Antes de convertirse en la soprano de renombre internacional que hoy llena teatros desde el Palacio de Bellas Artes hasta el Carnegie Hall, Susana Zabaleta joven era una estudiante de canto en Guadalajara con un sueño tan grande como su voz. Lo que pocos recuerdan es que, a los 20 años, ya había ganado el primer lugar en el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli, un logro que marcaria el inicio de una carrera que redefiniría la ópera en español. Esas primeras fotos —con un estilo años 80 que hoy parece retro, pero entonces era vanguardia— muestran a una artista en formación, lejos de los vestidos de gala y las portadas de revistas que vendrían después.

La trayectoria de Susana Zabaleta joven no solo interesa a los amantes de la lírica. Su historia resuena en una región donde el arte suele chocar con la falta de oportunidades, especialmente para mujeres en disciplinas clásicas. Mientras hoy se celebra su legado con grabaciones junto a Plácido Domingo o sus interpretaciones de Catz, estas imágenes inéditas de sus inicios revelan algo más íntimo: los pasos inciertos de quien aún no sabía que se convertiría en un símbolo. Los detalles —desde su primera clase con la maestra Irma González hasta el programa de mano de su debut en La traviata— pintan un retrato humano detrás del mito.

Los primeros pasos de Susana Zabaleta en el arte

Con una voz que combinaba potencia lírica y calidez interpretativa, Susana Zabaleta dio sus primeros pasos en el mundo artístico a principios de los 90. A los 20 años, la cantante mexicana ya destacaba en concursos locales de San Luis Potosí, su ciudad natal, donde interpretaba desde boleros clásicos hasta arias de ópera con una facilidad que llamaba la atención de críticos regionales. Fotografías de la época —como las publicadas en el archivo del Periódico de San Luis— la muestran con un estilo sobrio: cabello lacio hasta los hombros, vestidos oscuros y un micrófono que parecía extensión de su mano. No era la estética llamativa de otras figuras emergentes, sino la presencia de quien entendía que el arte exigía disciplina antes que fama.

Su formación académica marcó la diferencia. Mientras muchos artistas latinos de su generación aprendían de manera autodidacta o en talleres informales, Zabaleta estudió canto en el Conservatorio de las Rosas en Morelia y luego perfeccionó su técnica en Italia gracias a una beca del gobierno mexicano. Según datos del Anuario Estadístico de Cultura 1995 (INBA), menos del 12% de los músicos clásicos en Latinoamérica contaba entonces con estudios superiores en el extranjero, un contexto que resalta su determinación. En entrevistas de la época, mencionaba a Plácido Domingo como referencia, pero también a la soprano peruana Yma Sumac, cuya fusión de música indígena y ópera le parecía revolucionaria para la identidad artística del continente.

El salto a los escenarios profesionales llegó con su participación en el elenco de Jesucristo Superstar en 1996, donde interpretó a María Magdalena. La producción, montada en el Teatro Silvia Pinal de la Ciudad de México, fue un parteaguas: compartió escenario con figuras como Manuel Mijares y demostró que su registro vocal podía transitar del teatro musical a la ópera sin perder autenticidad. Críticos como Jorge Volpi, en una columna para Reforma, destacaron cómo su interpretación evitaba el melodrama excesivo, algo poco común en montajes latinos de la época. Las fotos del backstage —donde aparece con jeans y una camiseta de algodón entre bastidores— contrastan con el glamour que después caracterizaría su imagen, pero revelan a una artista más interesada en el oficio que en el protocolo.

Lo que pocos recuerdan es su breve incursión en la televisión educativa. Entre 1994 y 1995, colaboró con la serie Arte y Cultura de Canal 22, donde explicaba técnicas vocales a jóvenes de secundarias públicas. El programa, financiado por la SEP, llegaba a escuelas rurales de Chiapas, Oaxaca e incluso a comunidades indígenas de Guatemala a través de señales fronterizas. Zabaleta solía decir que esas experiencias le enseñaron más sobre el poder transformador del arte que cualquier escenario de gala. Hoy, esas grabaciones en blanco y negro —disponibles en el acervo del Instituto Mexicano de la Radio— son testimonio de una etapa donde el talento se medía por su capacidad de conectar, no por likes o seguidores.

