Los riñones filtran alrededor de 180 litros de sangre al día, pero cuando fallan, el cuerpo no da señales obvias hasta que el daño es severo. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud, la insuficiencia renal crónica avanza silenciosamente en uno de cada diez adultos en América Latina, con diagnósticos que suelen llegar tarde, cuando las opciones de tratamiento ya son limitadas. El problema no se reduce a cifras: detrás de cada caso hay familias que enfrentan diálisis costosas, trasplantes con listas de espera interminables o, en el peor escenario, la pérdida de un ser querido por una enfermedad que pudo prevenirse.
La insuficiencia renal crónica no distingue entre edades ni niveles socioeconómicos, pero sí tiene factores de riesgo que abundan en la región: diabetes mal controlada, hipertensión no tratada y el consumo excesivo de medicamentos antiinflamatorios sin supervisión médica. Lo más alarmante es que muchas personas ignoran síntomas tempranos como fatiga persistente o cambios en la micción, confundíéndolos con estrés o envejecimiento. Especialistas en nefrología insisten en que pequeños ajustes —desde revisar la presión arterial hasta moderar la sal en la dieta— pueden marcar la diferencia entre un diagnóstico oportuno y años de complicaciones evitables. La clave está en reconocer las señales antes de que los riñones dejen de pedir ayuda en silencio.
Qué es la insuficiencia renal crónica y por qué afecta a más latinoamericanos*
La enfermedad renal crónica avanza sin síntomas evidentes en sus primeras etapas, pero en Latinoamérica su prevalencia crece a ritmo acelerado. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), cerca del 10% de la población adulta en la región presenta algún grado de daño renal, una cifra que supera el promedio global. Factores como la diabetes mal controlada, la hipertensión no tratada y el acceso limitado a servicios de salud preventiva explican por qué países como México, Brasil y Colombia registran aumentos anuales en casos.
Identificar señales tempranas puede marcar la diferencia. La fatiga persistente —incluso después de descansar—, la hinchazón en tobillos o piernas, cambios repentinos en la frecuencia urinaria (como levantarse varias veces en la noche), picazón en la piel sin causa aparente y náuseas recurrentes son alertas que suelen ignorarse. «Muchos pacientes atribuyen estos síntomas al estrés o al envejecimiento, pero cuando llegan a consulta ya hay un daño irreversible», advierte un informe del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán de México. En zonas rurales de Perú y Centroamérica, donde el acceso a nefrólogos es limitado, el diagnóstico suele llegar en etapas avanzadas.
La prevención pasa por hábitos concretos: controlar la presión arterial y los niveles de glucosa, reducir el consumo de sal y alimentos ultraprocesados (cuyo alto contenido en fosfatos acelera el deterioro renal), y evitar la automedicación con antiinflamatorios como el ibuprofeno, muy usado en la región para dolores comunes. En Chile, una campaña del Ministerio de Salud logró reducir un 15% los casos nuevos al promover chequeos anuales en personas con diabetes. La clave, subrayan los expertos, está en actuar antes de que los riñones pierdan más del 50% de su función, umbral a partir del cual las opciones se limitan a diálisis o trasplante.
Cinco síntomas silenciosos que advierten daño en los riñones*
El daño renal avanza sin dolor y, en muchos casos, sin síntomas evidentes hasta que la enfermedad está en etapas avanzadas. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), más de 190 millones de personas en América Latina y el Caribe padecen algún grado de enfermedad renal crónica, pero menos del 10% lo sabe a tiempo. La detección temprana marca la diferencia entre un tratamiento manejable y la necesidad de diálisis.
Entre las señales que suelen pasarse por alto están los cambios en la micción: orinar con más frecuencia de noche, espuma persistente en la orina o una disminución notable en la cantidad. La Dra. María González, nefróloga del Hospital das Clínicas de São Paulo, advierte que «muchos pacientes atribuyen estos síntomas al envejecimiento o al estrés, pero cuando se acompañan de fatiga inexplicable o hinchazón en tobillos y pies, es crucial hacer un chequeo». Otro indicio silencioso es la piel seca y con picazón, causada por la acumulación de toxinas que los riñones ya no filtran adecuadamente.
