En 2023, el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México registró más de 120 casos documentados de comunidades indígenas que aún conservan relatos activos sobre nahuales, una cifra que desafía la idea de que estas creencias pertenecen solo al pasado. Desde los mercados de Oaxaca hasta las aldeas remotas de Guatemala, el término sigue susurrándose con una mezcla de respeto y temor, demostrando que qué es un nahual sigue siendo una pregunta vigente en la cosmovisión mesoamericana.

Lo que para muchos podría parecer simple folclore, en regiones como Chiapas o el altiplano central se vive como una realidad cotidiana que influye en decisiones tan concretas como los horarios de siembra o la protección de los niños al caer la noche. Pero más allá de las leyendas, entender qué es un nahual —ese ser capaz de transformarse en animal mientras su cuerpo humano yace en trance— revela claves sobre cómo las culturas prehispánicas concebían el poder, la identidad y los límites entre lo humano y lo sagrado. Las crónicas coloniales lo describían como brujería; los estudios modernos, como un sistema de creencias que explicaba el equilibrio entre el hombre y la naturaleza. Lo cierto es que su legado persiste, incluso en el español que hablamos: la palabra «nahual» proviene del náhuatl nāhualli, y su significado original va mucho más allá de la simple metamorfosis.

El concepto de nahual en las culturas prehispánicas*

El concepto del nahual ocupa un lugar central en las cosmovisiones mesoamericanas, donde la frontera entre lo humano, lo animal y lo divino se desdibuja. Originario de las culturas náhuatl, maya y purépecha, este término designaba a individuos capaces de transformarse en animales mediante rituales o un don innato. Más que una simple metamorfosis física, el nahualismo representaba una conexión sagrada con fuerzas naturales, vinculada a deidades como Tezcatlipoca —el «espejo humeante» de los aztecas— o a espíritus protectores de comunidades enteras. Arqueólogos como Alfredo López Austin han documentado que, en el Códice Florentino, los cronistas indígenas describían a los naguales (variante ortográfica) como líderes espirituales que usaban su poder para sanar, adivinar o incluso castigar transgresiones.

Las creencias alrededor de los nahuales persistieron más allá de la Conquista, adaptándose al sincretismo religioso en regiones como Oaxaca, Chiapas y partes de Centroamérica. En comunidades zapotecas, por ejemplo, aún se relatan casos de hombres-jaguar que vigilan los cultivos durante la noche, mientras que en Guatemala algunos grupos mayas asocian a los nahuales con el wayob’, un alter ego animal que acompaña al alma desde el nacimiento. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicado en 2021, cerca del 12% de las poblaciones indígenas en el sur del país conservan narrativas orales sobre estos seres, aunque ahora mezcladas con elementos del catolicismo popular, como la idea de que un nahual puede ser un «castigo de Dios» por pecados cometidos.

Lejos de ser una leyenda uniforme, las interpretaciones del nahualismo varían según la cultura. Para los purépechas de Michoacán, el tirípeme era un nahual benevolente que guiaba a los difuntos al Curhaueri (paraíso), mientras que entre los huicholes de Jalisco y Nayarit, el poder de transformación se vinculaba al consumo ritual del peyote. Esta diversidad refleja cómo el concepto se ajustaba a necesidades sociales: desde explicar fenómenos naturales hasta justificar jerarquías de poder. Incluso hoy, en mercados como el de Sonora en la Ciudad de México, es posible encontrar amuletos contra «malos nahuales», evidencia de que su influencia trasciende lo histórico para mantenerse en lo cotidiano.

Tres rasgos que definen a un nahual según los códices antiguos*

El concepto del nahual —o nagual, como también se registra en algunos códices— emerge como una de las creencias más arraigadas y enigmáticas de Mesoamérica. Lejos de ser un simple mito, esta figura representaba un vínculo sagrado entre lo humano y lo divino, documentado en fuentes como el Códice Florentino (siglo XVI) y las crónicas de Bernardino de Sahagún. Los nahuales no eran simples brujos, sino seres capaces de transformarse en animales —generalmente jaguar, coyote o águila— mediante rituales que implicaban un dominio excepcional de las energías espirituales. Esta capacidad no se atribuía al azar: según los relatos recopilados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), solo los tlamacazqui (sacerdotes) o guerreros distinguidos podían alcanzar tal conexión tras años de disciplina.

