que muchos trabajadores aún desconocen o no logran ejercer. Según datos de la CEPAL, el 47% de los ocupados en América Latina labora en condiciones de informalidad, sin acceso a prestaciones básicas. Entre los derechos más vulnerados —y que la legislación de la mayoría de los países garantiza— están el pago de horas extras (reguladas por convenios colectivos), la licencia por maternidad y paternidad (de al menos 14 y 5 semanas, respectivamente, según estándares de la OIT), y la indemnización por despido injustificado. En Chile, por ejemplo, la Dirección del Trabajo reportó un aumento del 20% en denuncias por despidos arbitrarios durante 2023, mientras que en Colombia, el Ministerio de Trabajo sancionó a 120 empresas el año pasado por incumplir con el pago de salarios mínimos.

Las celebraciones en la región reflejan esta dualidad entre avance y deuda social. En Cuba, el desfile del 1º de mayo en La Habana convoca a miles bajo consignas políticas, mientras que en Brasil, sindicatos como la CUT organizan actos en São Paulo para exigir la ratificación del Convenio 190 de la OIT contra el acoso laboral. En Perú, el gobierno anunció un aumento del 10% al salario mínimo para 2024, aunque gremios como la CGTP lo calificaron de «insuficiente» frente a la inflación. La jornada, más que un feriado, sigue siendo un termómetro de las tensiones entre crecimiento económico y justicia social en una región donde, según el BID, la productividad crece a ritmos tres veces mayores que los salarios.

Hacia un futuro del trabajo: los desafíos que enfrentará la clase obrera en la próxima década*

El 1 de mayo se conmemora el Día Internacional del Trabajador, una fecha con raíces históricas que remontan al movimiento obrero del siglo XIX. El origen se vincula directamente a la lucha por la jornada laboral de ocho horas, impulsada por sindicatos en Estados Unidos y Europa. En 1886, la huelga en Chicago —que terminó con la represión violenta conocida como la Revuelta de Haymarket— marcó un punto de inflexión. Tres años después, la Segunda Internacional Socialista declaró el 1º de mayo como día de reivindicación laboral, tradición que Latinoamérica adoptó con fuerza durante el siglo XX.

En la región, las celebraciones varían entre marchas masivas y actos simbólicos. Países como Argentina y México destacan por concentraciones sindicales en plazas públicas, mientras que en Chile y Perú se combinan protestas con festivales culturales. Brasil, por su parte, registra una de las participaciones más altas: según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 2023 más de 12 millones de trabajadores brasileños se movilizaron en 387 ciudades. La demanda central sigue siendo la misma: condiciones dignas, salarios justos y protección contra la precarización, un fenómeno que afecta al 47% de los empleados en economías informales, de acuerdo con la CEPAL.

Los derechos laborales en Latinoamérica han avanzado, pero persisten desafíos estructurales. La brecha salarial de género —que alcanza el 23% en promedio, según el BID— y la falta de cobertura en seguridad social para trabajadores independientes son dos ejemplos claros. En Colombia, el Estatuto del Trabajo de 2021 buscó regular plataformas digitales, mientras que Uruguay implementó en 2022 un sistema de licencias parentales equitativas. Sin embargo, la informalidad y la flexibilización de contratos, aceleradas tras la pandemia, exigen respuestas integrales. Este 1º de mayo, más que una celebración, es un recordatorio de que la lucha por el trabajo decente sigue vigente.

El 1.º de Mayo sigue siendo un recordatorio incómodo pero necesario: los derechos laborales no se ganan por decreto, sino con lucha organizada y vigilancia constante. Desde las jornadas de ocho horas hasta la protección contra despidos arbitrarios, cada avance en Latinoamérica llevó consigo movilizaciones que trascendieron fronteras, un legado que hoy exige defender con la misma firmeza ante la precarización y la informalidad que afectan al 50% de los trabajadores regionales. La acción más concreta comienza en lo cotidiano: informarse sobre los derechos específicos de cada país, exigir contratos formales y apoyar sindicatos locales, por pequeños que sean. Que la celebración de este año no quede en discursos, sino que impulse una ola de fiscalización ciudadana sobre condiciones laborales dignas, porque el futuro del trabajo en la región se escribe hoy.