En países como México y Colombia, donde la diabetes y la hipertensión son las principales causas de insuficiencia renal, los especialistas insisten en dos medidas preventivas clave: controlar la presión arterial (ideal por debajo de 130/80 mmHg) y evitar el consumo excesivo de antiinflamatorios sin supervisión médica. Un estudio de la Universidad de Chile reveló que el 30% de los casos de daño renal en adultos mayores de 50 años estaba vinculado al uso prolongado de medicamentos como ibuprofeno o diclofenaco. La hidratación también juega un papel: en zonas con climas cálidos, como Centroamérica, se recomienda consumir al menos 2 litros de agua al día, aunque la cantidad exacta depende de la actividad física y el peso.
La prevención no termina ahí. Exámenes sencillos, como un análisis de orina para detectar proteínas o un chequeo de creatinina en sangre, pueden identificar problemas años antes de que se vuelvan irreversibles. En Argentina y Perú, programas públicos como Plan Nacional de Prevención de Enfermedades Renales ofrecen estas pruebas gratuitamente en centros de salud. La OPS enfatiza que, con un diagnóstico oportuno, el 80% de los casos de enfermedad renal crónica puede ralentizarse o estabilizarse con cambios en el estilo de vida y tratamiento médico.
Hábitos cotidianos que aceleran el deterioro renal, según nefrólogos*
La enfermedad renal crónica avanza sin síntomas evidentes en sus primeras etapas, pero en Latinoamérica afecta ya al 10% de la población adulta, según datos de la Sociedad Latinoamericana de Nefrología e Hipertensión. El problema no es solo médico: en países como México y Perú, el diagnóstico tardío obliga a miles de pacientes a depender de diálisis costosas que saturan los sistemas de salud pública. Los especialistas advierten que hábitos cotidianos —desde la automedicación con antiinflamatorios hasta el consumo excesivo de bebidas azucaradas— aceleran el daño renal años antes de que aparezcan las primeras señales.
Identificar el riesgo a tiempo puede marcar la diferencia. La Dra. Elena Rojas, nefróloga del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, destaca cinco alertas tempranas que suelen ignorarse: fatiga persistente sin causa aparente (aún con sueño adecuado), hinchazón en tobillos y pies que no cede, orina espumosa (señal de proteína en exceso), picazón en la piel sin erupciones y calambres musculares frecuentes, especialmente en piernas. «En la región, muchos atribuyen estos síntomas al estrés o al clima cálido, pero cuando hay dos o más presentes, es crucial hacer un análisis de creatinina y filtración glomerular», explica Rojas. En Brasil, un estudio de la Universidad de São Paulo reveló que el 60% de los casos diagnosticados en etapa avanzada habían pasado por consultas previas sin derivación a nefrología.
La prevención en contextos latinoamericanos exige adaptar recomendaciones globales a realidades locales. Reducir el consumo de sal —que en países como Argentina y Colombia supera el doble de lo recomendado por la OMS— y evitar el uso indiscriminado de analgésicos (como el diclofenaco, vendido sin receta en varias farmacias de la región) son pasos clave. También lo es controlar la presión arterial: según la CEPAL, la hipertensión no tratada es responsable del 25% de los casos de insuficiencia renal en adultos mayores de 50 años. Pequeños cambios, como reemplazar refrescos por agua natural o infusiones sin azúcar y priorizar alimentos frescos sobre procesados, pueden reducir el riesgo hasta en un 30%, como demostró un programa comunitario en Costa Rica. El desafío, subrayan los expertos, no es solo individual: requiere políticas que regulen el acceso a medicamentos y promuevan entornos con opciones saludables.
