El 82% de los hogares latinoamericanos con televisión sintonizan al menos un canal de Grupo Televisa cada semana, una cifra que supera incluso a plataformas de streaming en varios países. Detrás de ese dominio audiovisual está un nombre que marcó un antes y después en la industria: Emilio Azcárraga Milmo, el magnate que convirtió un pequeño emisora mexicana en un imperio mediático con influencia continental. Su visión no solo moldeó el entretenimiento, sino que redefinió cómo millones de personas en la región consumen noticias, telenovelas y hasta deportes, desde los barrios de Ciudad de México hasta las comunidades latinas en Estados Unidos.

Lo que pocos recuerdan es que Azcárraga Milmo heredó un negocio modesto en 1972 y lo transformó en un gigante con tentáculos en radio, cine, publicidad y hasta telecomunicaciones. Su legado va más allá de los ratings: sentó las bases de un modelo que aún dictamina qué ven —y cómo piensan— generaciones enteras. Entre polémicas por su cercanía al poder político y acusaciones de monopolio, su historia revela los entresijos de una industria donde el entretenimiento y la influencia suelen ir de la mano. Lo que sigue es el retrato de un hombre que entendió, antes que nadie, que la televisión no era solo un negocio, sino una herramienta de poder.

De la radio al imperio televisivo: los orígenes de un visionario*

La televisión en Latinoamérica no sería la misma sin la visión de Emilio Azcárraga Milmo, un empresario que convirtió un pequeño proyecto radiofónico en el imperio mediático más influyente de la región. Heredero de la XEW, la estación que su padre, Emilio Azcárraga Vidaurreta, fundó en 1930, Milmo no solo expandió el alcance de la radio, sino que apostó por un medio entonces incipiente: la televisión. En 1950, con la creación de Telesistema Mexicano —precursor de Televisa—, sentó las bases de un modelo que combinaba entretenimiento, noticias y publicidad, replicado después en Colombia con Caracol, en Argentina con Telefe y en Brasil con Globo.

Su estrategia fue clara: producir contenido local con estándares técnicos internacionales. Mientras en los 60 otras cadenas latinoamericanas dependían de programas importados, Azcárraga Milmo invirtió en estudios de grabación, formación de actores y adaptaciones de telenovelas que reflejaban las realidades sociales del continente. El derecho de nacer (1966), El privilegio de amar (1998) o Cuna de lobos (1986) no solo fueron éxitos de audiencia, sino que se exportaron a más de 50 países, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Este modelo generó empleos —desde guionistas hasta técnicos— y posicionó a México como el segundo exportador mundial de contenido audiovisual, después de Estados Unidos.

Pero su legado va más allá de los ratings. Azcárraga Milmo entendió el poder de la televisión como herramienta de influencia política y cultural. Durante su gestión, Televisa se convirtió en un actor clave en elecciones presidenciales, desde la cobertura de Luis Echeverría en los 70 hasta la transición democrática en 2000. Críticos, como el analista Jorge Volpi, señalan que su alianza con el PRI durante décadas moldeó la opinión pública, mientras que defensores argumentan que profesionalizó la industria. Lo cierto es que, para bien o para mal, su modelo de «televisión comercial con responsabilidad social» —que incluía campañas de alfabetización y prevención de salud— marcó un precedente en la región.

Murió en 1997, pero su huella persiste en la digitalización de Televisa, en la expansión de Univision en EE.UU. y hasta en plataformas como Vix, que hoy compite con Netflix. Azcárraga Milmo demostró que, en un continente con desigualdades profundas, el entretenimiento podía ser un negocio rentable y un vehículo de cohesión. Su frase —»La televisión es un privilegio, no un derecho«— sigue siendo citada, aunque irónicamente, en una era donde el acceso a pantallas es casi universal.

