Más de 1.280 millones de adultos en el mundo conviven con hipertensión, según datos de la Organización Mundial de la Salud, pero lo alarmante no es solo la cifra: es que casi la mitad desconoce que padece esta condición. En América Latina y el Caribe, donde las enfermedades cardiovasculares representan el 30% de las muertes anuales, el control de la presión arterial sigue siendo un tema crítico —y a menudo ignorado—. Mientras los consultorios registran casos avanzados, en hogares y oficinas persiste una pregunta básica que muchos no saben responder con precisión: ¿cuál es la presión normal? y, más aún, cómo varía según la edad.
La confusión no es casual. Entre mitos heredados («la presión alta es cosa de viejos»), mediciones caseras con equipos poco confiables y la falta de chequeos regulares, determinar cuál es la presión normal se convierte en un ejercicio de adivinación para muchos. Sin embargo, los estándares de la OMS son claros y actualizados, con rangos específicos que marcan la diferencia entre un corazón sano y uno en riesgo. Lo que pocos saben es que esos números ideales no son estáticos: cambian desde la adolescencia hasta la tercera edad, y desconocerlos puede tener consecuencias silenciosas pero devastadoras.
Qué significa tener la presión arterial en niveles saludables*
Mantener la presión arterial en niveles saludables reduce hasta un 40% el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Pero esos valores «normales» no son iguales para un adulto joven que para una persona mayor de 60 años. La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece rangos específicos por grupos etarios, aunque con matices que varían según el historial médico y el estilo de vida.
Para adultos entre 18 y 39 años, la presión ideal oscila entre 90/60 mmHg y 120/80 mmHg. En esta etapa, el cuerpo suele regular mejor los picos ocasionales de estrés o actividad física intensa, como los que enfrentan jóvenes en ciudades con alto tráfico como Bogotá o Ciudad de México. Sin embargo, valores que superen constantemente los 130/85 mmHg ya se consideran un signo de alerta temprana. La Dra. Elena Rojas, cardióloga del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, advierte que «en esta franja de edad, la hipertensión suele ser asintomática, por lo que controles anuales son clave, especialmente si hay antecedentes familiares».
A partir de los 40 años, el rango óptimo se ajusta a 120/80 mmHg como máximo, pero con mayor tolerancia a lecturas como 130/85 mmHg en personas sin otros factores de riesgo. Aquí entran en juego hábitos regionales: el consumo excesivo de sal en países como Argentina (donde el promedio diario supera en un 60% lo recomendado por la OMS) o el sedentarismo en zonas urbanas de Perú y Ecuador aceleran el deterioro vascular. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2023 reveló que el 35% de los adultos mayores de 45 años en América Latina desconocía sus niveles de presión arterial.
Para quienes superan los 60 años, la OMS acepta lecturas de hasta 140/90 mmHg como normales, siempre que no existan complicaciones como diabetes o enfermedad renal. No obstante, esto no implica que valores más bajos —como 120/80 mmHg— sean menos deseables. En Cuba, donde la esperanza de vida supera los 78 años, programas comunitarios como «Médico de la Familia» han logrado reducir la hipertensión no controlada en un 20% mediante monitoreo domiciliario. La clave, según los expertos, no está solo en los números, sino en su estabilidad a lo largo del día.
Rangos de presión normal por edad según estándares de la OMS*
La presión arterial varía con la edad, el género y hasta el origen étnico, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) establece rangos de referencia para identificar valores saludables. En adultos mayores de 18 años, la presión ideal sigue siendo 120/80 mmHg, aunque pequeños ajustes se consideran normales según la etapa de la vida. Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en 2023 reveló que el 32% de los latinoamericanos entre 30 y 50 años desconoce sus niveles reales, lo que aumenta riesgos de hipertensión no controlada.
Para jóvenes entre 18 y 39 años, la OMS marca como óptimo un rango de 110-120 mmHg (sistólica) y 70-80 mmHg (diastólica). En esta etapa, factores como el estrés laboral —común en ciudades como Santiago de Chile o Ciudad de México— o el sedentarismo pueden elevar temporalmente las cifras. Entre 40 y 59 años, el límite superior aceptable sube a 130/85 mmHg, siempre que no haya síntomas asociados. Aquí, el envejecimiento natural de las arterias justifica un ligero incremento, pero valores por encima de 140/90 mmHg ya requieren monitoreo médico.