Exámenes básicos para detectarla a tiempo y dónde realizarlos*
La enfermedad renal crónica avanza sin síntomas evidentes en sus primeras etapas, pero detectarla a tiempo puede marcar la diferencia. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), más de 190 millones de personas en América Latina y el Caribe viven con algún grado de disfunción renal, aunque muchos lo desconocen hasta que la condición está avanzada. La fatiga persistente, la hinchazón en piernas o tobillos y cambios en la frecuencia urinaria —especialmente orinar más de noche— son señales que suelen pasarse por alto. En países como México y Argentina, donde la diabetes y la hipertensión son prevalentes, estos síntomas aparecen con mayor frecuencia en adultos mayores de 40 años.
La prevención comienza con controles básicos que están al alcance de la mayoría. Un análisis de sangre para medir la creatinina y calcular el filtrado glomerular, junto con un examen de orina que detecte proteínas (proteinuria), son las pruebas clave. En ciudades como Bogotá o Santiago de Chile, laboratorios públicos y clínicas de primer nivel ofrecen estos estudios a bajo costo, e incluso algunos sistemas de salud los cubren como parte de chequeos preventivos. La Dra. Elena Rojas, nefróloga del Hospital das Clínicas de São Paulo, insiste en que «quienes tienen antecedentes de diabetes, presión alta o enfermedades cardiovasculares deben realizarse estos exámenes al menos una vez al año, sin esperar a sentir molestias».
Adoptar hábitos sencillos reduce el riesgo significativamente. Limitar el consumo de sal —un desafío en regiones donde el exceso es común, como en la comida callejera de Perú o los embutidos de Uruguay—, mantener un peso saludable y evitar el uso indiscriminado de antiinflamatorios son medidas clave. En zonas rurales de Centroamérica, donde el acceso a agua potable es limitado, la deshidratación crónica también acelera el daño renal. Beber suficiente agua, controlar el azúcar en sangre y monitorear la presión arterial son acciones que, combinadas con los chequeos médicos, pueden retrasar o incluso evitar el desarrollo de la enfermedad.
Cambios en la alimentación que protegen los riñones sin sacrificar sabor*
La enfermedad renal crónica avanza sin síntomas evidentes en sus primeras etapas, pero el cuerpo envía señales que, si se identifican a tiempo, pueden marcar la diferencia. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), más de 190 millones de personas en América Latina y el Caribe viven con algún grado de disfunción renal, muchas sin saberlo. La fatiga persistente, la hinchazón en tobillos o pies al final del día y cambios inexplicables en la micción —como orinar con más frecuencia de noche o notar espuma en la orina— son alertas que suelen ignorarse. Otro indicio clave es la presión arterial elevada que no responde bien a los medicamentos, un patrón frecuente en pacientes atendidos en hospitales públicos de Perú, Colombia y México.
La prevención comienza con hábitos que reducen la carga sobre los riñones. En países como Argentina y Chile, donde el consumo de carne roja y embutidos supera las recomendaciones de la OMS, nefrólogos insisten en moderar las proteínas animales y optar por fuentes vegetales como frijoles, lentejas o quinoa, típicas en la región. La hidratación también juega un papel crítico: en zonas cálidas de Centroamérica, donde el trabajo agrícola expone a deshidratación crónica, estudios del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) vinculan la baja ingesta de agua con un mayor riesgo de daño renal. Limitar el exceso de sal —presente incluso en alimentos procesados como sopas instantáneas o snacks— y controlar el uso de antiinflamatorios sin supervisión médica son medidas que, según la Dra. Elena Rojas, nefróloga del Hospital das Clínicas de São Paulo, «pueden retrasar el avance de la enfermedad hasta en un 30% en casos detectados temprano».