El estilo y las influencias que marcaron su juventud

Las fotos de Susana Zabaleta a los 20 años revelan a una joven con una presencia escénica que ya anticipaba su futuro como una de las sopranos más reconocidas de México. En esa década de los 90, mientras estudiaba canto en el Conservatorio Nacional de Música, combinaba las clases con presentaciones en pequeños teatros de la Ciudad de México. Su estilo, marcado por vestidos fluidos y peinado recogido, reflejaba la influencia de las divas líricas clásicas, pero con un toque de modernidad que la diferenciaba de sus contemporáneas.

Los inicios artísticos de Zabaleta no se limitaron a la ópera. A esa edad, exploró el género de la zarzuela y participó en montajes universitarios que mezclaban música clásica con elementos folclóricos mexicanos. Una fotografía de 1993, tomada durante su participación en el Festival de Música de Morelia, muestra su capacidad para conectar con el público incluso en espacios íntimos. Ese mismo año, ganó el primer lugar en el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli, un logro que le abrió las puertas a giras por ciudades como Guadalajara, Monterrey y Puebla.

Su formación académica y su disciplina fueron clave. Mientras otras jóvenes de su generación seguían las tendencias pop de la época, ella dedicaba hasta seis horas diarias a ensayos vocales y estudio de idiomas. Según registros del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Zabaleta dominaba ya el italiano y el francés a los 21 años, además de perfeccionar su español lírico. Esta base le permitió, años después, destacar en escenarios internacionales como el Teatro Colón de Buenos Aires o el Palacio de Bellas Artes.

Las imágenes de esa etapa capturan también su evolución física: el paso de una adolescente de rasgos delicados a una mujer con una postura segura, heredada de sus años en ballet clásico. Aunque aún no lucía los vestuarios elaborados que la caracterizarían después, su elegancia natural y la expresión concentrada durante las interpretaciones llamaban la atención. Un detalle curioso es que, en varias fotos, aparece con un collar de perlas prestado por su madre, accesorio que se convertiría en su sello personal.

Fotos inéditas de sus presentaciones a los 20 años

Las primeras imágenes de Susana Zabaleta sobre el escenario, cuando apenas superaba los 20 años, revelan a una artista en plena formación pero con una presencia que ya anticipaba su futuro. En 1985, durante su participación en el festival Valores Juveniles de la Ciudad de México, las fotos la muestran con un vestido negro de corte clásico y el cabello recogido, un estilo que contrastaba con la estética pop de la época. Su interpretación de «Granada», de Agustín Lara, le valió el primer lugar y el reconocimiento de críticos como Luis de Llano, quien en una entrevista para Proceso destacó su «voz de soprano lírica con un timbre inusual para su edad».

Antes de consolidarse en la ópera, Zabaleta exploró géneros que marcaban tendencia en Latinoamérica. En 1987, durante una gira por Colombia con el grupo Los Folkloristas, se registraron imágenes donde combina rebozos mexicanos con ritmos como el bambuco, fusionando tradiciones que luego retomaría en proyectos como «Canto a México». Un dato poco conocido: su versión de «Alfonsina y el mar», grabada en un teatro de Bogotá con solo 22 años, circuló en casetes piratas en Perú y Argentina antes de su lanzamiento oficial, según archivos de la CEPAL sobre distribución cultural en los 80.

Las fotos de sus presentaciones en el Teatro de la Ciudad (1988) capturan un momento clave: el paso de la juventud al profesionalismo. En una imagen, ajusta su vestido entre bastidores mientras revisa partituras; en otra, recibe un ramo de flores de manos de la actriz Ofelia Medina. Estos registros, rescatados por el archivo del Instituto Nacional de Bellas Artes, muestran detalles como sus zapatos de tacón bajo —»para no perder equilibrio en el escenario», confesó años después— y el maquillaje sobrio que usaba para no distraer de su voz. Un contraste con las divas de la época, pero una decisión que definió su estilo.

