El último informe de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) arroja una cifra contundente: más del 75% de la superficie terrestre y el 66% de los océanos han sido alterados significativamente por la acción humana. Estas transformaciones no solo redefinen paisajes, sino que amenazan el equilibrio de los tipos de ecosistemas que sostienen desde el café colombiano hasta los mariscos chilenos, productos que llegan diariamente a las mesas de la región.
Entender los tipos de ecosistemas y sus dinámicas ya no es un tema reservado a biólogos o ambientalistas. Cuando las sequías prolongadas reducen los cultivos en Centroamérica, cuando los arrecifes del Caribe pierden color o cuando los incendios arrasan el Pantanal brasileño, las consecuencias trascienden fronteras. Cada ecosistema —desde la selva amazónica hasta los desiertos de Sonora— opera como un engranaje en un sistema mayor que regula el clima, purifica el agua y hasta frena pandemias. Reconocer sus características clave permite anticipar riesgos, pero también valorar soluciones que ya funcionan en comunidades rurales y urbanas. La clave está en mirar más allá del paisaje.
Ecosistemas: el equilibrio invisible que sostiene la vida en el planeta*

Los ecosistemas son sistemas complejos donde los seres vivos interactúan entre sí y con su entorno físico, creando un equilibrio que sostiene la vida. En América Latina, esta diversidad se manifiesta en paisajes que van desde la Amazonía hasta los desiertos costeros de Chile y Perú. Según datos de la CEPAL, la región alberga el 40% de la biodiversidad global, concentrada en siete tipos principales de ecosistemas que cumplen funciones críticas para el clima, la economía y las comunidades locales.
Entre los más extensos destacan los bosques tropicales, como la selva amazónica que abarca nueve países, donde un solo hectárea puede albergar más de 400 especies de árboles. Le siguen los ecosistemas marinos y costeros, vitales para la pesca artesanal en países como México, Colombia y Ecuador, donde los manglares actúan como barreras naturales contra huracanes. En las alturas, los páramos de los Andes —compartidos por Venezuela, Colombia y Ecuador— almacenan agua dulce que abastece a millones, mientras que los desiertos, como el de Atacama, albergan especies únicas adaptadas a condiciones extremas.
Completan la lista los humedales (el Pantanal en Brasil, Bolivia y Paraguay es el más grande del mundo), las sabanas como los Llanos venezolanos, y los ecosistemas de montaña, donde la cordillera de los Andes regula el clima regional. La Dra. Elena Rojas, investigadora del Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global, advierte que «la degradación de estos ecosistemas no solo reduce la biodiversidad, sino que amenaza la seguridad hídrica y alimentaria de la región». Un ejemplo claro es la deforestación en la Amazonía brasileña y boliviana, que ya afecta los patrones de lluvia en zonas agrícolas de Argentina y Paraguay.
De selvas a desiertos: los 7 ecosistemas que definen la biodiversidad global*

Los ecosistemas terrestres cubren menos del 30% de la superficie del planeta, pero albergan el 80% de la biodiversidad conocida, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Entre ellos, siete tipos destacan por su influencia en el equilibrio climático y su capacidad para sostener vida. Los bosques tropicales —como la Amazonía, que se extiende por nueve países sudamericanos— lideran la producción de oxígeno y el almacenamiento de carbono, con árboles que superan los 60 metros de altura y especies aún sin clasificar. Le siguen los desiertos, donde la adaptabilidad de flora y fauna desafía condiciones extremas: el de Atacama, en Chile, registra zonas sin lluvia en décadas, mientras su suelo alberga microbios únicos que resisten radiación ultravioleta intensa.
Los humedales, aunque ocupan solo el 6% de la superficie terrestre, filtran contaminantes y mitigan inundaciones en ciudades costeras. El Pantanal, compartido por Brasil, Bolivia y Paraguay, ilustra su importancia: durante la temporada de lluvias, sus 200.000 km² se inundan, creando un refugio para jaguarés, caimanes y más de 650 especies de aves. En contraste, los pastizales y sabanas —como los Llanos en Colombia y Venezuela— mantienen un delicado equilibrio entre incendios naturales y regeneración, esencial para el ganado y las comunidades indígenas que dependen de ellos. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte que la conversión de estos ecosistemas en tierras agrícolas amenaza su supervivencia, con una pérdida del 20% en las últimas dos décadas.
Completan la lista los ecosistemas de montaña, las tundras y los bosques templados. Los primeros, como la cordillera de los Andes, actúan como «torres de agua» que abastecen a ciudades como Quito, Bogotá y La Paz, mientras sus glaciares retroceden a un ritmo acelerado por el cambio climático. Las tundras, presentes en el extremo sur de Argentina y Chile, almacenan carbono en suelos permanentemente congelados, pero su descongelación libera gases de efecto invernadero. Los bosques templados —desde los valdivianos en Chile hasta los de pino-encino en México— enfrentan la tala ilegal y la expansión urbana, pese a ser clave para la polinización de cultivos básicos como el maíz y el café.
Clima, suelo y especies: el triángulo que moldea cada ecosistema*

