El malestar estomacal y los episodios de vómito afectan a más de 120 millones de personas cada año solo en América Latina, según datos de la Organización Panamericana de la Salud. Aunque en muchos casos se trata de un síntoma pasajero, su impacto en la rutina diaria —desde la pérdida de horas laborales hasta la deshidratación en niños y adultos mayores— convierte la búsqueda de un medicamento para el vómito efectivo en una prioridad para familias y profesionales de la salud.

No todos los antieméticos actúan igual, y elegir el incorrecto puede prolongar el problema o enmascarar condiciones más graves, como infecciones bacterianas o efectos secundarios de tratamientos oncológicos. Mientras en farmacias circulan desde opciones de venta libre hasta fórmulas con receta, la confusión sobre cuál es el medicamento para el vómito adecuado según la causa —ya sea por mareo, gastritis o quimioterapia— sigue siendo un dolor de cabeza común. Lo que pocos saben es que incluso alternativas naturales, como la vitamina B6 en casos de náuseas matutinas, tienen respaldo científico cuando se usan correctamente.

La clave está en identificar no solo el síntoma, sino su origen. Y ahí radica el desafío.

Por qué se produce el vómito y cuándo requiere medicación*

El vómito ocasional suele ser una reacción natural del cuerpo para eliminar toxinas o responder a infecciones gastrointestinales. Sin embargo, cuando persiste más de 24 horas o se acompaña de deshidratación, mareos intensos o sangre, los medicamentos antieméticos pueden ser necesarios. En países como México y Argentina, donde las intoxicaciones alimentarias aumentan un 15% en verano según datos de la OPS, estos fármacos son clave para evitar complicaciones en grupos vulnerables.

Entre las opciones más recetadas en la región destacan cinco. La metoclopramida acelera el vaciado gástrico y es útil en casos de migrañas con náuseas o quimioterapia; en Brasil, se incluye en protocolos oncológicos públicos. El ondansetrón, bloqueador selectivo de serotonina, es el estándar para vómitos postoperatorios o por tratamientos contra el cáncer, con estudios del INCAN de Perú que respaldan su eficacia en un 87% de los casos. Para embarazadas con hiperémesis gravídica —común en Colombia y Venezuela—, la doxilamina combinada con vitamina B6 es la primera línea, avalada por la FELSOG. En contextos de gastroenteritis aguda, el domperidona alivia síntomas sin cruzar la barrera hematoencefálica, reduciendo efectos secundarios. Finalmente, la prometazina, un antihistamínico con acción anticolinérgica, se usa en urgencias por su rápido efecto en vómitos inducidos por cinetosis o laberintitis, frecuentes en zonas costeras como Chile o Ecuador.

La automedicación con estos fármacos conlleva riesgos. Por ejemplo, la metoclopramida puede causar distonías en niños —reportadas en un 3% de los casos según el Hospital Garrahan de Argentina—, mientras que el ondansetrón requiere ajuste de dosis en ancianos. Siempre debe evaluarse la causa subyacente: desde una infección por E. coli (común en alimentos callejeros de Centroamérica) hasta efectos de medicamentos como la morfina. La OPS recomienda combinar los antieméticos con suero oral, especialmente en poblaciones con acceso limitado a servicios de salud, como áreas rurales de Bolivia o Honduras.

Cinco fármacos antieméticos y sus mecanismos de acción*

Las náuseas y los vómitos afectan a millones de personas en América Latina cada año, ya sea por infecciones gastrointestinales, quimioterapia o efectos secundarios de medicamentos. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), las enfermedades diarreicas —que suelen incluir vómitos— representan el 5% de las consultas en centros de salud de la región. Para controlar estos síntomas, los antieméticos son clave, pero su elección depende de la causa y el perfil del paciente.

Entre las opciones más recetadas está la metoclopramida, que actúa acelerando el vaciamiento gástrico y bloqueando receptores de dopamina en el cerebro. Se usa comúnmente en casos de gastroparesia o vómitos postoperatorios, como los que pueden presentarse tras cirugías de vesícula —frecuentes en países como Chile y Argentina—. Otro fármaco de primera línea es la ondansetrón, un antagonista de serotonina (5-HT3) especialmente efectivo en vómitos inducidos por quimioterapia, un tratamiento en aumento en la región según reportes del Instituto Nacional de Cancerología de México.

Para situaciones relacionadas con mareos o cinetosis —común en zonas montañosas de Perú o Colombia—, la dimenhidrinato sigue siendo una opción accesible. Este antihistamínico actúa sobre el sistema vestibular y el centro del vómito en el cerebro. En cambio, cuando los vómitos son persistentes y no responden a otros tratamientos, los médicos recurren a la domperidona, que, al igual que la metoclopramida, mejora la motilidad digestiva pero con menos efectos secundarios neurológicos. Un estudio de la Universidad de São Paulo destacó su eficacia en pacientes con migrañas severas, donde las náuseas son un síntoma recurrente.