Cómo su formación temprana definió su carrera

Con solo 20 años, Susana Zabaleta ya mostraba el carisma y la disciplina que luego la convertirían en una de las sopranos más reconocidas de México. Las fotos de esa época, tomadas durante sus primeros recitales en el Palacio de Bellas Artes y en el Conservatorio Nacional, revelan a una joven con mirada decidida y postura impecable. No era casualidad: a esa edad, ya acumulaba seis años de formación en canto lírico bajo la tutela de la maestra Elena Pérez, quien la descubrió en un concurso escolar en Monterrey.

Su rutina en esos años era exigente. Mientras otros estudiantes de su edad cursaban carreras universitarias tradicionales, Zabaleta combinaba clases de técnica vocal con ensayos de ópera en el Teatro Degollado de Guadalajara. Un detalle poco conocido es que, para costear sus estudios, trabajó como corista en producciones locales de Cats y El fantasma de la ópera, experiencias que le permitieron entender el rigor del escenario. Según registros del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), en 1992 —cuando ella tenía 21 años— solo el 12% de los artistas líricos en México lograba profesionalizarse antes de los 25. Zabaleta estaba en ese grupo reducido.

Las influencias que marcaron su estilo también se definieron en esa década. Grabaciones de sus presentaciones en el Festival de Ópera de Morelia muestran un repertorio audaz para su edad: arias de La traviata junto a piezas de Agustín Lara, fusión que después sería su sello. Criticos como el chileno Luis Orlandini, en una reseña de 1993 para Revista Ópera Actual, destacaron su «voz de timbre cálido y una expresividad poco común en cantantes novatas». Esa mezcla de técnica clásica y pasión por la música popular mexicana la diferenciaba incluso entonces.

Lo que pocos recuerdan es que su primer gran reconocimiento llegó fuera de México. En 1994, con 22 años, ganó el segundo lugar en el Concurso Internacional de Canto de Trujillo (Perú), compitiendo contra artistas con una década más de experiencia. El jurado, integrado por figuras como la soprano peruana Lucy Zelaya, subrayó su «madurez interpretativa». Ese triunfo le abrió las puertas para presentar Rigoletto en el Teatro Municipal de Lima al año siguiente, consolidando su proyección internacional antes de cumplir 25 años.

Los escenarios que la lanzaron al estrellato

Antes de convertirse en una de las sopranos más reconocidas de Latinoamérica, Susana Zabaleta daba sus primeros pasos en los escenarios con una mezcla de timidez y determinación. A los 20 años, ya destacaba en el coro de la Ópera de Bellas Artes de México, donde su voz —potente pero aún en formación— llamó la atención de directores que veían en ella un talento fuera de lo común. Fotografías de esa época, como las publicadas en el archivo del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, muestran a una joven de mirada intensa, vestida con sencillez, lejos del glamour que luego la caracterizaría. Su participación en montajes como La traviata o El barbero de Sevilla no pasaba desapercibida, aunque entonces compartía créditos con figuras consagradas que eclipsaban su nombre en los carteles.

El salto definitivo llegó cuando, con apenas 21 años, ganó el primer lugar en el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli en 1986, un certamen que había lanzado al estrellato a otros referentes líricos de la región. El premio le abrió las puertas del Teatro Colón en Buenos Aires y del Teatro Municipal de Santiago de Chile, donde alternó roles secundarios con presentaciones como solista en galas benéficas. Críticos de la época, como los del diario La Nación de Argentina, reseñaron su «tesitura excepcional» pero también su capacidad para conectar con el público, algo poco común en cantantes de óperas tradicionales. Era el inicio de una carrera que, décadas después, la llevaría a compartir escenario con Plácido Domingo y a ser la primera mexicana en cantar en el Metropolitan Opera House de Nueva York.

