El consumo de sopas tradicionales en Latinoamérica creció un 22% en el último año, según datos de la Asociación Iberoamericana de Gastronomía, con la sopa de tortilla liderando las preferencias en México, Centroamérica y comunidades hispanas en Estados Unidos. Lo que comenzó como un plato humilde de aprovechamiento —usando tortillas del día anterior— se ha convertido en un símbolo de la cocina de confort que cruza fronteras, adaptándose a ingredientes locales sin perder su esencia.

En hogares desde Los Ángeles hasta Ciudad de Guatemala, este caldo aromático con trozos de tortilla frita, chile y aguacate no solo resuelve comidas rápidas, sino que evoca memorias de abuelas remojando tortillas en caldo de tomate. La versión clásica sigue siendo la reina, pero las nuevas generaciones experimentan con toques modernos: desde añadir elote asado hasta sustituir el pollo por champiñones. Aquí se desglosa cómo preparar la receta auténtica —con el secreto del frito perfecto— y cinco variantes que demuestran por qué la sopa de tortilla nunca pasa de moda.

El origen prehispánico de la sopa de tortilla y su evolución*

La sopa de tortilla, ese plato reconfortante que combina el crujiente del maíz con el sabor intenso del chile y el tomate, tiene raíces que se hunden en el México prehispánico. Los aztecas ya preparaban una versión primitiva con tortillas duras —llamadas tlaxcalli— que remojaban en caldos de chiles y semillas. Con la llegada de los españoles, el plato evolucionó: se incorporaron el ajo, la cebolla y el pollo, mientras que el queso y la crema llegaron después como toque final. Hoy, aunque México sigue siendo su cuna, el plato trasciende fronteras: en Guatemala se le añade loroco, en Costa Rica lleva cilantro fresco en abundancia, y en restaurantes de Lima o Bogotá no es raro encontrarla con un toque de ají amarillo o aguacate.

La receta tradicional exige precisión en los ingredientes. Se comienza con un caldo de pollo casero, al que se agrega una base de jitomate, chile pasilla y ajo asados, todo licuado hasta obtener una mezcla sedosa. Las tortillas de maíz —nunca de harina— se cortan en tiras finas y se fríen hasta dorarse. El secreto está en incorporarlas al caldo justo antes de servir, para que mantengan su textura. Según un estudio de la Universidad Autónoma de Chapingo sobre gastronomía mesoamericana, el 87% de las recetas originales incluían epazote, hierba que realza los sabores pero que hoy muchos omiten por su sabor intenso. Para servir, se corona con queso fresco desmenuzado, crema ácida, aguacate en cubos y, opcionalmente, chile de árbol tostado para dar un contraste picante.

Quienes buscan reinventar el plato pueden explorar cinco variaciones con identidad latinoamericana. En Oaxaca, se prepara con tasajo (carne seca) y un toque de chocolate de mesa, reminiscencia de los moles prehispánicos. La versión vegetariana, popular en ciudades como Santiago de Chile o Medellín, sustituye el pollo por hongos portobello y el caldo por uno de verduras con combu. Para los amantes del mar, en las costas de Sinaloa y Ecuador se añaden camarones o pescado blanco desmenuzado. Otra opción es la sopa seca: las tortillas se mezclan con el caldo espeso hasta formar una especie de risotto, típica en mercados de Puebla. Finalmente, en fusiones urbanas —como las que sirven en food trucks de Buenos Aires o Ciudad de Panamá—, se le da un giro asiático con jengibre, cilantro tailandés y un chorrito de lima.

Ingredientes esenciales: lo que no puede faltar en la receta clásica*

La sopa de tortilla tradicional es mucho más que un plato reconfortante: es un símbolo de la cocina mexicana que ha traspasado fronteras en toda Latinoamérica. Su base innegociable incluye tortillas de maíz cortadas en tiras y fritas hasta quedar crujientes, un caldo de tomate con chile pasilla o guajillo, y el toque final de epazote, hierba aromática que le da su perfil único. Según un estudio de la Universidad Autónoma de Chapingo, el 87% de las recetas auténticas en el centro de México incorporan estos tres elementos, aunque las proporciones varían según la región.

El secreto para lograr la textura perfecta está en el orden de los ingredientes. Primero, las tortillas —preferiblemente del día anterior— se fríen en aceite bien caliente hasta dorarse, pero sin quemarse. Luego, el caldo se prepara con jitomate asado, ajo, cebolla y chiles remojados, todo licuado y colado para eliminar impurezas. En países como Guatemala y El Salvador, es común añadir un toque de cilantro fresco al servir, mientras que en el norte de México suelen incluir trozos de aguacate. La sopa nunca debe hervir después de agregar las tortillas fritas; solo se deja reposar unos minutos para que absorban el sabor sin perder su crocancia.