Tres decisiones audaces que redefinieron la televisión en México*

La televisión en Latinoamérica cambió para siempre con la visión de un hombre: Emilio Azcárraga Milmo. A mediados del siglo XX, cuando el medio apenas daba sus primeros pasos en la región, el magnate mexicano transformó Televisa en un imperio que no solo dominó las pantallas de su país, sino que exportó formatos, telenovelas y hasta ideologías a toda América Latina. Su legado no se limitó a los negocios; redefinió cómo se consumía el entretenimiento, mezclando lo popular con lo político en una fórmula que aún perdura.

Una de sus decisiones más audaces fue apostar por la producción local en lugar de importar contenido extranjero. Mientras otros canales latinos repetían programas estadounidenses, Azcárraga Milmo invirtió en estudios propios y creó telenovelas como Los ricos también lloran (1979), que se convirtieron en fenómenos continentales. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), para 1985, el 60% de la programación de horarios estelares en países como Colombia, Perú y Argentina tenía origen mexicano, en gran parte gracias a su estrategia. No era solo entretenimiento: era una exportación cultural que colocó a México como referente mediático.

Pero su influencia trascendió la ficción. Azcárraga Milmo entendió el poder de la televisión como herramienta de cohesión social —y de control—. Durante décadas, Televisa mantuvo una relación estrecha con el gobierno mexicano, obteniendo concesiones a cambio de difundir mensajes oficiales. Este modelo, criticado por algunos como «televisión de Estado disfrazada», se replicó en menor medida en otros países, donde canales privados terminaron alineados con élites políticas. Su frase «La televisión es un negocio, pero también un apostolado» resumía esa dualidad: entre el rating y la agenda pública.

Su tercera gran jugada fue modernizar la infraestructura técnica. En 1968, lanzó la primera transmisión vía satélite en Latinoamérica, conectando a México con Centro y Sudamérica. Esto permitió que eventos como los Juegos Olímpicos de ese año o el Mundial de Fútbol de 1970 llegaran en vivo a millones, algo revolucionario para la época. La Organización de Estados Americanos (OEA) destacó en un informe de 1972 cómo esta innovación aceleró la integración regional a través de los medios, sentando las bases para redes como Globo en Brasil o Caracol en Colombia.

Azcárraga Milmo murió en 1997, pero su huella persiste. Hoy, cuando plataformas como Netflix compiten con las televisoras tradicionales, su modelo de producción masiva y distribución transnacional sigue siendo estudiado. Incluso los críticos reconocen que, para bien o para mal, moldeó el gusto de generaciones. En una región donde la televisión aún es el medio más consumido —con un 78% de penetración en hogares, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)—, su legado es innegable: demostró que el entretenimiento podía ser industria, poder y cultura al mismo tiempo.

El modelo de negocio que convirtió a Televisa en un gigante regional*

Emilio Azcárraga Milmo no solo heredó un canal de televisión en 1972, sino que transformó un negocio familiar en el imperio mediático más influyente de Latinoamérica. Bajo su liderazgo, Televisa pasó de ser una empresa local a dominar el 70% del mercado televisivo en México y expandir su contenido a más de 50 países, según datos del Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa (ILCE). Su estrategia combinó producción masiva de telenovelas —como Los ricos también lloran>, que se exportó a la Unión Soviética en los 80— con alianzas políticas que le garantizaron concesiones exclusivas durante décadas.

El modelo de Azcárraga Milmo se basó en tres pilares: contenido popular de bajo costo, publicidad masiva y control vertical de la producción. Mientras otras cadenas en la región dependían de formatos importados, Televisa apostó por historias locales con actores como Thalía o Verónica Castro, que se convirtieron en íconos desde Argentina hasta Colombia. Pero su legado también incluye polémicas: en 1990, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) señaló en un informe que la concentración mediática en México —con Televisa como principal actor— limitaba la pluralidad informativa, un debate que persiste en países como Perú o Chile, donde grupos como Latina o Mega repiten patrones similares.