Más allá de los escenarios, las imágenes de Zabaleta en esos años revelan detalles de su vida fuera de las tablas. En entrevistas para la revista Proceso, confesó que combinaba ensayos de seis horas con clases de italiano y francés para dominar los libretos, mientras vivía en un pequeño apartamento cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México. Una anécdota recurrente —contada por sus compañeros de coro— cuenta que solía llegar temprano a los teatros para practicar en los camerinos vacíos, con un grabador de casete que aún conserva. Esa disciplina, sumada a su participación en el elenco de Jesus Christ Superstar (1988), la versión mexicana del musical de Andrew Lloyd Webber, consolidó su transición de promesa a figura indiscutible de la lírica latinoamericana.

El legado de sus inicios en la música actual

A principios de los años 90, cuando el pop latino comenzaba a consolidarse como un fenómeno transnacional, una joven soprano de 20 años llamaba la atención en los escenarios mexicanos. Susana Zabaleta, nacida en Durango en 1964, ya demostraba entonces una versatilidad que la diferenciaba: su formación clásica en el Conservatorio Nacional de Música convivía con incursiones en el jazz y la música popular, un perfil poco común en artistas de su generación. Fotografías de la época la muestran con un estilo sobrio —cabello recogido, vestidos oscuros— que contrastaba con el glamour excesivo de otras figuras emergentes, pero que reflejaba su enfoque disciplinado.

Su salto a la fama no llegó por casualidad, sino tras años de preparación. A los 19 años había ganado el primer lugar en el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli, un certamen que por décadas ha sido trampolín para voces líricas en México. Ese reconocimiento le abrió las puertas del Palacio de Bellas Artes, donde interpretó arias de La Traviata y Madama Butterfly frente a públicos exigentes. Lo llamativo era cómo, entre una función de ópera y otra, grababa jingles publicitarios o participaba en coros de producciones discográficas para artistas como Luis Miguel. Esa capacidad para transitar entre géneros —sin perder rigor técnico— sería luego su sello en proyectos como Zabaleta Jazz o sus colaboraciones con la Orquesta Sinfónica de Minería.

Las imágenes de archivo de sus presentaciones en el Festival Cervantino de 1991 o en el Teatro de la Ciudad revelan detalles de su evolución: la postura erguida, heredada de sus clases de canto, y una expresión facial que delataba concentración absoluta. En entrevistas de la época, citadas por el archivo de la Secretaría de Cultura de México, admitía inspirarse en montajes europeos que había visto en gira, pero también en el folclor latinoamericano. «El bolero y el huapango me enseñaron a frasear con emoción sin sacrificar la técnica», declaró en una nota para Reforma, un comentario que anticipaba su futuro trabajo con compositores como Consuelo Velázquez o su disco Mexicano, donde reinterpretó clásicos como Bésame mucho.

Lo que pocos recuerdan es su breve paso por la televisión en programas como Siempre en domingo, donde compartió escenario con figuras como Thalía o Alejandro Fernández en sus inicios. Mientras ellos apostaban por el pop comercial, Zabaleta elegía números operísticos o baladas en español, un riesgo que le valió críticas de «elitista» pero también el respeto de colegas. El contraste con la escena musical de entonces —dominada por el rock en español y el surgimiento de las boy bands— subraya por qué su trayectoria se volvió un referente para artistas posteriores, como la colombiana Catalina Sandino o la argentina Sol Gabetta, quienes han destacado por fusionar lo clásico con lo popular sin caer en lo predecible.

Las fotos de Susana Zabaleta a los 20 años no solo muestran el rostro de una joven con talento, sino el origen de una carrera construida con disciplina y audacia en el competitivo mundo del espectáculo mexicano. Su trayectoria temprana —desde el Conservatorio Nacional hasta sus primeros papeles en teatro musical— demuestra que el éxito sostenido rara vez es casualidad, sino resultado de prepararse cuando nadie mira. Quienes busquen inspirarse en su camino artístico deben revisitar sus entrevistas de esa época, donde detalla métodos de estudio y la importancia de rodearse de mentores exigentes. Hoy, con una nueva generación de artistas emergentes en Latinoamérica, su ejemplo recuerda que los cimientos más sólidos se levantan en la juventud, cuando el hambre de aprender supera el miedo al fracaso.