Los adultos mayores de 60 años enfrentan mayor variabilidad: la OMS tolera hasta 150/90 mmHg en personas sin otras afecciones, aunque lo ideal sigue siendo mantenerse cerca de 130/80 mmHg. Según la Dra. Ana López, cardióloga del Hospital das Clínicas de São Paulo, «en esta edad, la rigidez arterial es inevitable, pero una presión sistólica persistente sobre 160 mmHg duplica el riesgo de accidentes cerebrovasculares». En países como Argentina o Colombia, donde la esperanza de vida supera los 75 años, este grupo debe medirse al menos dos veces al año.
Para niños y adolescentes, los valores son inferiores: un niño de 6 a 12 años debe estar entre 100-120/60-75 mmHg, mientras que en la adolescencia (13-17 años) se acerca al estándar adulto. La obesidad infantil —que afecta al 7.5% de los menores en Latinoamérica, según CEPAL— puede alterar estos rangos. Un ejemplo claro es Perú, donde programas escolares de salud han reducido un 15% los casos de presión alta en adolescentes tras implementar controles anuales obligatorios.
Tres hábitos cotidianos que alteran tus cifras sin que lo notes*
La presión arterial normal es un indicador clave de salud cardiovascular, pero sus valores ideales varían según la edad. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en adultos mayores de 18 años, la presión óptima debe mantenerse en 120/80 mmHg. Sin embargo, a partir de los 60 años, los parámetros se flexibilizan ligeramente, considerando aceptable hasta 140/90 mmHg, siempre que no existan otros factores de riesgo.
En América Latina, donde la hipertensión afecta a casi el 30% de la población adulta según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), estos valores cobran especial relevancia. Por ejemplo, en países como Argentina y Chile, donde el consumo de sal supera el límite recomendado (5 gramos diarios), los casos de presión elevada en adultos jóvenes han aumentado un 15% en la última década. La OMS advierte que, incluso en personas de 30 a 40 años, mantener cifras por encima de 130/85 mmHg de forma constante puede triplicar el riesgo de desarrollar enfermedades cardíacas antes de los 50.
Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) reveló que el estrés laboral crónico —común en ciudades como Ciudad de México, Bogotá o São Paulo— eleva la presión sistólica (el primer número) entre 10 y 15 mmHg en trabajadores de 45 a 55 años. La Dra. Ana López, cardióloga del Hospital Italiano de Buenos Aires, explica: «Muchos pacientes normalizan síntomas como dolores de cabeza matutinos o mareos, sin asociarlos a una presión arterial en 135/90 mmHg, cuando ya es un signo de alerta». La especialista recomienda monitorear las cifras al menos una vez al año desde los 20 años, especialmente si hay antecedentes familiares.
Para mantener los valores en rangos saludables, la OPS sugiere reducir el sodio en comidas procesadas (como embutidos o sopas instantáneas), incorporar 30 minutos diarios de actividad física —incluso caminar— y limitar el alcohol a una copa al día. En regiones como Centroamérica, donde el acceso a medicamentos es limitado, estas medidas preventivas pueden reducir hasta un 40% los casos de hipertensión no controlada.
Métodos precisos para medirla en casa sin errores frecuentes*
La presión arterial normal varía según la edad, pero los valores de referencia establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) siguen siendo la guía más confiable. Para adultos mayores de 18 años, la cifra ideal se sitúa en 120/80 mmHg, aunque se considera normal hasta 129/84 mmHg. En personas de 60 años o más, los parámetros se ajustan ligeramente, aceptándose hasta 140/90 mmHg como límite superior saludable, según datos de la Sociedad Interamericana de Cardiología.
En niños y adolescentes, los valores cambian. Por ejemplo, un niño de 6 años puede tener una presión normal de 105/70 mmHg, mientras que un adolescente de 15 años se acerca a los estándares adultos: 117/77 mmHg. Estos rangos, respaldados por estudios de la Universidad de Chile y el Instituto Nacional de Cardiología de México, reflejan cómo el sistema circulatorio se adapta con el crecimiento. La clave está en la medición precisa, ya que factores como el estrés o el ejercicio pueden alterar temporalmente las cifras.
Un error común en Latinoamérica es ignorar las variaciones por hora. Según la Dra. Ana López, cardióloga del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, «la presión suele ser más baja al despertar y aumenta hacia el mediodía». Por eso, recomienda medirla siempre a la misma hora, preferiblemente por la mañana, antes del desayuno y tras cinco minutos de reposo. En países como Colombia o Perú, donde el consumo de sal es alto, estos hábitos cobran mayor relevancia para evitar lecturas falsamente elevadas.
Para quienes superan los 65 años, la OMS advierte sobre la hipertensión sistólica aislada, donde solo la cifra superior (sistólica) se eleva. En estos casos, mantenerla por debajo de 150 mmHg reduce riesgos de accidentes cerebrovasculares, una de las principales causas de mortalidad en la región, de acuerdo con informes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La prevención, más que los números puntuales, define la salud cardiovascular a largo plazo.
