En los archivos del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México yacen más de 3.000 documentos inéditos sobre líderes indígenas de la Revolución, pero uno destaca por su impacto duradero: las cartas personales de Felipe Carrillo Puerto, escritas en maya yucateco con trazos que revelan tanto su formación autodidacta como su visión política. Lo extraordinario no es solo que este profesor rural llegara a gobernar Yucatán en 1922, sino que su gestión sentó las bases para los derechos indígenas en un país donde el 25% de la población aún habla lenguas originarias. Su historia resuena hoy en comunidades desde Chiapas hasta los Andes, donde movimientos sociales citan sus estrategias de resistencia pacífica y educación bilingüe como precedentes legítimos.

Felipe Carrillo Puerto desafió el racismo estructural de su época con herramientas concretas: repartió tierras a campesinos mayas, promovió el voto femenino antes que el gobierno federal y fundó escuelas donde se enseñaba en lengua materna. Su asesinato en 1924 —ordenado por fuerzas contrarrevolucionarias— truncó un proyecto que hoy sería equivalente a los sistemas de autonomía indígena en Oaxaca o Bolivia. Este texto explora cómo su legado, lejos de ser un relato histórico cerrado, sigue alimentando debates sobre representación política, justicia lingüística y la deuda pendiente con los pueblos originarios en América Latina. Los paralelos con líderes actuales, desde la colombiana Francia Márquez hasta los zapatistas, son inevitables.

Un líder maya en la Revolución: los orígenes de Felipe Carrillo Puerto*

Un líder maya en la Revolución: los orígenes de Felipe Carrillo Puerto*

Felipe Carrillo Puerto nació en 1874 en Motul, Yucatán, en el seno de una familia de origen maya que conservaba raíces profundas con las comunidades indígenas de la península. A diferencia de muchos líderes revolucionarios de su época, su formación inicial no fue militar, sino autodidacta: aprendió el oficio de tipógrafo, lo que le permitió difundir ideas a través del periódico El Heraldo de Motul. Este medio se convirtió en plataforma para denunciar las injusticias contra los campesinos mayas, explotados por las haciendas henequeneras que dominaban la economía regional. Su capacidad para articular las demandas sociales en un lenguaje accesible lo distinguió desde temprano.

La Revolución Mexicana de 1910 marcó un punto de inflexión en su trayectoria. Carrillo Puerto se alineó con el movimiento maderista y, más tarde, con el carrancismo, pero siempre con una visión propia: la defensa de los derechos indígenas. En 1915, como diputado constituyente, impulsó reformas agrarias que buscaban devolver tierras a las comunidades mayas, despojadas durante el porfiriato. Su propuesta más radical —y polémica para la época— fue reconocer el derecho de las mujeres a votar y ser elegidas, algo que Yucatán adoptó en 1916, décadas antes que el resto de México. Según datos del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, esta medida lo convirtió en pionero en América Latina, junto a figuras como la costarricense Ana Rosa Chacón, quien también luchó por el sufragio femenino en los años 20.

Su gobierno como gobernador de Yucatán (1922-1924) fue breve pero intenso. Promovió escuelas rurales bilingües, donde se enseñaba en maya y español, y creó cooperativas agrícolas para romper el monopolio de los terratenientes. Sin embargo, su oposición al presidente Álvaro Obregón y su alianza con el movimiento delahuertista lo llevaron a un final trágico: fue fusilado en 1924 en Mérida, junto a tres de sus hermanos. Aun así, su legado perdura. Organizaciones como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) han citado su modelo de educación intercultural como referente en políticas públicas para pueblos originarios, mientras que en Guatemala y Bolivia, movimientos indígenas del siglo XXI lo reclaman como símbolo de resistencia.

Tres pilares de su lucha: tierra, educación y derechos indígenas*

Tres pilares de su lucha: tierra, educación y derechos indígenas*

Felipe Carrillo Puerto emergió como una de las figuras más radicales de la Revolución Mexicana al unir las demandas agrarias con la defensa de los pueblos originarios. Nacido en 1874 en Motul, Yucatán, su trayectoria política desafió el sistema de haciendas que explotaba a las comunidades mayas bajo el régimen porfirista. A diferencia de otros líderes revolucionarios, su lucha no se limitó a la redistribución de tierras: impulsó escuelas bilingües, promovió cooperativas indígenas y exigió el reconocimiento legal de los derechos colectivos. Su lema, «La tierra es de quien la trabaja», resonó más allá de México, inspirando movimientos similares en Guatemala y Bolivia durante las primeras décadas del siglo XX.

Su gestión como gobernador de Yucatán entre 1922 y 1924 marcó un precedente en América Latina. En menos de dos años, expropió 350.000 hectáreas a terratenientes para entregarlas a comunidades mayas, según registros del Archivo General de la Nación de México. También estableció 40 escuelas rurales con programas en español y maya, un modelo que décadas después influiría en políticas educativas interculturales de países como Perú y Ecuador. Sin embargo, su reforma agraria y su alianza con los batabs (líderes tradicionales mayas) le granjearon enemigos poderosos. En 1924, fue fusilado sin juicio por fuerzas leales al gobierno federal, un crimen que organizaciones como la CEPAL han citado como ejemplo de la represión contra líderes indígenas en el continente.