Los ecosistemas son unidades dinámicas donde los seres vivos interactúan con su entorno físico, creando un equilibrio que define la vida en cada región. En América Latina, esta diversidad se manifiesta desde los bosques amazónicos hasta los desiertos costeros de Chile y Perú, pasando por los humedales del Pantanal en Brasil y Bolivia. Según datos de la CEPAL, la región alberga el 40% de la biodiversidad global, un patrimonio que depende directamente de la salud de sus ecosistemas.
Entre los más críticos se encuentran los bosques tropicales, como la Amazonía, que abarca nueve países y almacena alrededor de 120 mil millones de toneladas de carbono, según estudios de la Universidad de São Paulo. Estos pulmones verdes regulan el clima regional y albergan especies endémicas como el jaguar o el delfín rosado. En contraste, los ecosistemas de alta montaña, presentes en los Andes, enfrentan desafíos como el retroceso glaciar: el 71% de los glaciares tropicales del mundo están en esta cordillera, y su deshielo afecta el suministro de agua para comunidades en Perú, Ecuador y Colombia.
Los manglares —extensos en México, Colombia y Venezuela— actúan como barreras naturales contra huracanes y son viveros de especies marinas. Mientras tanto, los pastizales y sabanas, como los Llanos en Venezuela y Colombia o el Cerrado brasileño, sostienen una agricultura clave para la economía regional pero sufren presión por la expansión ganadera. Menos visibles pero igual de vitales son los ecosistemas marinos, donde corrientes como la de Humboldt, frente a Chile y Perú, sostienen una de las pesquerías más productivas del planeta. La tundra alpina en el extremo sur y los desiertos como el de Atacama completan este mosaico, cada uno con adaptaciones únicas que permiten la vida en condiciones extremas.
La interconexión entre estos ecosistemas es evidente en fenómenos como la migración de aves desde el Ártico hasta la Patagonia, o en el ciclo del agua que vincula la Amazonía con las lluvias en el Cono Sur. Sin embargo, la fragmentación por actividades humanas —deforestación, minería o urbanización— amenaza su resiliencia. Organizaciones como el BID advierten que la pérdida de un solo tipo de ecosistema puede desestabilizar cadenas tróficas enteras, con consecuencias directas en la seguridad alimentaria y el clima de la región.
Cómo identificar un ecosistema en riesgo (y qué hacer al respecto)*

Los ecosistemas son sistemas complejos donde interactúan seres vivos y su entorno físico, cada uno con características únicas que determinan su equilibrio. En América Latina, siete tipos destacan por su relevancia ecológica y su impacto en las comunidades locales. Los bosques tropicales, como la Amazonía que abarca nueve países, son los más biodiversos del planeta: albergan el 10% de las especies conocidas según datos de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA). Le siguen los manglares, presentes desde México hasta el norte de Brasil, que actúan como barreras naturales contra huracanes y proveen criaderos para especies marinas.
Los pastizales y sabanas, como el Pantanal entre Brasil, Bolivia y Paraguay o los Llanos en Colombia y Venezuela, son clave para la regulación hídrica y el sustento de poblaciones ganaderas. Mientras tanto, los desiertos costeros del Pacífico —desde el norte de Chile hasta el sur de Perú— albergan especies endémicas adaptadas a condiciones extremas, como el famoso cactus Echinopsis. En las alturas, los páramos de los Andes, compartidos por Colombia, Ecuador y Venezuela, funcionan como esponjas que captan y liberan agua lentamente, abasteciendo a ciudades como Bogotá y Quito. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), estos ecosistemas proveen el 80% del agua dulce para consumo humano en la región andina.
Completan la lista los arrecifes de coral, como los del Sistema Arrecifal Mesoamericano —el segundo más grande del mundo—, y los humedales, entre ellos el Delta del Paraná en Argentina, esenciales para mitigar inundaciones. Cada ecosistema enfrenta amenazas distintas: la deforestación en la Amazonía avanza a ritmos récord, mientras que el blanqueamiento de corales afecta al 60% de los arrecifes del Caribe, según informes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Su conservación no solo protege la biodiversidad, sino también los medios de vida de millones de personas que dependen de recursos como la pesca, el turismo o la agricultura.
La huella humana: actividades que más dañan —y protegen— los ecosistemas*

