Con solo tres derrotas en sus últimos 20 encuentros, Marruecos Sub-20 se ha convertido en el equipo que nadie quiere enfrentar en el torneo africano. La selección atlas, tradicionalmente opacada por sus contrapartes senegalesas o nigerianas en categorías juveniles, ahora impone un estilo de juego que combina la solidez defensiva europea con el desborde característico del fútbol africano. Su clasificación a semifinales —lograda tras golear 4-0 a Ghana, campeona defensora— no fue casualidad, sino el resultado de un proyecto que lleva tres años gestándose en los centros de formación de Rabat y Casablanca.
Lo llamativo no es solo su rendimiento, sino cómo está redefiniendo el mapa del fútbol juvenil en África. Para los scout de clubes latinoamericanos, acostumbrados a fichar talentos de Sudamérica o Europa, Marruecos Sub-20 ofrece un perfil distinto: jugadores físicos, tácticamente disciplinados y con un precio de mercado aún accesible. El mediocampista Bilal Mazari, de 19 años, ya despierta interés en la Liga MX, mientras que el delantero Amine El Ouahabi —máximo goleador del torneo— tiene cláusula de rescisión inferior a los 2 millones de euros. Lo que comenzó como una sorpresa se consolida como una oportunidad.
El ascenso imprevisto de Marruecos Sub-20 en el fútbol africano*
Con un estilo de juego que combina velocidad, presión alta y una solidez defensiva inusual para su categoría, la selección Sub-20 de Marruecos se ha convertido en la sorpresa del Campeonato Africano de la categoría. El equipo, dirigido por el técnico Tarik Sektioui, no solo logró clasificar a la fase final del torneo con un récord de cinco partidos sin derrotas, sino que también aseguró su boleto al Mundial Sub-20 de 2025 en Chile. Lo más llamativo: lo hizo con una plantilla donde el 60% de los jugadores proviene de divisiones inferiores locales, según datos de la Confederación Africana de Fútbol (CAF).
El secreto detrás de este ascenso radica en tres pilares. Primero, un sistema táctico flexible que alterna entre un 4-3-3 y un 4-2-3-1, dependiendo del rival. Segundo, la figura del mediocampista Bilal El Khannouss, considerado por analistas como el «cerebro» del equipo, con una capacidad de recuperación de balón que supera el 85% de efectividad en zona media. Y tercero, una preparación física excepcional: los jugadores marroquíes cubren en promedio 12 kilómetros por partido, cifra que supera el estándar de la categoría, de acuerdo con un informe de la Universidad de Pretoria especializada en ciencias del deporte.
El impacto de este equipo trasciende lo deportivo. En países como Colombia o Perú, donde el fútbol juvenil enfrenta desafíos de infraestructura, el modelo marroquí ha llamado la atención de directivos. La clave parece estar en la inversión en centros de formación descentralizados —Marruecos tiene 14 academias certificadas por la CAF—, algo que organizaciones como la CONMEBOL han comenzado a promover en Sudamérica. Mientras tanto, en el torneo africano, Marruecos ya mira más allá: su objetivo es repetir el histórico cuarto lugar que logró la selección mayor en el Mundial de Qatar 2022, pero esta vez con una generación que apenas supera los 19 años.
Tácticas y jugadores que marcaron la diferencia en el torneo*
El ascenso de la selección de Marruecos Sub-20 en el último torneo africano no fue casualidad, sino el resultado de un proyecto bien estructurado. Con un juego basado en la posesión y transiciones rápidas, el equipo norteafricano sorprendió a rivales más cotizados. Su clave: una defensa sólida que solo permitió tres goles en siete partidos, según datos de la Confederación Africana de Fútbol (CAF). Pero más allá de las estadísticas, lo que llamó la atención fue su capacidad para adaptarse a distintos ritmos de juego, algo poco común en categorías juveniles.