El legado de Carrillo Puerto trasciende las fronteras mexicanas. Su enfoque en la autonomía indígena y la educación bilingüe anticipó demandas que hoy son centrales en acuerdos internacionales como el Convenio 169 de la OIT, ratificado por 15 países latinoamericanos. En comunidades de Chiapas o el altiplano guatemalteco, su nombre aún se invoca en asambleas que discuten la defensa del territorio. Aunque su gobierno duró menos de dos años, sentó las bases para que, un siglo después, movimientos como el zapatista en México o el indígena en Colombia exigieran —con su mismo espíritu— tierra, educación y reconocimiento constitucional.

El Plan de Yucatán: cómo su visión transformó una región*

El Plan de Yucatán: cómo su visión transformó una región*

Felipe Carrillo Puerto no fue solo un líder revolucionario, sino el rostro de una lucha que trascendió las balas y los decretos. Nació en 1874 en Motul, Yucatán, en el seno de una familia maya humilde, pero su trayectoria lo convirtió en uno de los pocos indígenas en alcanzar un puesto de poder durante la Revolución Mexicana. Como gobernador de Yucatán entre 1922 y 1924, impulsó reformas que aún resuenan: repartió más de 400.000 hectáreas a comunidades campesinas, promovió la educación bilingüe maya-español y defendió los derechos laborales de las mujeres, algo radical para la época. Su asesinato en 1924, ordenado por fuerzas contrarrevolucionarias, truncó su proyecto, pero no su legado.

Lo que distinguió a Carrillo Puerto fue su capacidad para tejer alianzas entre lo ancestral y lo moderno. Mientras otros revolucionarios veían en las comunidades indígenas un obstáculo, él las consideró pilares de un nuevo México. Fundó ligas de resistencia para proteger a los campesinos de los abusos de los hacendados, un modelo que luego inspiró movimientos similares en Guatemala y Perú durante las décadas siguientes. Según datos del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, sus políticas redujeron el analfabetismo en Yucatán en un 15% en solo dos años, cifra inédita para la región en ese entonces. Su enfoque combinaba el socialismo agrario con el respeto a la cosmovisión maya, una síntesis que pocos lograron.

El nombre de Carrillo Puerto sigue vivo en calles, escuelas y cooperativas de México a Centroamérica. En Chiapas, por ejemplo, comunidades zapatistas lo citan como referente en sus luchas por la autonomía. Incluso la Organización de Estados Americanos (OEA) ha destacado su figura en informes sobre liderazgos indígenas, comparándolo con Túpac Katari en Bolivia o Manuel Quintín Lame en Colombia. Su frase —«La tierra es de quien la trabaja»— resume una filosofía que hoy retoman movimientos como la Confederación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras del Ecuador (FENOCIN). Carrillo Puerto demostró que la revolución no era solo un cambio de élites, sino una transformación desde las raíces.

Frases y estrategias de Carrillo Puerto para la organización comunitaria*

Frases y estrategias de Carrillo Puerto para la organización comunitaria*

Felipe Carrillo Puerto emergió como una figura clave en la Revolución Mexicana no solo por su liderazgo militar, sino por su capacidad para articular las demandas indígenas dentro de un movimiento que, en sus inicios, las ignoraba. Nacido en 1874 en Motul, Yucatán, en el seno de una familia maya de escasos recursos, su trayectoria refleja la lucha por la tierra y los derechos colectivos que aún resuenan en comunidades rurales de América Latina. A diferencia de otros revolucionarios, Carrillo Puerto combinó el activismo político con una profunda conexión cultural: promovió el uso del maya en documentos oficiales, fundó ligas de resistencia campesina y logró que el gobierno de Salvador Alvarado reconociera, en 1915, los derechos agrarios de las comunidades indígenas. Su legado trasciende México, inspirando movimientos similares en Guatemala y Perú, donde líderes como Rigoberta Menchú y Hugo Blanco retoman sus estrategias de organización comunitaria.

Su estrategia se basaba en tres pilares: educación bilingüe, autogestión económica y alianzas con sectores urbanos progresistas. Creó escuelas rurales donde se enseñaba en maya y español, un modelo que décadas después replicarían proyectos como el Programa de Educación Intercultural Bilingüe de la UNESCO en Bolivia y Ecuador. En lo económico, impulsó cooperativas de henequeneros para romper con el monopolio de los terratenientes, una táctica que hoy se observa en las cooperativas cafetaleras de Colombia o los sistemas de trueque en Argentina. Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el 68% de las iniciativas comunitarias exitosas en la región incorporan al menos uno de estos elementos. Carrillo Puerto entendió que la revolución no era solo tomar las armas, sino construir estructuras que sobrevivieran al conflicto.