En contextos hospitalarios, como los servicios de oncología del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas de Lima, se combina el dexametasona (un corticoide) con otros antieméticos para potenciar el efecto. Este esquema es clave en protocolos de la Sociedad Latinoamericana de Oncología Médica (SLACOM), especialmente en pacientes que reciben cisplatino, un quimioterápico de alta emetogenicidad. La elección final, sin embargo, siempre debe personalizarse: factores como la edad, el embarazo o el consumo de otros fármacos —como los antidepresivos ISRS— pueden limitar las opciones.

Diferencias clave entre pastillas, jarabes e inyectables*

Los medicamentos para controlar el vómito varían según la causa, la intensidad de los síntomas y la edad del paciente. En países como México y Colombia, donde las intoxicaciones alimentarias son frecuentes durante la temporada de lluvias, los antieméticos de venta libre suelen ser la primera opción. Sin embargo, no todos actúan igual: las pastillas como la metoclopramida aceleran el vaciado gástrico y son útiles en casos de migrañas o quimioterapia, mientras que los jarabes con dimenhidrinato —comunes en farmacias de Argentina y Perú— se prefieren para niños o personas con dificultad para tragar.

Para vómitos persistentes o asociados a infecciones como el dengue —endémico en Centroamérica y el Caribe—, los médicos recetan con frecuencia ondansetrón en tabletas o inyectables. Este fármaco, incluido en la lista de medicamentos esenciales de la OPS, bloquea los receptores de serotonina y reduce las náuseas en un 70% durante las primeras 24 horas, según estudios de la Universidad de Chile. En cambio, los supositórios con domperidona —menos comunes pero disponibles en Brasil y Uruguay— son alternativas cuando el paciente no tolera la vía oral. La elección depende también de efectos secundarios: la metoclopramida puede causar somnolencia, mientras que el ondansetrón rara vez produce mareos.

En contextos hospitalarios, como los servicios de emergencia en Ciudad de Panamá o Santiago, los inyectables de clorpromazina se reservan para casos graves, como vómitos incoercibles por gastroenteritis aguda o posoperatorios. Para embarazadas —un grupo vulnerable en toda la región—, la OMS recomienda empezar con cambios en la dieta y, si persisten las náuseas, usar jengibre en cápsulas o piridoxina (vitamina B6) antes de recurrir a antieméticos convencionales. La automedicación con estos fármacos durante el primer trimestre puede ocultar señales de alerta, como la hiperémesis gravídica, que requiere atención especializada.

Cómo elegir el mejor tratamiento según la causa del vómito*

El vómito ocasional suele resolverse con reposo e hidratación, pero cuando persiste o se vincula a condiciones como gastroenteritis, migrañas o quimioterapia, los medicamentos antieméticos resultan clave. En Latinoamérica, donde las infecciones estomacales representan hasta el 30% de las consultas en servicios de urgencia —según datos de la Organización Panamericana de la Salud—, elegir el fármaco adecuado depende de la causa subyacente. Por ejemplo, en países con brotes recurrentes de dengue, como Colombia o Brasil, los antivirales se combinan con antieméticos para controlar náuseas intensas.

La metoclopramida y la domperidona lideran las opciones para vómitos por reflujo o lentitud gástrica, comunes en pacientes con diabetes o poscirugías bariátricas, cada vez más frecuentes en México y Chile. Ambas aceleran el vaciado estomacal, pero la domperidona tiene menos efectos secundarios neurológicos, lo que la hace preferible en adultos mayores. Para casos de cinetosis —un problema recurrente en zonas montañosas de Perú o Ecuador—, la dimenhidrinato (Dramamine) sigue siendo la primera línea, aunque su efecto sedante limita su uso en conductores.

Cuando el origen es quimioterapia o posoperatorio, los especialistas recurren a bloqueadores de serotonina como el ondansetrón, incluido en la lista de medicamentos esenciales de la OMS. En hospitales públicos de Argentina y Uruguay, su uso protocolizado redujo las hospitalizaciones por deshidratación en un 40%, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo. Para náuseas leves por ansiedad o estrés —trastornos en aumento tras la pandemia—, la meclizina ofrece alivio sin somnolencia excesiva, ideal para quienes necesitan mantenerse activos.

La automedicación con antieméticos conlleva riesgos: en 2022, el Ministerio de Salud de Costa Rica alertó sobre intoxicaciones por sobredosis de metoclopramida en adolescentes que la usaban para contrarrestar efectos de alcohol. Siempre se recomienda consulta médica, especialmente si el vómito se acompaña de fiebre alta, dolor abdominal intenso o signos de deshidratación, como sequedad bucal o mareos al pararse.