El mediocampo marcó la diferencia. Jugadores como Bilal El Khannouss, ya con experiencia en el fútbol europeo, impusieron un ritmo que desequilibró a defensas rivales. Su visión de juego y precisión en los pases cortos recordaron al estilo que popularizaron equipos latinoamericanos como la generación dorada de Argentina en los 90. Mientras tanto, el delantero Hamza Igamane demostró que la eficacia no siempre requiere complejidad: cinco de sus seis goles surgieron de jugadas simples, pero ejecutadas con una frialdad inusual para su edad.
Detrás del éxito también estuvo el trabajo técnico. El entrenador Issame Charaï, con experiencia en divisiones menores de clubes franceses, implementó un sistema flexible que alternaba entre un 4-3-3 y un 4-2-3-1 según el rival. Esta adaptabilidad táctica, combinada con un físico superior al promedio —los jugadores marroquíes superaron en un 12% los promedios de resistencia en pruebas de la CAF—, les permitió dominar partidos en los minutos finales. Un detalle que podría inspirar a selecciones latinoamericanas en proceso de renovación, como las de Ecuador o Venezuela, donde la preparación física suele ser un punto débil.
El torneo dejó claro que Marruecos ya no es solo una potencia en el fútbol mayor. Su Sub-20 probó que, con planificación y talento, es posible competir (y ganar) sin depender de figuras mediáticas. El desafío ahora será mantener esta generación unida y proyectarla hacia competiciones globales, como el próximo Mundial de la categoría.
El estilo de juego que descolocó a rivales tradicionales*
El ascenso de Marruecos Sub-20 en el último torneo africano no fue casualidad, sino el resultado de un estilo que combinó disciplina táctica con un juego físico inteligente. El equipo, que eliminó a favoritos como Ghana y Nigeria, demostró que la velocidad en las transiciones y la presión alta pueden desequilibrar a rivales con mayor tradición futbolística. Su esquema 4-3-3, con laterales muy ofensivos y un mediocampo compacto, recordó al modelo que equipos sudamericanos como la selección de Ecuador Sub-20 usó en el último Mundial de la categoría.
Una de las claves fue su capacidad para adaptarse a distintos ritmos de juego. Contra equipos que buscaban posesión, como Senegal, Marruecos optó por bloque bajo y contraataques rápidos con pases verticales a los extremos. En cambio, frente a rivales directos, como Camerún, impuso un pressing asfixiante en campo contrario, recuperando el balón en zonas peligrosas. Según datos de la CAF, el equipo recuperó un 68% de los balones en la mitad rival, una cifra superior al promedio del torneo (52%). Esta versatilidad táctica, poco común en selecciones juveniles africanas, sorprendió a analistas de la CONMEBOL que siguieron su desempeño.
El papel del técnico Walid Regragui —exjugador de la selección absoluta— fue decisivo. Regragui, conocido por su trabajo en el Wydad Casablanca, implementó un sistema basado en automatismos: los defensas centrales salían jugando con pivotes claros, mientras los volantes exteriores cubrían los espacios dejados por los laterales. Esta estructura permitió que Marruecos mantuviera el 56% de posesión en el torneo, a pesar de no ser un equipo de toque fino. Además, su preparación física destacó: en la semifinal contra Túnez, resistieron un tiempo extra agónico con un desgaste mínimo, algo que llamó la atención de ojeadores de ligas latinoamericanas como la argentina y la colombiana.
El torneo dejó en claro que Marruecos Sub-20 no es un equipo de estrellas individuales, sino de un colectivo bien aceitado. Jugadores como el mediocentro Amine El Ouazzani o el extremo Mehdi Maouhoub brillaron por su entendimiento con los compañeros, no por destellos personales. Este enfoque, más cercano al fútbol europeo que al africano tradicional, podría influir en cómo otras selecciones del continente abordan los próximos torneos. Para América Latina, donde el estilo ofensivo suele priorizarse, el caso marroquí sirve como recordatorio: la solidez defensiva y la claridad táctica siguen siendo diferenciales.