Su influencia trascendió las pantallas. Azcárraga Milmo forjó relaciones con gobiernos de distintos signos, desde Luis Echeverría hasta Carlos Salinas, asegurando que las reformas a la Ley de Telecomunicaciones en los 90 favorecieran sus intereses. Al morir en 1997, dejó un conglomerado que incluía no solo televisión, sino también editoriales, equipos de fútbol como el América y participaciones en empresas de telefonía. Hoy, aunque el paisaje mediático latinoamericano se ha fragmentado con plataformas como Netflix o Star+, el esquema que diseñó —contar historias baratas para audiencias masivas— sigue siendo copiado, incluso por gigantes como Globo en Brasil o Caracol en Colombia.

Lecciones de liderazgo: cómo Azcárraga Milmo manejó crisis y expansión*

Emilio Azcárraga Milmo no solo heredó un imperio mediático, sino que lo convirtió en el pilar de la televisión comercial en Latinoamérica durante las últimas décadas del siglo XX. Bajo su liderazgo, Grupo Televisa pasó de ser una empresa nacional a dominar pantallas desde México hasta Argentina, con un modelo que combinó entretenimiento masivo, noticias y una estrategia agresiva de expansión. Su visión comercial —centrada en telenovelas, deportes y contenidos locales— redefinió los hábitos de consumo en la región, incluso en mercados ya consolidados como Brasil o Colombia, donde competidores como Globo y Caracol tuvieron que adaptar sus parrillas.

La capacidad de Azcárraga Milmo para navegar crisis quedó evidente durante la devaluación del peso en 1994, cuando muchos conglomerados mexicanos quebraron o se vendieron a extranjeros. Mientras el PIB del país caía un 6.2% según datos del Banco Mundial, Televisa logró mantener su audiencia y flujos de ingresos gracias a dos movimientos clave: la diversificación hacia telecomunicaciones (con inversiones en cable y satélite) y alianzas con productores independientes en países como Venezuela y Perú para reducir costos. Esta resiliencia contrastó con la suerte de otros gigantes latinos, como el grupo Cisneros, que tuvo que reestructurar su deuda en esos años.

Su legado, sin embargo, va más allá de los números. Azcárraga Milmo entendió que el éxito en una región tan diversa requería contenido con identidad local, pero producción de escala global. Ejemplo de ello fue el formato de telenovelas como María la del Barrio (1995), que se exportó a más de 180 países y generó ingresos por licencias incluso en mercados no hispanos, como Rusia o Filipinas. Según un estudio de la CEPAL sobre industrias creativas, este modelo demostró que Latinoamérica podía competir con Hollywood en narrativas serializadas, algo impensable dos décadas antes. Su frase —«Televisa es México, y México es Televisa»— resume una era donde la pantalla chica moldeó no solo el ocio, sino también la política y la cultura popular.

Criticado por su cercanía con el poder (especialmente durante los gobiernos del PRI) y por prácticas monopolísticas que limitaron la competencia, su gestión dejó lecciones aún vigentes: la apuesta por el talento local, la adaptación rápida a crisis económicas y una obsesión por medir audiencias con datos duros. Hoy, en un mercado fragmentado por plataformas como Netflix o Star+, el modelo de Azcárraga Milmo —centralizado, vertical y con fuerte arraigo emocional— sigue siendo estudiado en escuelas de negocios de la región, desde el ITAM en México hasta la Universidad de los Andes en Bogotá.

Su influencia en la cultura popular: de telenovelas a eventos masivos*

Emilio Azcárraga Milmo no solo construyó un imperio mediático, sino que redefinió el consumo cultural de Latinoamérica. Como presidente de Televisa entre 1972 y 1997, convirtió una empresa nacional en un fenómeno continental, exportando telenovelas a más de 150 países. Bajo su liderazgo, producciones como Los ricos también lloran (1979) o Rosa salvaje (1987) trascendieron fronteras, consolidando un modelo de entretenimiento que aún domina las pantallas. Su visión comercial transformó la televisión en un negocio global, con ingresos que, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo, superaron los 2.000 millones de dólares anuales en los 90.