Los ecosistemas son el sustento invisible de la vida en el planeta, pero su diversidad y funciones varían radicalmente según el clima, la geografía y las especies que los habitan. En América Latina y el Caribe, donde el 40% del territorio está cubierto por bosques y selvas según datos de la CEPAL, siete tipos de ecosistemas destacan por su extensión, biodiversidad y servicios ambientales. Las selvas tropicales —como la Amazonia, que abarca nueve países— lideran en producción de oxígeno y regulación climática, mientras que los humedales, desde el Pantanal brasileño hasta los esteros del Iberá en Argentina, actúan como esponjas naturales que mitigan inundaciones y purifican el agua.
En las zonas costeras, los manglares forman barreras verdes contra huracanes y tormentas, un escudo crítico para comunidades desde México hasta Colombia. Según un estudio de la Organización de los Estados Americanos (OEA), cada hectárea de manglar evita daños por USD 80.000 anuales en infraestructura. Más allá de las costas, los pastizales y sabanas —como los Llanos venezolanos o el Cerrado brasileño— albergan especies endémicas y son clave para la agricultura sostenible. Mientras tanto, los ecosistemas de montaña, desde los Andes hasta la Sierra Madre, proveen el 80% del agua dulce de la región, pero enfrentan amenazas por la minería ilegal y el deshielo acelerado.
Los desiertos y zonas áridas, aunque menos extensos, cumplen roles únicos: el desierto de Atacama en Chile, por ejemplo, alberga microorganismos extremos que inspiran investigación biomédica, y las punas altoandinas en Perú y Bolivia son reservorios genéticos de papas y quinua. Finalmente, los ecosistemas marinos —como el Sistema Arrecifal Mesoamericano— sostienen la pesca artesanal que alimenta a millones. La interconexión entre estos siete tipos explica por qué la degradación de uno, como la deforestación en la Amazonia, afecta patrones de lluvia hasta en el Cono Sur.
Tecnología y conservación: el mapa futuro de los ecosistemas en la región*

Desde los picos nevados de los Andes hasta las costas del Caribe, América Latina alberga una diversidad de ecosistemas que la convierten en una de las regiones más ricas del planeta. Según datos de la CEPAL, el 40% de la biodiversidad global se concentra en esta zona, donde siete tipos de ecosistemas destacan por su extensión, funciones ecológicas y servicios ambientales.
Los bosques tropicales —como la Amazonía, que abarca nueve países— lideran la lista. Estos pulmones verdes regulan el clima, almacenan carbono y son hogar de millones de especies, muchas aún sin catalogar. Le siguen los ecosistemas marino-costeros, desde los manglares de Colombia hasta los arrecifes de coral en México y Belice, que protegen las costas de tormentas y sostienen economías locales basadas en la pesca. En las alturas, los páramos de Ecuador, Perú y Venezuela actúan como esponjas naturales, capturando agua que abastece a ciudades enteras.
La región también alberga sabanas y humedales de importancia crítica. El Pantanal, compartido por Brasil, Bolivia y Paraguay, es el humedal más grande del mundo y un refugio para especies como el jaguar. Mientras tanto, las zonas áridas y semiáridas —desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia— demuestran una resiliencia extrema, con adaptaciones únicas en flora y fauna. Completan el mapa los ecosistemas de montaña, como los bosques nublados de Centroamérica, y las praderas de altura, esenciales para la agricultura tradicional en países andinos.
Estos ecosistemas no solo definen el paisaje latinoamericano, sino que enfrentan amenazas comunes: deforestación, cambio climático y expansión urbana. Proyectos como la Iniciativa 20×20, respaldada por el BID, buscan restaurar 50 millones de hectáreas para 2030, un recordatorio de que su conservación es clave para el futuro de la región.
Los ecosistemas no son solo paisajes: son el sustento invisible de la vida, desde los bosques amazónicos que regulan el clima global hasta los humedales costeros que protegen a comunidades enteras de inundaciones. Cada tipo —desde la tundra hasta los arrecifes de coral— cumple un rol irremplazable, y su degradación acelera crisis que ya golpean a la región, como la escasez de agua o la pérdida de biodiversidad. La acción más urgente no es solo admirarlos, sino exigir políticas que frenen su destrucción: apoyar iniciativas de conservación local, reducir el consumo de plásticos que ahogan los océanos y votar por líderes que prioricen la restauración ecológica sobre los intereses cortoplacistas. Con el 40% de la diversidad biológica del planeta en Latinoamérica, proteger estos siete ecosistemas no es un gesto ambientalista, es un acto de supervivencia colectiva.