Tres rasgos definen al nahual en las tradiciones prehispánicas. El primero es su dualidad: no se trata de una metamorfosis física, sino de un desdoblamiento del tonalli (espíritu o fuerza vital), que habitaba simultáneamente en el cuerpo humano y en su contraparte animal. El segundo es su función social. En comunidades como los purépechas de Michoacán o los quichés de Guatemala, los nahuales actuaban como protectores o castigadores, según lo exigiera el equilibrio cósmico. El tercero —y más temido— era su poder de influencia sobre fenómenos naturales, desde sequías hasta enfermedades, algo que los cronistas españoles asociaron erróneamente con la brujería europea. La antropóloga Guillermina Martínez, en su estudio «Chamanismo mesoamericano» (2018), señala que esta confusión llevó a la persecución de cientos de líderes indígenas durante la Colonia.

Aunque la llegada del cristianismo diluyó muchas de estas prácticas, vestigios de la creencia en nahuales persisten en regiones rurales. En Oaxaca, por ejemplo, aún se relatan casos de «hombres que se vuelven tecolotes» para espantar a los intrusos de sus tierras, mientras que en El Salvador, algunas comunidades lencas conservan rituales para «amansar» al nahual cuando este se manifiesta como un viento destructivo. Incluso la Organización de Estados Americanos (OEA) ha documentado cómo estas narrativas resurgen en contextos de resistencia cultural, como el movimiento zapatista en Chiapas, donde el nahual simboliza la conexión ancestral con la tierra. Lo que para los antiguos era un don sagrado, hoy se reinterpreta como patrimonio inmaterial, un recordatorio de que el sincretismo en América Latina no borró del todo las huellas de sus raíces.

Animales sagrados: la conexión espiritual detrás del nagualismo*

El concepto del nahual emerge como uno de los elementos más fascinantes y persistentes del imaginario mesoamericano. Más que una simple figura mitológica, representaba —y aún representa en algunas comunidades— una conexión sagrada entre lo humano y lo animal. Los registros más antiguos provienen de códices prehispánicos como el Florentino y el Chimalpopoca, donde se describe a los naguales (también escritos como naualles) como seres capaces de transformarse en animales para proteger a sus pueblos o ejercer justicia. Esta creencia trascendió el tiempo: según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicado en 2020, cerca del 12% de las comunidades indígenas en Oaxaca, Chiapas y Guerrero mantienen versiones adaptadas de estas tradiciones.

La figura del nahual no era uniforme. Entre los purépechas de Michoacán, se asociaba con el tirípeme, un brujo que adoptaba forma de jaguar para castigar a los transgresores de las normas comunitarias. En cambio, para los mayas de la península de Yucatán, el wayob’ —su equivalente— actuaba como guardián espiritual, vinculado al destino de cada persona desde su nacimiento. Lo que unía estas variaciones era la idea de un vínculo intrínseco entre el alma humana y un animal específico, determinado por el día de nacimiento en el calendario ritual. Esta dualidad reflejaba una cosmovisión donde lo natural y lo sobrenatural se entrelazaban sin contradicción.

Con la llegada de los españoles, el nahualismo fue perseguido y reinterpretado como herejía. Los cronistas como Bernardino de Sahagún lo describieron como «obra del demonio», pero su raíz persistió. Hoy, antropólogos como la Dra. Laura Pérez, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), señalan que estas creencias resurgen en contextos de resistencia cultural. Un ejemplo claro son las comunidades zapotecas de la Sierra Norte de Oaxaca, donde aún se evita matar ciertos animales —como el zopilote o el tecolote— por temor a dañar a un nahual. Incluso en zonas urbanas de Guatemala y El Salvador, relatan casos de personas acusadas de ser brujos naguales durante conflictos por tierras, mostrando cómo el simbolismo perdura como herramienta de coerción social.