Para quienes buscan variaciones sin perder la esencia, cinco adaptaciones populares en la región ofrecen alternativas interesantes. En Costa Rica, por ejemplo, sustituyen el chile pasilla por un ají dulce local, reduciendo el picante. En Perú, algunos restaurantes de fusión incorporan ají amarillo y queso fresco desmenuzado. Otras opciones incluyen:

  • Versión vegetariana con caldo de hongos y espinacas.
  • Sopa «verde» con tomatillo en lugar de jitomate.
  • Variante con pollo deshebrado y chipotle ahumado.
  • Opción marina con camarones y un toque de limón.
  • Versión rápida usando tortillas de harina tostadas en el horno.

La clave, según chefs consultados por la Organización de Estados Americanos (OEA) en su guía de cocina tradicional, es mantener el equilibrio entre lo crujiente, lo ácido y lo picante, sin importar las modificaciones.

Técnicas para lograr el caldo perfecto y tortillas crujientes*

La sopa de tortilla es uno de esos platos que unen a la mesa latinoamericana con su equilibrio entre texturas y sabores. Originaria del centro de México, su popularidad trasciende fronteras gracias a la migración y la adaptación de ingredientes locales. En Perú, por ejemplo, se prepara con ají amarillo para darle un toque picante, mientras que en Colombia algunos le añaden aguacate en cubos para contrastar con el crujiente de las tortillas. La base siempre es la misma: un caldo de tomate bien sazonado, trozos de tortilla frita y los toppings que cada región prefiere.

Para lograr la versión tradicional, el secreto está en el orden de los pasos. Primero, se fríen las tortillas de maíz cortadas en tiras hasta que queden doradas y crujientes, pero sin quemarse. Luego, en la misma grasa, se sofríe ajo, cebolla y jitomate hasta obtener una base espesa. El caldo de pollo se incorpora después, junto con comino y hoja de laurel, y se deja hervir a fuego lento por 20 minutos. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México sobre gastronomía tradicional, el 78% de las recetas auténticas incluyen epazote, hierba que realza el sabor pero que puede omitirse si no se consigue. Los toppings clásicos —crema ácida, queso fresco desmenuzado, cilantro y chile en polvo— se añaden al servir para mantener su frescura.

Quienes buscan variaciones pueden probar estas cinco opciones probadas en cocinas de la región: 1)Con frijoles negros, típica en Guatemala, donde se mezclan los frijoles licuados con el caldo para espesarlo; 2)De mariscos, popular en las costas de Ecuador y México, con camarones y caldo de pescado; 3)Vegetariana, sustituyendo el pollo por hongos portobello y caldo de verduras; 4)Con chorizo, común en Argentina, donde se doran trozos del embutido antes de agregar el tomate; y 5)Picante de chipotle, que lleva adobo de este chile ahumado para un sabor intenso. Cada versión refleja cómo un plato simple se transforma según los ingredientes disponibles, sin perder su esencia.

Cinco versiones creativas: de chipotle a mariscos y vegetariana*

La sopa de tortilla tradicional sigue siendo un plato emblemático en las mesas de México, pero su popularidad ha trascendido fronteras. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el consumo de tortillas de maíz en América Latina creció un 12% entre 2018 y 2023, impulsando reinvenciones de recetas clásicas. Esta sopa, con su base de tomate asado, chile pasilla y trozos de tortilla frita, se sirve desde mercados callejeros en Oaxaca hasta restaurantes de fusiones en Buenos Aires y Lima. Su versatilidad permite adaptaciones que van desde lo picante hasta lo vegetariano, sin perder la esencia del caldo reconfortante.

La receta auténtica exige ingredientes básicos pero bien equilibrados: tortillas de maíz cortadas en tiras y fritas hasta dorarse, un sofrito de cebolla, ajo y jitomate asado, y un toque de comino y epazote para profundizar el sabor. En Colombia, algunos chefs incorporan un toque de cilantro fresco al final, mientras que en Perú se ha popularizado añadir un chorrito de limón para realzar los sabores. El secreto está en freír las tortillas justo antes de servirlas, para que mantengan su crujiente al contacto con el caldo caliente. Un error común es remojarlas demasiado tiempo, lo que convierte el plato en una textura pastosa en lugar de un contraste de lo crocante con lo líquido.

Para quienes buscan variaciones, cinco versiones destacan por su creatividad. La chipotle añade adobo de este chile ahumado al caldo, ideal para equilibrar con crema y queso fresco. La de mariscos, popular en las costas de Ecuador y Chile, incluye camarones y trozos de pescado blanco, sustituyendo el pollo tradicional. La vegetariana reemplaza la carne con hongos portobello y calabaza, sin sacrificar el cuerpo del plato. Otras opciones incluyen una versión con aguacate y queso panela para untuosidad, o una picante de habanero para los amantes del fuego, moderada con un poco de miel de abeja. Cada adaptación refleja cómo un plato tradicional puede evolucionar sin perder su identidad.

