El consumo global de energía superó los 600 exajulios en 2023, según datos de la Agencia Internacional de Energía, una cifra equivalente a la energía que producirían 158.000 millones de barriles de petróleo en un año. Sin embargo, pese a su presencia constante en noticias sobre crisis climática, facturas de luz o debates políticos, muchos desconocen qué es la energía en su esencia y cómo moldea desde el precio de los alimentos hasta la movilidad en las ciudades latinoamericanas.

Que es la energía no es solo una pregunta para libros de física: es la clave para entender por qué un corte de electricidad paraliza hospitales en Caracas, cómo el gas natural influye en la inflación de México o por qué Colombia apuesta por hidrógeno verde mientras Argentina explota Vaca Muerta. Desde encender el celular al amanecer hasta freír un huevo en la cocina, cada acción cotidiana depende de transformaciones energéticas que rara vez se ven, pero siempre se pagan.

Aclarar qué es la energía —sus formas, fuentes y el modo en que se transfiere— permite tomar decisiones más informadas, ya sea al elegir electrodomésticos, votar por políticas públicas o incluso al discutir soluciones para la escasez de combustibles que afecta a países como Perú o Ecuador. La energía no es un concepto abstracto: es el motor invisible de la economía, la tecnología y hasta de los conflictos geopolíticos que aparecen en los titulares.

La energía explicada: más que un concepto físico*

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La energía no es solo un término de los libros de física: es el motor invisible que mantiene en movimiento desde el bus que recorre las calles de Santiago hasta el celular que vibra con un mensaje en Ciudad de México. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el consumo energético per cápita en la región creció un 12% en la última década, reflejando su papel central en el desarrollo económico y la vida cotidiana. Pero ¿qué es exactamente?

En esencia, la energía es la capacidad de realizar trabajo o producir cambios. Puede manifestarse de múltiples formas: como movimiento (la energía cinética de un tren del Metro de Medellín), como calor (el que emana de una estufa a leña en los Andes peruanos), como luz (la que ilumina un puesto callejero en Buenos Aires) o incluso almacenada (como en las baterías de los autos eléctricos que empiezan a circular en Bogotá). La clave está en su transformación: la energía no se crea ni se destruye, solo se convierte de un tipo a otro, un principio que rige desde las centrales hidroeléctricas de Brasil hasta los paneles solares en el desierto de Atacama.

En el día a día, su presencia es constante aunque no siempre evidente. Al encender una lámpara, la energía eléctrica se transforma en luminosa; al cocinar con gas, la energía química se convierte en calor. Incluso al caminar, el cuerpo humano transforma la energía almacenada en los alimentos en movimiento. Países como Costa Rica, que generan más del 98% de su electricidad con fuentes renovables según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), demuestran cómo estas conversiones pueden ser sostenibles. Sin embargo, el desafío persiste: garantizar acceso equitativo, especialmente en zonas rurales donde, como reporta la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), aún 17 millones de personas carecen de electricidad.

La energía también tiene un costo ambiental y económico. Mientras Uruguay apuesta por la energía eólica y Chile explota su potencial solar, otras naciones dependen aún de combustibles fósiles, lo que genera tensiones entre crecimiento y conservación. Entender sus tipos —renovable, fósil, nuclear— y cómo se integran en la vida diaria permite tomar decisiones más informadas, desde elegir electrodomésticos eficientes hasta apoyar políticas que prioricen fuentes limpias. Al final, la energía no es solo un concepto abstracto: es la base material de casi todo lo que hacemos.

De la luz solar al viento: los 6 tipos de energía que mueven el planeta*

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La energía es la capacidad de realizar trabajo, mover objetos o generar cambios. Desde encender una lámpara hasta impulsar un autobús eléctrico en Santiago de Chile, todo depende de alguna forma de energía. Según datos de la CEPAL, América Latina obtiene cerca del 60% de su electricidad de fuentes renovables, una cifra superior al promedio global. Pero más allá de los números, la energía define cómo viven, trabajan y se desplazan millones de personas en la región.

En la vida cotidiana, la energía se manifiesta de formas visibles e invisibles. El gas natural que calienta el agua en una vivienda de Buenos Aires, la electricidad que alimenta los teléfonos en Ciudad de México o el diésel que mueve los camiones de carga en Perú son solo ejemplos cotidianos. Incluso los alimentos, al ser metabolizados, proporcionan la energía química que el cuerpo necesita para funcionar. Sin ella, los hospitales no podrían operar, las fábricas detendrían su producción y las ciudades quedarían a oscuras.

Existen dos grandes categorías: las fuentes primarias (como el petróleo, el sol o el viento) y las secundarias (electricidad, gasolina), que resultan de transformar las primeras. Según la Dra. Ana Rivera, investigadora del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), «la transición hacia energías limpias no es solo un tema ambiental, sino de seguridad energética y desarrollo económico para la región». Países como Costa Rica ya generan más del 98% de su electricidad con renovables, mientras que Brasil lidera en biocombustibles. Sin embargo, el desafío sigue siendo garantizar acceso equitativo, especialmente en zonas rurales de Colombia, Bolivia o Honduras.