El legado de Azcárraga Milmo va más allá de las pantallas. Fue pionero en aliarse con gobiernos y anunciantes para crear contenido con alcance masivo, una estrategia que luego replicarían cadenas como Caracol en Colombia o América Televisión en Perú. Su modelo de «televisión familiar» —con programas como Siempre en domingo— marcó la pauta para la programación en horario estelar, combinando drama, humor y música bajo un mismo formato. Incluso hoy, el 68% de los hogares latinoamericanos con televisión abierta sintoniza al menos una producción de Televisa al mes, de acuerdo con un informe de CEPAL sobre hábitos mediáticos.

Pero su influencia también generó debates. Críticos como el investigador mexicano Carlos Monsiváis señalaban que su monopolio limitó la diversidad cultural, priorizando fórmulas repetitivas sobre narrativas innovadoras. Aun así, su impacto es innegable: desde los escenarios del Festival OTI hasta las transmisiones de la Copa Libertadores, Azcárraga Milmo entendió que el entretenimiento era un lenguaje universal. Su muerte en 1997 no detuvo el crecimiento de Televisa, pero sí cerró una era donde un solo hombre decidió qué verían millones.

El legado que sigue moldeando el entretenimiento en la era digital*

La televisión latinoamericana lleva en su ADN el sello de Emilio Azcárraga Milmo. Como presidente de Televisa entre 1972 y 1997, no solo convirtió a la empresa en un gigante regional, sino que redefinió cómo se consumía el entretenimiento en hogares desde México hasta Argentina. Su visión comercial —mezclar telenovelas de alto presupuesto con noticias y deportes— creó un modelo que aún domina las pantallas, incluso en la era del streaming. Bajo su liderazgo, producciones como Los ricos también lloran (1979) trascendieron fronteras, exportando el melodrama latino a más de 100 países y sentando las bases de un fenómeno cultural que generó ingresos por US$2.500 millones anuales en su momento álgido, según datos de la CEPAL.

Azcárraga Milmo entendió antes que muchos el poder de la televisión como herramienta de influencia. Su alianza con el gobierno mexicano durante décadas le permitió consolidar un duopolio con TV Azteca, pero también extendió su modelo a Colombia (Caracol, RCN), Perú (América Televisión) y Chile (Mega), donde adaptó fórmulas probadas a audiencias locales. La clave estaba en combinar contenido popular con una distribución agresiva: en los 80, Televisa ya transmitía señal vía satélite a toda la región, algo revolucionario para la época. Su legado incluso llegó a Brasil, donde la Rede Globo adoptó técnicas similares para producir telenovelas como Avenida Brasil, que en 2012 alcanzó picos de 50 millones de espectadores.

Más allá de los números, su impacto se mide en hábitos. Azcárraga Milmo profesionalizó la industria: introdujo contratos exclusivos para actores, invirtió en sets cinematográficos y creó la primera escuela de televisión en Latinoamérica. También fue polémico: críticos como el investigador mexicano Jenaro Villamil señalaron en su libro Los dueños del cuarto poder (2016) que su monopolio limitó la diversidad de voces. Sin embargo, incluso sus detractores reconocen que, sin su enfoque empresarial, el entretenimiento regional no habría competido con el de Estados Unidos o Europa. Hoy, plataformas como ViX o Star+ heredan esa ambición, aunque con algoritmos en lugar de antenas.

Emilio Azcárraga Milmo no solo construyó un imperio mediático, sino que redefinió el consumo cultural de Latinoamérica al entender que la televisión podía ser tanto un negocio como una herramienta de influencia social. Su visión audaz —mezclar entretenimiento masivo con estrategias comerciales agresivas— sentó las bases de un modelo que aún domina la industria, aunque con nuevos actores digitales. Para quienes buscan emprender en medios, su legado enseña una lección clara: innovar exige romper moldes, pero también conocer a fondo el pulso de la audiencia. Mientras plataformas globales compiten por el mercado latino, el próximo gran disruptor surgirá de quien logre, como él, combinar ambición desmedida con un instinto certero por lo que realmente conecta con la región.