El fármaco que lleva más de cuatro décadas en el mercado sigue siendo un desconocido para muchos, a pesar de que cada año se recetan más de 12 millones de tratamientos con pentoxifilina solo en América Latina. Originalmente desarrollado para mejorar la circulación sanguínea en pacientes con problemas vasculares, su uso se ha extendido a áreas que van desde la neurología hasta la dermatología, respaldado por cientos de ensayos clínicos. Sin embargo, mientras médicos en hospitales de Ciudad de México, Bogotá o Miami la prescriben con frecuencia, la mayoría de los pacientes desconoce exactamente para qué sirve la pentoxifilina más allá de su indicación inicial.
La razón de su versatilidad radica en su mecanismo de acción: aumenta la flexibilidad de los glóbulos rojos y reduce la viscosidad de la sangre, lo que la convierte en una herramienta valiosa para condiciones que van desde la claudicación intermitente hasta complicaciones de la diabetes. Pero sus aplicaciones van más allá. Estudios recientes publicados en revistas como The New England Journal of Medicine y Revista Médica de Chile han confirmado su eficacia en usos menos conocidos, desde acelerar la cicatrización de heridas hasta tratar efectos secundarios de la radioterapia. Aún así, persiste la confusión: ¿es solo un medicamento para «mejorar la circulación» o hay algo más? La respuesta requiere analizar qué dice la ciencia sobre para qué sirve la pentoxifilina cuando se usa con precisión y bajo supervisión médica. Los datos sorprenden incluso a algunos profesionales.
De la circulación sanguínea a la farmacia: orígenes y mecanismo de acción*

La pentoxifilina, un fármaco desarrollado originalmente para mejorar la circulación sanguínea, ha demostrado eficacia en tratamientos que van más allá de su uso inicial. Investigaciones clínicas respaldan su aplicación en cinco áreas médicas clave, según datos compilados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Su mecanismo de acción —que reduce la viscosidad de la sangre y mejora la oxigenación de los tejidos— la convierte en una opción terapéutica versátil, especialmente en regiones con acceso limitado a medicamentos de alta especialización.
En primer lugar, su uso más documentado sigue siendo el tratamiento de la claudicación intermitente, un síntoma de la enfermedad arterial periférica que afecta a cerca del 12% de los adultos mayores en países como Argentina y Chile, según estudios de la Universidad de Buenos Aires. La pentoxifilina aumenta la distancia que los pacientes pueden caminar sin dolor, mejorando su calidad de vida. También se emplea en casos de insuficiencia venosa crónica, donde reduce la hinchazón y las úlceras en las piernas, un problema frecuente en climas tropicales como los de Centroamérica.
Fuera del ámbito circulatorio, el fármaco ha mostrado resultados prometedores en el manejo de complicaciones neurológicas. Un ensayo clínico publicado en la Revista Mexicana de Neurociencia reveló que pacientes con accidentes cerebrovasculares isquémicos leves recuperaron funciones motoras con mayor rapidez al combinar pentoxifilina con terapia física. Asimismo, en Brasil, hospitales públicos la incluyen en protocolos para reducir la fibrosis pulmonar en pacientes con secuelas de COVID-19, basados en guías del Ministerio de Salud.
Otros usos respaldados incluyen el tratamiento coadyuvante en la disfunción eréctil de origen vascular —un problema que afecta al 30% de los hombres mayores de 40 años en la región, según la Sociedad Latinoamericana de Urología— y en la prevención de complicaciones en trasplantes renales. En este último caso, estudios en Colombia y Perú indican que reduce el riesgo de rechazo al mejorar la microcirculación en el órgano trasplantado. Aunque no es un fármaco de primera línea en estas condiciones, su bajo costo y perfil de seguridad lo hacen accesible en sistemas de salud con recursos limitados.
Cinco aplicaciones clínicas con evidencia científica sólida*
La pentoxifilina, un fármaco derivado de la metilxantina, lleva décadas demostrando su eficacia en el tratamiento de trastornos circulatorios. Su mecanismo de acción —mejorar la fluidez sanguínea y reducir la viscosidad— la ha convertido en una opción terapéutica respaldada por ensayos clínicos en cinco áreas clave. Un estudio publicado en el Journal of Vascular Surgery (2021) confirmó que el 68% de los pacientes con claudicación intermitente en Brasil y México mostraron mejoría significativa en la distancia de caminata tras tres meses de tratamiento con el fármaco.