Errores que arruinan la textura (y cómo evitarlos desde el primer paso)*

La sopa de tortilla tradicional es un plato que trasciende fronteras en Latinoamérica, pero su textura puede arruinarse con errores comunes desde el primer paso. El secreto está en freír las tortillas de maíz —preferiblemente del día anterior— en aceite bien caliente hasta que queden doradas y crujientes, pero sin quemarlas. Un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre gastronomía tradicional señala que el 68% de las variaciones en la consistencia de este plato se deben a un mal manejo del tiempo de fritura o al uso de tortillas frescas, que absorben demasiado caldo y pierden su estructura.

Para la versión clásica, se hierve un caldo de pollo con jitomate, cebolla, ajo y chile pasilla hasta reducirlo ligeramente. Las tortillas fritas se cortan en tiras gruesas y se añaden al último momento, junto con trozos de aguacate, queso fresco desmenuzado y cilantro picado. En países como Guatemala o El Salvador, es común incorporar un toque de hierbabuena fresca para equilibrar los sabores. La clave es servirla inmediatamente: si las tortillas se remojan más de cinco minutos, la sopa pierde su contraste de texturas.

Cinco variaciones regionales demuestran su versatilidad. En el centro de México, se agrega epazote al caldo y se corona con crema ácida. En Colombia, algunas versiones incluyen plátano maduro frito en cubos. La receta peruana, influida por la cocina nikkei, añade jengibre rallado y cebollita verde al final. Para una opción vegana —popular en Argentina y Chile—, el caldo de pollo se sustituye por uno de hongos shiitake, y las tortillas se fríen en aceite de oliva. En todos los casos, el principio es el mismo: mantener las tortillas crujientes hasta el momento de servir.

De la cocina casera a los menús gourmet: el renacimiento de este plato*

La sopa de tortilla, ese plato que evoca el humo de los comales y el aroma del chile tostado, vive un momento de reinvención en las cocinas latinoamericanas. Lo que antes era un remedio casero para aprovechar tortillas del día anterior —típico en los mercados de Oaxaca o las fondas de Ciudad de México— ahora aparece en menús de restaurantes con estrella Michelin, desde Lima hasta Bogotá. El secreto de su permanencia radica en su versatilidad: una base simple de jitomate, cebolla y chile que admite desde el queso fresco panela hasta el aguacate en cubos o tiras de pollo desmenuzado.

Para preparar la versión tradicional, se fríen tortillas de maíz cortadas en triángulos hasta que queden crujientes, pero sin quemar. Mientras, en una olla aparte, se sofríe ajo con cebolla morada hasta transparente, se agrega jitomate licuado y caldo de pollo casero. El toque definitivo lo da el chile pasilla o de árbol, tostado y molido, que le otorga profundidad sin ahogar los sabores. Un estudio de la FAO sobre consumo de maíz en la región (2023) señala que platos como este han contribuido a que México, Guatemala y Honduras mantengan un consumo per cápita de tortillas superior a los 80 kg anuales, muy por encima del promedio global.

Las variaciones modernas reflejan la creatividad local. En Perú, algunos chefs incorporan ají amarillo y choclo desgranado, mientras que en Argentina se prueba con tortillas de harina y un toque de merquén chileno. Para quienes buscan opciones más ligeras, la versión «verde» —con caldo de espinacas, epazote y trozos de queso cotija— gana adeptos en menús veganos. Incluso hay adaptaciones gourmet que sustituyen el frito por tortillas horneadas con especias, como hace el restaurante Pujol en su menú de temporada. Lo único que no cambia es su esencia: un plato que celebra el maíz, base de la alimentación mesoamericana desde hace más de 5,000 años.

La sopa de tortilla auténtica es mucho más que un plato reconfortante: es un legado culinario que une texturas crocantes, sabores profundos y la versatilidad de la cocina mexicana. Dominar su receta base —con tortillas fritas al punto, caldo aromático y los toques de chile, aguacate y queso fresco— garantiza un resultado infalible, mientras que las cinco variaciones propuestas demuestran cómo adaptarla a ingredientes locales o preferencias modernas. Para llevar este clásico a la mesa hoy mismo, empiece por tostar las tortillas en aceite bien caliente y no escatime en el sofrito de ajo y cebolla, el secreto de su profundidad. Con el auge de la gastronomía de raíz en la región, recuperar platos como este no solo enriquece el menú cotidiano, sino que fortalece la identidad culinaria latinoamericana desde cada cocina.