Lecciones para selecciones latinoamericanas según su desempeño*
El ascenso de Marruecos Sub-20 en el Campeonato Africano de la categoría no solo sorprendió por su solidez defensiva, sino por un modelo de juego que podría inspirar a selecciones latinoamericanas en formación. Con cinco victorias consecutivas y solo dos goles en contra durante el torneo, el equipo norteafricano demostró que la disciplina táctica y la cohesión grupal superan incluso a rivales con mayor tradición futbolística. Su éxito, basado en un bloque compacto y transiciones rápidas, evoca estrategias que equipos como Ecuador en el Sudamericano Sub-20 de 2019 o Uruguay en 2017 usaron para neutralizar adversarios más técnicos.
Una de las claves fue el trabajo en los laterales. Marruecos aprovechó la velocidad de sus extremos para desequilibrar, algo que selecciones como Colombia o México podrían replicar ante rivales físicos en Concacaf o Conmebol. Según un informe de la Confederación Africana de Fútbol (CAF), el 68% de sus ataques surgieron por bandas, con centros precisos al área. Este dato contrasta con el estilo más vertical que suelen priorizar equipos latinoamericanos, donde el juego aéreo suele ser menos explotado. La lección es clara: diversificar las vías de gol sin perder identidad.
Otro aspecto destacable fue la mentalidad. A diferencia de otras selecciones que colapsan bajo presión, los marroquíes mantuvieron la calma en momentos críticos, como en la semifinal contra Senegal, donde remontaron con un gol en el minuto 89. Esa resiliencia recuerda a la generación dorada de Brasil Sub-20 en 2011, que combinaba talento con madurez emocional. Para países como Perú o Venezuela, donde la irregularidad es un desafío recurrente, este enfoque podría ser un modelo a seguir en torneos cortos.
El técnico Tarik Sektioui también innovó al rotar jugadores sin perder rendimiento, una práctica poco común en categorías juveniles de la región. Mientras en Sudamérica aún predominan los «titulares fijos», Marruecos demostró que la competencia interna fortalece al grupo. Un ejemplo aplicable a Chile o Paraguay, donde la falta de profundidad en el banco suele ser un talón de Aquiles.
Cómo replicar su modelo de formación en academias locales*
El ascenso de la selección de Marruecos Sub-20 en el último Campeonato Africano no pasó desapercibido. Con un juego táctico disciplinado y una generación de futbolistas técnicos, el equipo norteafricano demostró que el desarrollo de jóvenes talentos no requiere presupuestos millonarios, sino un modelo claro. Su éxito —llegar a semifinales con solo dos derrotas en todo el torneo— llamó la atención de academias en América Latina, donde clubes como Independiente del Valle (Ecuador) o Liga Deportiva Universitaria (Ecuador) ya exploran adaptar sus métodos.
Una de las claves fue la combinación entre formación física y educación táctica desde edades tempranas. Según un informe de la Confederación Africana de Fútbol (CAF), el 78% de los jugadores marroquíes en esta categoría entrenan bajo un mismo sistema desde los 14 años, con énfasis en posesiones rápidas y transiciones defensivas. Esto contrasta con el enfoque latinoamericano, donde muchas academias priorizan el talento individual sobre la estructura colectiva. El caso de la Escuela de Alto Rendimiento Marcet en España —que ha formado a jugadores como Ansu Fati— sirve de referencia: allí, el 60% del tiempo se dedica a ejercicios con balón, algo que Marruecos replicó con ajustes culturales.
Otro pilar fue la integración de tecnología accesible. Mientras equipos europeos usan sistemas como Hudl o Wyscout, los marroquíes optimizaron herramientas gratuitas: análisis de videos con Kinovea y seguimiento físico mediante apps como Strava. Esto permitió monitorear a 40 jugadores simultáneamente con un costo mínimo, un modelo que academias en Perú —como la de Sporting Cristal— ya prueban en sus divisiones menores. La lección es clara: la innovación no siempre depende del dinero, sino de cómo se organizan los recursos existentes.