Cómo se transforma la energía en electricidad y calor*

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La energía es la capacidad de realizar trabajo, mover objetos o generar cambios en la materia. Desde encender una bombilla en Buenos Aires hasta cocinar con gas en Ciudad de México, su presencia define casi cada acción cotidiana. No es un recurso visible como el agua o el aire, pero sus efectos son tangibles: el calor del sol que seca la ropa tendida en Medellín, el movimiento de un bus eléctrico en Santiago o la luz que permite leer este texto. Según datos de la CEPAL, América Latina produce alrededor del 9% de la energía global, con una matriz diversificada que incluye desde hidroeléctricas en Brasil hasta parques eólicos en Uruguay.

Existen dos categorías principales: las fuentes primarias —como el petróleo, el carbón, el sol o el viento— y las secundarias, que resultan de transformar las primeras, como la electricidad o la gasolina. En Perú, por ejemplo, el 53% de la electricidad proviene de centrales hidroeléctricas que aprovechan los ríos amazónicos, mientras que en Chile la energía solar en el desierto de Atacama ya supera el 20% de su matriz. La diferencia clave está en cómo se extrae o convierte: quemar leña para calentar una casa en los Andes bolivianos es tan válido como usar paneles fotovoltaicos en una escuela rural de Colombia, aunque con impactos ambientales distintos.

El verdadero desafío regional no es solo generar energía, sino distribuirla. Mientras el 97% de los uruguayos tiene acceso a electricidad, en zonas rurales de Guatemala o Honduras aún dependen de velas o generadores diésel, según el Banco Interamericano de Desarrollo. Esto refleja una paradoja: América Latina tiene potencial para ser 100% renovable —con recursos como el sol de México, los vientos patagónicos o los ríos de la Cuenca Amazónica—, pero persisten brechas tecnológicas y de infraestructura. La transición energética ya no es un debate técnico, sino una necesidad práctica para reducir costos y contaminación en ciudades como Lima, donde la polución del aire causa 6,000 muertes anuales, de acuerdo con la OMS.

Tres formas de ahorrar energía en casa sin gastar dinero*

La energía es la capacidad de realizar trabajo, mover objetos o generar cambios en la materia. Está presente en cada acción cotidiana: desde encender una lámpara en Bogotá hasta cargar un celular en Ciudad de México. Sin ella, los sistemas básicos —como el transporte, la producción de alimentos o los servicios de salud— dejarían de funcionar. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el consumo energético en la región creció un 12% en la última década, impulsado por el aumento poblacional y la expansión urbana.

Existen dos grandes categorías: las fuentes primarias, como el petróleo, el gas natural o la radiación solar, que se obtienen directamente de la naturaleza; y las secundarias, derivadas de procesos de transformación, entre ellas la electricidad o los combustibles refinados. En países como Chile y Perú, más del 50% de la matriz eléctrica proviene de recursos renovables, mientras que en Argentina y Venezuela aún predominan los hidrocarburos. Esta diversidad refleja no solo diferencias geográficas, sino también políticas energéticas distintas.

El funcionamiento de la energía en la vida diaria depende de su conversión. Un ejemplo claro es el gas licuado que se quema en una cocina de Lima: la energía química del propano se transforma en calor para cocinar los alimentos. Otro caso es la energía cinética de un río en Colombia, que al mover turbinas en una represa se convierte en electricidad. La eficiencia en estos procesos determina cuánto se aprovecha y cuánto se desperdicia. Según la Dra. Ana Rivera, física de la Universidad Nacional de Córdoba, «en hogares latinoamericanos, hasta un 30% del consumo eléctrico se pierde por equipos obsoletos o malos hábitos, como dejar electrodomésticos en standby».

Su impacto va más allá de lo económico. El acceso a energía limpia y asequible es un objetivo clave de la Agenda 2030 de la ONU, pues está ligado a la reducción de la pobreza y la desigualdad. Mientras en Uruguay el 98% de la electricidad proviene de fuentes renovables, en Haití menos del 40% de la población tiene acceso estable a la red. Estas brechas muestran que, aunque la energía es un recurso global, su distribución y uso siguen siendo desafíos regionales pendientes.

Innovaciones latinas que están revolucionando el uso de energía*

La energía es la capacidad de un sistema para realizar trabajo, mover objetos o generar cambios. Desde encender una lámpara hasta impulsar la industria, su presencia define el ritmo de la vida moderna. En América Latina, donde el 22% de la población aún carece de acceso pleno a electricidad según la CEPAL, entender sus formas y usos se vuelve clave para el desarrollo. No es solo un concepto físico: es el motor detrás de hospitales que salvan vidas, escuelas que educan con tecnología y ciudades que crecen sin detenerse.