Lejos de ser un simple mito, el nahual encapsula una filosofía de equilibrio. Representaba el poder de la transformación, pero también la responsabilidad: quien abusaba de su don era castigado por la comunidad o los dioses. Esta dualidad —protector y amenaza— explica por qué su leyenda sigue viva, adaptándose a nuevos contextos sin perder su esencia. No es casualidad que escritores como Carlos Fuentes en Aura o el guatemalteco Augusto Monterroso en La oveja negra hayan recurrido al nahual como metáfora de identidad y cambio. Su supervivencia, más que folclore, es un recordatorio de cómo las culturas mesoamericanas concibieron —y aún conciben— la conexión entre el ser humano y el mundo que lo rodea.

Rituales y ofrendas para invocar (o protegerse de) un nahual*

El nahual es una figura central en las tradiciones mesoamericanas, presente desde la época prehispánica hasta comunidades indígenas contemporáneas. Su origen se remonta a las culturas náhuatl, maya y purépecha, donde se creía que ciertos individuos —generalmente chamanes o líderes— poseían la capacidad de transformarse en animales para proteger, sanar o incluso dañar. A diferencia de las representaciones europeas del hombre lobo, el nahual no era visto como una maldición, sino como un don sagrado vinculado a deidades como Tezcatlipoca o Ixtlilton en el panteón mexica.

En regiones como Oaxaca, Chiapas y el altiplano guatemalteco, las creencias alrededor de los nahuales persisten con adaptaciones. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicado en 2022, cerca del 12% de las comunidades zapotecas y mixtecas aún realizan rituales para «domar» a un nahual cuando se sospecha que causa enfermedades en el ganado o sequías. Estos rituales incluyen ofrendas de maíz, copal y huevos pintados con símbolos específicos, colocados en cruces de caminos o cerca de manantiales. La transformación del nahual no se limita a jaguar o coyote —animales comunes en el imaginario—, sino que puede adoptar formas de aves, serpientes o incluso elementos naturales como el viento.

La dualidad del nahual refleja su papel ambivalente: protector de la comunidad si actúa con fines nobles, o amenaza si usa su poder para el mal. En El Salvador y Honduras, por ejemplo, se relatan casos de brujos nahuales que «roban la sombra» de las personas para debilitarlas, una creencia que ha llevado a linchamientos en zonas rurales durante el siglo XX. Antropólogos como la Dra. Laura Martínez, investigadora del Instituto de Estudios Indígenas de Costa Rica, señalan que estas narrativas sirven para explicar fenómenos inexplicables, desde epidemias hasta conflictos territoriales. Hoy, aunque la Iglesia católica y las campañas educativas han reducido su influencia, el nahual sigue siendo un símbolo de resistencia cultural y conexión con lo sagrado.

El nahual en la actualidad: sincretismo y supervivencia cultural*

El concepto del nahual emerge de las raíces más profundas de Mesoamérica, donde culturas como la mexica, la maya y la purépecha entrelazaron lo humano con lo divino. La palabra proviene del náhuatl nāhualli, que designaba a un sabio o hechicero capaz de transformarse en animal mediante rituales y un vínculo espiritual. Esta creencia no se limitaba a un solo pueblo: en Guatemala, los quichés lo llamaban ajk’men; en Oaxaca, los zapotecas hablaban de los tonas; y en el centro de México, los nahuas lo asociaban con el tonal, un espíritu protector vinculado al día de nacimiento.

La figura del nahual trascendió el tiempo gracias al sincretismo religioso que siguió a la conquista. Mientras los evangelizadores europeos condenaban estas prácticas como brujería, las comunidades indígenas las adaptaron al catolicismo popular. Hoy, en pueblos de Chiapas o Veracruz, aún se habla de «hombres que se vuelven jaguar» para proteger cosechas o castigar injusticias, aunque ahora bajo nombres como brujos o curanderos. Según un estudio de la UNAM (2021), el 12% de las comunidades rurales en México y Centroamérica conserva alguna versión de esta creencia, especialmente en zonas donde persisten lenguas indígenas como el tzeltal o el mam.