El desafío en Latinoamérica radica en el acceso a diagnósticos oportunos. Mientras en Uruguay el 85% de la población tiene cobertura para exámenes de creatinina anuales, en países como Bolivia o Honduras menos del 40% se realiza estos chequeos, de acuerdo con informes de la CEPAL. La solución no depende solo de los sistemas de salud: campañas comunitarias en Brasil, que promueven la medición de presión arterial en ferias locales, han logrado reducir un 15% los casos avanzados en regiones rurales. La clave está en actuar antes de que los riñones fallen, cuando pequeñas ajustes —como reemplazar refrescos azucarados por agua de coco natural o usar hierbas frescas en lugar de cubitos de caldo— aún pueden proteger sin sacrificar el sabor de la comida tradicional.
Avances médicos y desafíos para frenar su crecimiento en la región*
La enfermedad renal crónica avanza sin síntomas evidentes en sus primeras etapas, pero en América Latina ya afecta a más del 10% de la población adulta, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). El problema no es solo médico: en países como México, Perú y Argentina, los sistemas de salud pública registran un aumento del 30% en casos de diálisis en la última década, lo que presiona los recursos disponibles. La detección temprana sigue siendo la herramienta más efectiva para frenar su progresión.
Cinco señales pueden alertar sobre el daño renal antes de que sea irreversible. Fatiga constante sin causa aparente, hinchazón en tobillos o piernas, cambios bruscos en la frecuencia urinaria (especialmente despertarse múltiples veces por la noche), presión arterial elevada de difícil control y sangre o espuma en la orina son síntomas que requieren atención inmediata. «Muchos pacientes atribuyen estos signos al estrés o al envejecimiento, pero en regiones con alta prevalencia de diabetes e hipertensión —como Centroamérica y el Caribe—, ignorarlos acelera el deterioro», advierte el Dr. Carlos Mendoza, nefrólogo del Hospital das Clínicas de São Paulo.
La prevención en la región enfrenta desafíos estructurales. Mientras en Uruguay y Chile los programas de tamizaje en atención primaria han reducido un 15% los casos avanzados, en países con menor cobertura como Honduras o Bolivia, el diagnóstico suele llegar cuando el paciente ya requiere diálisis. La OPS recomienda tres medidas clave: controlar la presión arterial y la glucosa, evitar el consumo excesivo de antiinflamatorios sin supervisión médica y aumentar el acceso a análisis de creatinina en sangre, un examen simple pero subutilizado. En comunidades rurales de los Andes, por ejemplo, campañas con unidades móviles han logrado detectar casos tempranos al combinar estas pruebas con educación sobre dietas bajas en sal.
El costo de no actuar es alto. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estima que el tratamiento de la enfermedad renal avanzada consume hasta el 5% del presupuesto en salud de algunos países latinoamericanos, recursos que podrían redirigirse a prevención. La solución no es solo clínica: requiere políticas que integren desde la regulación de alimentos ultraprocesados —cuyo consumo se disparó un 20% en la región desde 2010— hasta la expansión de servicios básicos en zonas marginadas. Sin ello, la proyección es clara: para 2030, la enfermedad renal crónica será una de las cinco causas principales de muerte en América Latina.
La detección temprana de la enfermedad renal crónica salva vidas y evita complicaciones irreversibles, pero su silencio inicial la convierte en un enemigo peligroso. Los especialistas insisten: la presión alta no controlada, la diabetes mal manejada y hábitos como el exceso de sal o analgésicos sin supervisión aceleran su avance, aunque los primeros síntomas —fatiga persistente, hinchazón en piernas o cambios abruptos en la micción— suelen ignorarse. La prevención efectiva no demanda gestos heroicos, sino constancia: chequeos anuales de creatinina y proteína en orina para quienes tienen factores de riesgo, reducir el consumo de ultraprocesados y priorizar el agua sobre bebidas azucaradas. Con más del 10% de los adultos latinoamericanos en etapas iniciales de la enfermedad —y muchos sin saberlo—, convertir estos hábitos en política pública y prioridad personal podría frenar una epidemia que ya satura los sistemas de diálisis en la región.