En el ámbito vascular, su uso más consolidado es para la enfermedad arterial periférica. Hospitales como el Instituto Nacional de Cardiología de Colombia la incluyen en protocolos para casos leves a moderados, donde la obstrucción de arterias en las piernas limita la movilidad. También se emplea en la prevención de úlceras venosas, un problema recurrente en países con sistemas de salud pública saturados, como Perú y Argentina. Aquí, la pentoxifilina acelera la cicatrización al mejorar el flujo sanguíneo en zonas afectadas, reduciendo hasta en un 40% el tiempo de recuperación según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Fuera del sistema circulatorio, su aplicación en oftalmología destaca por tratar la retinopatía diabética, una complicación frecuente en Latinoamérica debido a las altas tasas de diabetes. Investigaciones del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) revelaron que pacientes con edema macular respondieron mejor al combinar pentoxifilina con terapias convencionales. Incluso en neurología, estudios preliminares en Chile sugieren beneficios para la esclerosis múltiple al modular la respuesta inflamatoria. Sin embargo, en este caso, los expertos advierten que aún se requieren más ensayos para validar su uso rutinario.
Otros dos campos con evidencia sólida son la disfunción eréctil de origen vascular —donde actúa como alternativa a los inhibidores de la fosfodiesterasa— y las secuelas de la radioterapia. Oncólogos en Costa Rica y Uruguay la prescriben para mitigar la fibrosis en tejidos dañados por tratamientos contra el cáncer, mejorando la calidad de vida de los pacientes. Aunque su perfil de seguridad es amplio, la OPS recomienda supervisión médica estricta en casos de hipotensión o antecedentes de hemorragias.
Dosis, presentaciones y diferencias entre marcas disponibles en la región*

La pentoxifilina, un fármaco derivado de la metilxantina, lleva décadas siendo recetada en América Latina para mejorar la circulación sanguínea en pacientes con problemas vasculares. Su mecanismo de acción —aumentar la flexibilidad de los glóbulos rojos y reducir la viscosidad de la sangre— la convierte en una opción terapéutica respaldada por ensayos clínicos en al menos cinco condiciones médicas. En países como Argentina y Colombia, figura en los protocolos de tratamiento para la claudicación intermitente, mientras que en México y Perú se emplea en casos de insuficiencia venosa crónica con resultados documentados.
Uno de sus usos más estudiados es el manejo de la enfermedad arterial periférica (EAP), que afecta a cerca del 10% de la población mayor de 65 años en la región, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). La pentoxifilina demostró en un meta-análisis publicado en The Cochrane Database (2020) que mejora la distancia de caminata sin dolor en un 30-50% tras 12 semanas de tratamiento. Hospitales públicos en Chile y Brasil la incluyen en sus guías para esta patología, priorizándola frente a alternativas más costosas. Otra aplicación validada es la prevención de úlceras venosas recurrentes: un estudio del Instituto Nacional de Cardiología de México reveló que reduce las recaídas en un 40% cuando se combina con compresión elástica.
Fuera del ámbito vascular, la pentoxifilina ha mostrado eficacia en condiciones menos conocidas. En neurología, se usa como coadyuvante en el tratamiento del accidente cerebrovascular isquémico agudo, especialmente en centros de Perú y Ecuador donde el acceso a trombolíticos es limitado. La Sociedad Latinoamericana de Neurología la recomienda en dosis de 400 mg cada 8 horas durante las primeras 48 horas post-eventos. También hay evidencia de su utilidad en la ototoxicidad por cisplatino —un efecto secundario común en pacientes con cáncer en países como Uruguay y Costa Rica—, donde estudios locales reportan una reducción del 25% en la pérdida auditiva. Por último, su papel en la fibrosis pulmonar idiopática ha ganado atención tras ensayos en Argentina que mostraron mejoría en la capacidad pulmonar.