El nahual no era un simple hechicero, sino un puente entre lo terrenal y lo sagrado. Su poder dependía de un pacto con deidades como Tezcatlipoca —señor de la noche— o Ixchel —diosa maya de la luna—, quienes le otorgaban la capacidad de sanar, adivinar o incluso causar daño. En El Salvador, por ejemplo, algunas leyendas cuentan que los nahuales aparecían como búhos para avisar sobre sequías, mientras que en Honduras se les atribuía la protección de los milpas contra plagas. Esta dualidad —entre el bien y el mal— refleja cómo las sociedades mesoamericanas entendían el equilibrio cósmico.

Lejos de ser un mito olvidado, el nahual resurge en expresiones contemporáneas. Festivales como el Día de los Nahuales en Puebla o las danzas de Los Viejos en Nicaragua mantienen viva la memoria, aunque adaptada a nuevos contextos. Incluso el cine latinoamericano, con películas como La región salvaje (2016) de Amat Escalante, explora esta figura como metáfora de la identidad y la resistencia cultural. Lo que comenzó como una creencia prehispánica hoy es un símbolo de cómo el pasado sigue moldeando el presente.

Por qué el estudio de los nahuales desafía la historia oficial*

El concepto del nahual —o nagual, como también se escribe— trasciende la simple idea de un ser mitológico para adentrarse en el corazón de las cosmovisiones mesoamericanas. Más que una criatura, era una figura sagrada vinculada a la dualidad entre lo humano y lo espiritual. Los cronistas españoles del siglo XVI, como Bernardino de Sahagún, describieron a los nahuales como chamanes capaces de transformarse en animales para proteger a sus comunidades o comunicarse con los dioses. Sin embargo, su interpretación como «brujos malignos» respondía más al miedo colonial que a la realidad prehispánica.

En culturas como la mexica, la maya o la purépecha, el nahual representaba un puente entre el mundo terrenal y el sobrenatural. Según la Dra. María González, especialista en antropología de la UNAM, «el tonal —energía vital— de una persona podía manifestarse en un animal, y los nahuales eran quienes dominaban esa conexión». Esta creencia explicaba fenómenos como las enfermedades, los sueños o los cambios climáticos. En Guatemala, por ejemplo, aún persisten relatos de ajk’men (guías espirituales) que heredan conocimientos ancestrales vinculados a esta tradición.

La persecución de los nahuales durante la Colonia dejó huellas profundas. Documentos del Archivo General de Indias revelan juicios por «idolatría» en los que indígenas eran acusados de transformarse en jaguar o coyote para dañar a los españoles. Pero lejos de desaparecer, estas creencias se sincretizaron. En pueblos de Oaxaca o Chiapas, el nahual se asocia hoy con curanderos que usan hierbas y rituales para sanar, mientras que en El Salvador, algunas comunidades lencas los vinculan a la protección de los cerros sagrados. Su legado, entonces, no es un mito muerto, sino una resistencia cultural que desafía la historia escrita por los vencedores.

El nahual no es solo una figura mitológica, sino un puente entre lo humano y lo sagrado que revela la cosmovisión profunda de Mesoamérica. Su persistencia en comunidades indígenas —desde los zapotecas hasta los mayas— demuestra que estas creencias siguen vivas, adaptándose a nuevos contextos sin perder su esencia espiritual. Para quienes buscan comprender esta tradición más allá del folclore, la clave está en acercarse a las fuentes originales: códices como el Florentino o testimonios de cronistas como Sahagún, y sobre todo, escuchar a los portadores actuales de la oralidad en pueblos de Oaxaca, Veracruz o Chiapas. Mientras el sincretismo religioso avanza en la región, el nahual sigue siendo un recordatorio de que la identidad mesoamericana no se archiva en museos, sino que late en rituales, sueños y la memoria colectiva de quienes aún ven el mundo a través de sus símbolos.