Su asesinato en 1924, ordenado por el gobierno de Adolfo de la Huerta, truncó su proyecto, pero no su influencia. En Yucatán, el Plan de Carrillo Puerto —un documento que exigía autonomía indígena y reparto de tierras— sigue siendo citado en asambleas comunitarias. Más allá de las fronteras, su nombre aparece en murales de Chiapas junto al del EZLN o en las protestas mapuches en Chile, donde se corea «¡Tierra y libertad!» con el mismo espíritu. La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) destacó en 2022 que las demandas por las que luchó —acceso a la tierra, representación política indígena y educación culturalmente pertinente— siguen pendientes en al menos siete países de la región. Su vida demuestra que las revoluciones no se miden solo por las batallas ganadas, sino por las semillas que siembran.

De la historia a las calles: movimientos que hoy retoman su legado*

De la historia a las calles: movimientos que hoy retoman su legado*

En el sureste de México, donde la selva se mezcla con el eco de lenguas milenarias, Felipe Carrillo Puerto emergió como una figura clave que unió la lucha indígena con los ideales revolucionarios. Nacido en 1874 en Motul, Yucatán, este líder maya trascendió las barreras de su época al convertirse en gobernador del estado en 1922, el primero de origen indígena en ocupar el cargo. Su gestión, aunque breve, marcó un antes y después: impulsó leyes agrarias que devolvieron tierras a las comunidades, promovió la educación bilingüe y defendió los derechos laborales de los campesinos, en un momento en que el racismo y la explotación eran moneda corriente.

Carrillo Puerto no actuó solo. Su trabajo se enmarcó en un movimiento más amplio que buscaba redefinir el lugar de los pueblos originarios en la México posrevolucionario. Fundó ligas de resistencia para organizar a los mayas contra los latifundistas, muchas de ellas inspiradas en estrategias similares que, décadas después, resurgirían en movimientos como el zapatista en Chiapas o las luchas indígenas en Ecuador y Bolivia. Según datos del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), sus reformas beneficiaron directamente a más de 50,000 familias campesinas, un logro sin precedentes para la región. Sin embargo, su radicalismo le granjeó enemigos poderosos: en 1924, fue fusilado sin juicio, un crimen que aún simboliza la violencia contra quienes desafían el statu quo.

El legado de Carrillo Puerto perdura en las demandas actuales. Organizaciones como el Congreso Nacional Indígena (CNI) en México o la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) retoman sus ideas sobre autonomía territorial y justicia social. Su nombre aparece en murales de Oaxaca, en canciones de protesta y hasta en proyectos educativos que, como el Modelo Lingüístico Intercultural de Guatemala, buscan rescatar lenguas originarias. Más que un personaje histórico, su vida recuerda que las luchas por la tierra y la dignidad no tienen fronteras: son un hilo que conecta a los mayas de Yucatán con los mapuches en Chile o los wayúu en Colombia.

La memoria viva: cómo se honra su figura en el México actual*

La memoria viva: cómo se honra su figura en el México actual*

Felipe Carrillo Puerto sigue siendo un símbolo de resistencia indígena y justicia social más de un siglo después de su ejecución en 1924. Nacido en Motul, Yucatán, este líder maya se convirtió en una figura clave durante la Revolución Mexicana al combinar la lucha armada con una visión política que priorizaba los derechos de los pueblos originarios. Su gobierno en Yucatán (1922-1924) destacó por reformas radicales: repartió tierras a campesinos, promovió la educación bilingüe maya-español y estableció cooperativas agrícolas que aún sirven de modelo en comunidades rurales de México y Centroamérica.

El legado de Carrillo Puerto trasciende fronteras. En Guatemala, movimientos indígenas como el Comité de Unidad Campesina han citado sus estrategias de organización comunitaria como inspiración para sus propias luchas por la tierra. Mientras tanto, en el sur de México, su nombre aparece en escuelas, calles y hasta en el Programa de Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas que el gobierno federal implementó en 2020. Según datos de la CEPAL, el 40% de la población indígena en Latinoamérica aún enfrenta desigualdad en acceso a tierras, lo que hace que su lucha siga vigente.

Su ejecución —ordenada por el gobierno federal tras un conflicto con el presidente Obregón— lo convirtió en mártir. Cada 3 de enero, miles conmemoran su muerte en Mérida con ceremonias que mezclan rituales mayas y discursos políticos. Pero más allá del simbolismo, su pensamiento influyó en leyes actuales: la Ley de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas (2003) y los acuerdos de la OEA sobre autonomía territorial reflejan, en parte, sus demandas históricas. Carrillo Puerto no fue solo un revolucionario; fue un puente entre dos mundos que México aún intenta reconciliar.

Felipe Carrillo Puerto demostró que la justicia social no es un ideal abstracto, sino una lucha que se construye desde las raíces: con educación bilingüe, defensa de la tierra y organización comunitaria. Su legado —vivo en las cooperativas de Quintana Roo y en las leyes agrarias que impulsó— prueba que los pueblos originarios no solo resistieron la Revolución Mexicana, sino que la moldearon con propuestas concretas. Para honrar su memoria, las nuevas generaciones deben exigir que los programas educativos incluyan su pensamiento y que los gobiernos locales apliquen modelos de desarrollo basados en su visión de autonomía indígena. Que su ejemplo inspire a transformar las demandas históricas de los mayas en políticas públicas, no en discursos vacíos.