Precauciones y efectos secundarios que no debes ignorar*

Los medicamentos para el vómito son clave en el manejo de náuseas persistentes, pero su uso inadecuado puede agravar el problema. En América Latina, donde las intoxicaciones alimentarias y las infecciones gastrointestinales representan hasta un 20% de las consultas médicas urgentes —según datos de la Organización Panamericana de la Salud—, elegir el fármaco correcto marca la diferencia. Entre las opciones más recetadas destacan cinco: la metoclopramida, efectiva para vómitos por quimioterapia o migrañas; el ondansetrón, usado en postoperatorios y embarazos con náuseas severas; y la domperidona, común en casos de reflujo gastroesofágico.

La dimenhidrinato sigue siendo popular en farmacias de países como Argentina y Colombia para tratar mareos por movimiento, mientras que el prometazina —aunque menos frecuente— se reserva para vómitos inducidos por medicamentos. Sin embargo, cada uno tiene límites: el ondansetrón puede causar estreñimiento, y la metoclopramida no debe usarse en niños menores de un año ni en pacientes con Parkinson. Según la Dra. María González, gastroenteróloga del Hospital Clínico de Santiago de Chile, «el error más común es automedicarse con antieméticos sin identificar la causa; por ejemplo, un vómito por apendicitis requiere cirugía, no pastillas».

En contextos como el dengue —endémico en Centroamérica y el Caribe—, los médicos evitan los antieméticos que enmascaran síntomas de alarma, como el dolor abdominal intenso. La recomendación regional es clara: si el vómito persiste más de 24 horas, aparece sangre o hay signos de deshidratación (sequedad bucal, orina oscura), se debe buscar atención inmediata. En casos leves, alternativas no farmacológicas como el jengibre o la hidratación oral con suero casero (agua, sal y azúcar) son primeras líneas, especialmente en zonas rurales con acceso limitado a medicamentos.

Avances en medicamentos antieméticos: qué esperar en los próximos años*

Las náuseas y el vómito afectan a millones de personas en América Latina, ya sea por infecciones gastrointestinales, quimioterapia o efectos secundarios de medicamentos. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), hasta un 30% de las consultas en servicios de urgencia de la región están relacionadas con síntomas digestivos, donde el vómito ocupa un lugar destacado. Afortunadamente, los avances farmacéuticos ofrecen opciones más efectivas y con menos efectos adversos que los tradicionales antieméticos.

Entre los fármacos más recetados destacan el ondansetrón y el metoclopramida, ambos con mecanismos distintos pero igual de útiles. El ondansetrón, bloqueador selectivo de receptores de serotonina, es la primera línea en casos de vómito inducido por quimioterapia, como lo confirman protocolos del Instituto Nacional de Cancerología de México y el INCA de Brasil. Por su parte, la metoclopramida acelera el vaciado gástrico, ideal para pacientes con gastroparesia o migrañas severas, comunes en climas tropicales. Un estudio de la Universidad de Chile reveló que su uso redujo en un 40% los reingresos hospitalarios por deshidratación en niños con gastroenteritis.

Para situaciones menos graves, los antihistamínicos como la meclizina o la dimenhidrinato siguen siendo alternativas accesibles, especialmente en zonas rurales donde el acceso a medicamentos de última generación es limitado. En países como Perú y Colombia, donde el mareo por movimiento afecta a poblaciones en regiones montañosas, estos fármacos son distribuidos incluso en puestos de salud básicos. La domperidona, aunque con restricciones en algunos países por riesgos cardíacos, sigue utilizándose bajo supervisión médica para náuseas crónicas, como las asociadas al tratamiento del Parkinson.

La elección del antiemético depende de la causa, la edad del paciente y su historial médico. Mientras el ondansetrón puede salvar vidas en oncología pediátrica —como lo demuestran programas del Hospital Garrahan en Argentina—, la metoclopramida está contraindicada en pacientes con Parkinson. Siempre se recomienda consultar a un profesional, pues la automedicación con antiácidos o remedios caseros puede enmascarar enfermedades graves, desde apendicitis hasta intoxicaciones por alimentos en mal estado, un riesgo latente en zonas con menos control sanitario.

Elegir el medicamento adecuado para el vómito puede marcar la diferencia entre un alivio rápido y horas de malestar innecesario. Desde la ondansetrón para casos de quimioterapia hasta la metoclopramida para problemas digestivos, cada opción tiene un perfil específico que optimiza su efectividad cuando se usa correctamente. Ante episodios ocasionales, la domperidona o el dimenhidrinato suelen ser suficientes, pero si los síntomas persisten más de 24 horas —especialmente en niños o adultos mayores—, la consulta médica debe ser inmediata. Con el aumento de casos de gastroenteritis estacional en la región, contar con esta información a mano no solo mejora la respuesta individual, sino que ayuda a reducir la saturación en servicios de urgencias por cuadros prevenibles.