El desafío para Latinoamérica radica en adaptar este sistema sin copiarlo. Mientras Marruecos aprovecha su cercanía a Europa para partidos amistosos de alto nivel, en la región se podría usar torneos como la Copa Libertadores Sub-20 o alianzas con la Conmebol para simular competencia internacional. El ejemplo de Uruguay, que con menos población que muchos estados brasileños exporta talentos como Darwin Núñez, demuestra que el secreto está en la constancia, no en los atajos.
Proyección mundial: ¿Puede ser el próximo semillero de estrellas?*
El ascenso de Marruecos Sub-20 en el último Campeonato Africano ha llamado la atención de los cazatalentos internacionales, pero no solo por su título. Lo que realmente destaca es su modelo de juego: una combinación de presión alta, transiciones rápidas y un bloque defensivo que solo recibió tres goles en seis partidos. Según datos de la Confederación Africana de Fútbol (CAF), el equipo marroquí mantuvo un 62% de posesión promedio durante el torneo, cifra superior a la de selecciones tradicionales como Ghana o Nigeria en la misma categoría.
Detrás de este rendimiento hay una estrategia clara. El técnico Issame Charaï, exjugador de la selección absoluta, implementó un sistema 4-3-3 con laterales muy ofensivos y un mediocampo que prioriza la recuperación inmediata del balón. Tres nombres sobresalen: el extremo Amine El Madani, autor de cuatro asistencias en el torneo, el centrocampista Bilal Mazhar, elegido mejor jugador del certamen, y el portero Hamza Jama, cuya actuacion en la final (tres atajadas clave en los penaltis) le valió comparaciones con Yassine Bounou. Lo llamativo es que los tres ya entrenan con equipos europeos: El Madani en el Ajax, Mazhar en el Lille y Jama en el Standard de Lieja.
El caso marroquí interesa especialmente en Latinoamérica por su parecido con el modelo que usó Ecuador en su generación dorada Sub-20 de 2019. Ambos equipos basaron su éxito en una cantera local reforzada con jugadores formados en el extranjero —en el caso africano, en academias de Francia, Bélgica y Países Bajos—. La diferencia radica en la infraestructura: mientras Ecuador invirtió en el complejo de la Federación en Quito, Marruecos apostó por convenios con clubes europeos para que sus jóvenes tengan minutos en ligas competitivas desde los 16 años. Un informe del BID de 2023 señala que este tipo de alianzas reducen en un 40% el tiempo de adaptación de los jugadores al fútbol de alto nivel.
El próximo desafío será el Mundial Sub-20 de 2025, donde Marruecos llegará como cabeza de serie. Su prueba de fuego vendrá contra equipos sudamericanos, conocidos por su intensidad física. Si logran replicar su solidez táctica, podrían convertirse en el primer equipo africano en alcanzar semifinales en esta categoría desde Ghana en 2009. Por ahora, ya tienen algo más valioso que el título: un sistema que produce talentos listos para el salto a Europa.
Marruecos Sub-20 no es solo un equipo prometedor, sino un modelo de cómo combinar disciplina táctica, físico explosivo y mentalidad ganadora en el fútbol africano. Su juego vertical, la solidez defensiva y la capacidad para rearmarse en segundos los convirtieron en la sorpresa del torneo, demostrando que el talento joven bien dirigido rinde frutos inmediatos. Los clubes latinoamericanos que busquen fichajes estratégicos deberían fijarse en sus laterales —como el veloz Amine El Bouazzati— y en su mediocampo de recuperación, perfiles que escasean en la región. Con Qatar 2025 en el horizonte, este plantel marca el camino: el fútbol africano ya no es futuro, es presente y América Latina haría bien en tomarlo como espejo.