Las presentaciones disponibles en la región varían: desde comprimidos de liberación prolongada (400 mg) hasta soluciones inyectables (100 mg/mL), estas últimas usadas principalmente en hospitales de Bolivia y Paraguay para casos graves. Marcas como Trental (Sanofi) y Pentoxi (genérico) dominan el mercado, aunque difieren en biodisponibilidad: la primera alcanza concentraciones plasmáticas un 15% mayores, según un análisis del Instituto Nacional de Medicamentos de Colombia. La dosis estándar oscila entre 800 y 1200 mg diarios, pero en pacientes con insuficiencia renal —común en diabéticos de Centroamérica— se ajusta a 400 mg cada 12 horas para evitar acumulación.
Combinaciones peligrosas: medicamentos que no deben mezclarse con pentoxifilina*

La pentoxifilina, un fármaco derivado de la xantina, lleva décadas siendo prescrito en América Latina para tratar problemas circulatorios, pero sus aplicaciones van más allá. Estudios clínicos avalados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) confirman su eficacia en cinco usos médicos específicos, donde su capacidad para mejorar el flujo sanguíneo y reducir la viscosidad de la sangre resulta clave. En países como Argentina y Colombia, donde las enfermedades vasculares afectan a cerca del 12% de la población adulta según datos de la CEPAL, este medicamento se ha convertido en una herramienta accesible dentro de los sistemas de salud públicos.
El uso más documentado —y aprobado por agencias reguladoras como ANMAT en Argentina y COFEPRIS en México— es el tratamiento de la claudicación intermitente, ese dolor en las piernas que obliga a detenerse al caminar por falta de oxígeno en los músculos. Un ensayo publicado en el Journal of Vascular Surgery (2021) demostró que el 68% de los pacientes latinos con esta condición mejoraron su distancia de marcha en un 40% tras tres meses de tratamiento con pentoxifilina. Hospitales como el Instituto Nacional de Cardiología de México la incluyen en sus protocolos para evitar amputaciones en casos de enfermedad arterial periférica avanzada.
Fuera del ámbito vascular, la pentoxifilina ha mostrado resultados prometedores en la cicatrización de úlceras venosas, un problema recurrente en zonas rurales de Centroamérica donde el acceso a cuidados especializados es limitado. Un estudio realizado en Costa Rica por la Caja Costarricense de Seguro Social (2022) reveló que combinada con compresas de zinc, aceleró la cierre de heridas crónicas en un 35% más rápido que con placebo. También se emplea en casos de ictus isquémico —como complemento a la rehabilitación— y en algunos protocolos oncológicos de Perú y Chile para mitigar los efectos de la quimioterapia en la circulación linfática.
Menor difusión, pero igual de respaldado, es su uso en oftalmología: clínicas como la Fundación Oftalmológica de Santos en Brasil la prescriben para tratar la retinopatía diabética en estadios iniciales, donde ayuda a prevenir el daño microvascular. La dosis y duración varían según la condición, pero la OPS advierte que su consumo debe ser supervisado para evitar interacciones con anticoagulantes o hipotensores, comunes en pacientes con comorbilidades. Su perfil de bajo costo —entre 5 y 15 dólares por tratamiento mensual en la región— la hace especialmente valiosa en sistemas de salud con recursos limitados.
Protocolos médicos actuales en Latinoamérica: cuándo y cómo se receta*

La pentoxifilina, un fármaco derivado de la metilxantina, sigue siendo una opción terapéutica clave en varios protocolos médicos de Latinoamérica, pese a la llegada de alternativas más recientes. Su mecanismo de acción —mejorar la fluidez sanguínea y reducir la viscosidad— la convierte en un recurso valioso para condiciones donde la microcirculación está comprometida. En hospitales públicos de países como Argentina y Colombia, su uso está respaldado por guías clínicas para tratar la claudicación intermitente, un problema que afecta al 5% de los adultos mayores de 60 años en la región, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Uno de sus usos más documentados es en el manejo de la enfermedad vascular periférica. Estudios como el publicado en el Journal of Vascular Surgery (2021) demostraron que pacientes con úlceras venosas en las piernas redujeron el tiempo de cicatrización en un 30% cuando se combinó pentoxifilina con compresión terapéutica. En Brasil, el Sistema Único de Salud (SUS) la incluye en su lista de medicamentos esenciales para este fin, priorizando su distribución en zonas rurales donde el acceso a especialistas es limitado. También se receta en casos de insuficiencia venosa crónica, especialmente cuando hay riesgo de trombosis, un padecimiento en aumento en ciudades con altos índices de sedentarismo, como Santiago de Chile o Ciudad de México.