Alimentos y rutinas que ayudan a mantenerla estable a largo plazo*
La presión arterial normal en adultos se sitúa en valores inferiores a 120/80 mmHg, según los estándares establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sin embargo, estos números varían según la edad, el género y condiciones individuales como el peso o la genética. En personas mayores de 60 años, por ejemplo, la OMS considera aceptables cifras de hasta 150/90 mmHg, siempre que no existan otros factores de riesgo cardiovascular. Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en 2023 reveló que el 30% de los adultos en América Latina desconocen sus niveles de presión, lo que aumenta el riesgo de hipertensión no controlada.
En niños y adolescentes, los valores ideales son más bajos y dependen de la estatura y el percentil de crecimiento. La Sociedad Latinoamericana de Hipertensión recomienda que, en menores de 18 años, la presión sistólica (el primer número) no supere el percentil 90 para su edad y altura. Por ejemplo, un niño de 10 años con una estatura promedio debería mantenerse cerca de 110/70 mmHg. En países como Argentina y Colombia, programas escolares de salud han incorporado mediciones periódicas para detectar casos tempranos, una estrategia respaldada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para reducir la carga de enfermedades crónicas en la región.
Para mantener niveles estables, la OMS enfatiza cambios en el estilo de vida antes que medicamentos en casos leves. Reducir el consumo de sal a menos de 5 gramos diarios —equivalente a una cucharadita—, aumentar la ingesta de potasio con alimentos como plátanos o espinacas, y realizar 150 minutos semanales de actividad física moderada (como caminar a paso rápido) son medidas clave. En ciudades como Santiago de Chile o Ciudad de México, donde el sedentarismo y las dietas altas en sodio son comunes, estas recomendaciones adquieren especial relevancia. La hipertensión, conocida como «el asesino silencioso», rara vez presenta síntomas en sus etapas iniciales, por lo que los chequeos anuales resultan esenciales.
Tecnologías emergentes que podrían revolucionar su monitoreo en la región*
La presión arterial se ha convertido en un indicador clave de salud en América Latina, donde las enfermedades cardiovasculares representan casi el 30% de las muertes anuales, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Los valores ideales varían con la edad, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que una lectura óptima en adultos debe mantenerse por debajo de 120/80 mmHg. En personas mayores de 60 años, sin embargo, se considera aceptable hasta 130/85 mmHg, siempre que no existan condiciones como diabetes o enfermedad renal.
En la región, estudios como el realizado por la Universidad de São Paulo en 2023 revelaron que el 42% de los adultos entre 35 y 55 años en Brasil, México y Argentina presentaban hipertensión no controlada, en muchos casos por desconocimiento de los rangos normales. Para niños y adolescentes, los valores saludables fluctúan según percentiles de altura y edad, pero generalmente se ubican en 110/70 mmHg para menores de 10 años. La Dra. Elena Rojas, cardióloga del Hospital Italiano de Buenos Aires, advierte que «en zonas urbanas con alto estrés, como Ciudad de México o Bogotá, se observan casos de presión elevada incluso en jóvenes de 20 a 30 años, vinculados a dietas altas en sodio y sedentarismo».
Monitorear estos niveles adquiere especial relevancia en contextos como el de Chile, donde el Ministerio de Salud reportó un aumento del 15% en consultas por hipertensión postpandemia, o en Perú, donde programas comunitarios como «Corazón Sano» han logrado reducir un 8% los casos graves mediante controles periódicos. La OMS recomienda medir la presión al menos una vez al año para adultos sin factores de riesgo, y cada seis meses para quienes superen los 40 años o tengan antecedentes familiares. En todos los casos, valores superiores a 140/90 mmHg requieren atención médica inmediata.
Los valores ideales de presión arterial —120/80 mmHg para adultos— no son una meta abstracta, sino un indicador concreto de salud cardiovascular que varía ligeramente con la edad según los estándares de la OMS. Superar los 140/90 mmHg en mayores de 60 años o los 130/85 mmHg en adultos jóvenes ya exige atención médica inmediata, sin esperar síntomas. La prevención no demanda cambios radicales: reducir el sodio en comidas procesadas, caminar 30 minutos al día y monitorear la presión cada seis meses marcan la diferencia. Con el 30% de los latinoamericanos afectados por hipertensión, adoptar estos hábitos hoy puede evitar que la región repita el crecimiento acelerado de enfermedades crónicas que ya saturan los sistemas de salud.