Existen dos grandes categorías: las renovables (solar, eólica, hidroeléctrica) y las no renovables (petróleo, carbón, gas natural). La región lidera en hidroelectricidad gracias a proyectos como Itaipú (Brasil/Paraguay) o el Guri (Venezuela), que abastecen a millones. Pero el cambio climático impulsa alternativas: Chile ya genera el 44% de su energía con fuentes limpias, mientras que Costa Rica funcionó 300 días seguidos solo con renovables en 2017. La transición no es uniforme: países como México aún dependen en un 80% de combustibles fósiles, según datos del BID.

En el día a día, la energía se transforma constantemente. Al cargar un celular, la electricidad se convierte en energía química almacenada en la batería. Un bus eléctrico en Santiago de Chile o una cocina a gas en Buenos Aires demuestran cómo distintas fuentes se adaptan a necesidades locales. Incluso la comida es energía: un plato de arroz con frijoles en Centroamérica aporta las calorías que el cuerpo convierte en movimiento. La eficiencia en su uso —desde paneles solares en techos de Medellín hasta programas de reciclaje en Uruguay— marca la diferencia entre el progreso y el desperdicio.

El desafío regional es claro: garantizar acceso equitativo sin comprometer el futuro. Mientras Perú apuesta por parques eólicos en su costa y Argentina explora el potencial de Vaca Muerta, la OEA advierte que la demanda energética en la región crecerá un 50% para 2040. La solución no está en elegir una sola fuente, sino en integrar tecnologías con políticas que prioricen la sostenibilidad. Porque la energía, en esencia, no es solo lo que enciende las luces: es lo que ilumina el camino hacia el desarrollo.

Hacia dónde va la energía: desafíos y oportunidades en la región*

Hacia dónde va la energía: desafíos y oportunidades en la región*

La energía es la capacidad de realizar trabajo, mover objetos o generar cambios. Está presente en cada acción cotidiana: desde encender una lámpara en Buenos Aires hasta cargar un celular en Ciudad de México. Sin ella, los hospitales no podrían funcionar, los alimentos no llegarían a los mercados y las fábricas se detendrían. Según datos de la CEPAL, América Latina consume alrededor del 6% de la energía global, pero su demanda crece un 1.5% anual, impulsada por el desarrollo industrial y el aumento poblacional.

Existen dos categorías principales: las fuentes primarias (petróleo, gas natural, carbón, hidroelectricidad, sol y viento) y las secundarias (electricidad, gasolina o diésel), que resultan de transformar las primeras. En la región, la matriz energética varía notablemente. Mientras Uruguay obtiene más del 90% de su electricidad de renovables —principalmente hidroeléctricas y eólicas—, países como Venezuela o Ecuador dependen en un 60% del petróleo, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Esta diversidad refleja tanto los recursos naturales disponibles como las políticas energéticas de cada nación.

En el día a día, la energía se manifiesta de formas menos evidentes pero igual de críticas. Un ejemplo claro es la agricultura: en Chile, los sistemas de riego por goteo impulsados por bombas solares han reducido el consumo de agua en un 30% en zonas áridas. En las ciudades, el transporte público eléctrico —como el Metro de Medellín o los trolebuses de Quito— demuestra cómo la innovación puede disminuir emisiones sin sacrificar movilidad. Incluso en hogares rurales de Perú o Bolivia, cocinas mejoradas que usan biomasa eficiente han mejorado la salud respiratoria de miles de familias, según informes de la OPS.

El desafío futuro radica en equilibrar el crecimiento económico con la sostenibilidad. La región tiene un potencial enorme en energías limpias —el Atlas Global de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) señala que América Latina podría generar 22 veces su demanda actual solo con solar y eólica—, pero requiere inversión en infraestructura y marcos regulatorios estables. La transición no es técnica, sino también social: implica formar profesionales, adaptar industrias y garantizar acceso equitativo, especialmente en comunidades aisladas.

La energía no es solo un concepto abstracto de los libros de física, sino el motor invisible que impulsa desde el café de la mañana hasta las luces que iluminan las calles de Buenos Aires o Ciudad de México. Entender sus formas —cinética, térmica, eléctrica— y su transformación permite tomar decisiones más inteligentes: desde elegir electrodomésticos eficientes que reduzcan la factura de luz hasta apoyar políticas que impulsen fuentes renovables como la solar o eólica en una región con potencial sin explotar. El cambio empieza en lo cotidiano: revisar el consumo fantasma de los aparatos enchufados, preferir transporte público o bicicleta, y exigir a gobiernos y empresas que prioricen matrices energéticas limpias. Con América Latina frente a crisis climáticas y económicas, cada kilovatio ahorrado o generado de forma sostenible es un paso hacia ciudades más resilientes y menos dependientes de combustibles fósiles.