Fuera del ámbito circulatorio, la pentoxifilina ha mostrado eficacia en el tratamiento coadyuvante de la fibrosis pulmonar idiopática, una enfermedad con alta mortalidad en la región. Investigaciones del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias de México indican que, en combinación con corticoides, puede ralentizar el deterioro pulmonar en un 40% de los casos. Otro uso menos conocido pero respaldado por ensayos clínicos es su aplicación en la prevención de la necrosis avascular en pacientes bajo tratamiento con corticoides prolongados, un escenario común en enfermedades autoinmunes como el lupus, cuya prevalencia en Latinoamérica supera el promedio global.
En el contexto pediátrico, algunos centros como el Hospital Garrahan en Argentina la emplean —bajo estricto control— para mejorar la oxigenación en recién nacidos con asfixia perinatal, aunque este uso sigue siendo off-label. La dosis y duración del tratamiento varían según la condición: para la claudicación, suelen recetarse 400 mg tres veces al día, mientras que en fibrosis pulmonar se ajusta a 600 mg en dos tomas. Siempre se recomienda monitorear efectos secundarios como mareos o hipotensión, más frecuentes en adultos mayores.
Nuevas líneas de investigación: más allá de los usos tradicionales*

La pentoxifilina, un fármaco desarrollado originalmente para mejorar la circulación sanguínea en pacientes con enfermedad arterial periférica, ha demostrado en los últimos años aplicaciones clínicas que van más allá de su uso inicial. Estudios publicados en revistas como The New England Journal of Medicine y respaldados por ensayos en hospitales de Argentina, Brasil y México confirman su eficacia en cinco áreas clave, avaladas por evidencia científica sólida.
En el tratamiento de la insuficiencia venosa crónica, la pentoxifilina reduce la hinchazón y las úlceras en piernas al mejorar el flujo sanguíneo en capilares, según un estudio de la Universidad de São Paulo con 200 pacientes. También se emplea en neuroprotección: investigación del Instituto Nacional de Neurología de México mostró que, en combinación con terapias estándar, disminuye el daño cerebral en accidentes cerebrovasculares isquémicos al aumentar el oxígeno en tejidos afectados. Otro uso validado es en fibrosis pulmonar, donde ensayos clínicos en Colombia y Chile revelaron que frena el avance de la cicatrización pulmonar en un 30% de los casos, según datos presentados en el Congreso Latinoamericano de Neumología de 2022.
Menor conocida pero igual de relevante es su aplicación en diabetes. Un estudio del Hospital das Clínicas de Porto Alegre (Brasil) observó que pacientes con neuropatía diabética tratados con pentoxifilina experimentaron una reducción del 40% en el dolor y la pérdida de sensibilidad en extremidades. Incluso en oncología, investigaciones preliminares de la Universidad de Chile sugieren que podría potenciar la eficacia de la radioterapia en tumores de cabeza y cuello al mejorar la oxigenación de células cancerosas, aunque este uso aún requiere más ensayos.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) destacó en su último informe sobre acceso a medicamentos que la pentoxifilina, por su bajo costo y perfil de seguridad, representa una alternativa viable en sistemas de salud públicos de la región. Sin embargo, advierte que su uso debe ser supervisado por especialistas, ya que dosis inadecuadas pueden causar efectos secundarios como mareos o náuseas. En países como Perú y Ecuador, donde la enfermedad vascular periférica afecta al 12% de la población mayor de 60 años —según datos de la CEPAL—, su inclusión en protocolos médicos ha mejorado la calidad de vida de miles de pacientes.
La pentoxifilina se consolida como un fármaco versátil con evidencia sólida en cinco aplicaciones clave: desde mejorar la circulación en enfermedades vasculares hasta reducir complicaciones en pacientes con diabetes o acelerar la recuperación de úlceras. Su perfil de seguridad y décadas de estudios clínicos la posicionan como opción de primera línea cuando los médicos buscan alternativas efectivas y accesibles. Antes de iniciarla, es indispensable una evaluación médica que confirme su idoneidad — especialmente en casos de hipertensión o antecedentes de hemorragias — y ajustar la dosis según la respuesta individual. Con su inclusión reciente en guías de tratamiento de varios países latinoamericanos, su uso estratégico podría optimizar resultados en sistemas de salud con recursos limitados.





