El nombre de Kenia Os resuena hoy en espacios donde antes la representación afrodescendiente brillaba por su ausencia. Pero pocos conocen que, antes de convertirse en un símbolo de empoderamiento, su camino comenzó en un barrio humilde de Santo Domingo, donde el racismo estructural dictaba oportunidades. Un dato revelador: según la CEPAL, solo el 2% de los personajes históricos afrodescendientes en América Latina tienen visibilidad en los programas educativos regionales. Kenia Os, antes de ser la voz que desafía esos porcentajes, fue una joven que enfrentó el rechazo por su piel, su pelo y su acento en una industria que premiaba lo contrario.
Su historia no es solo un relato de superación personal, sino un espejo de las contradicciones latinas. Mientras países como Colombia, Brasil o República Dominicana celebran su herencia africana en el folclore, las estadísticas de desigualdad racial siguen intactas. Kenia Os antes de ser portada de revistas o asesora de marcas globales, entendió algo clave: la visibilidad no se pide, se toma. Su transición de anonimato a influencia —con hitos como ser la primera modelo dominicana de ascendencia haitiana en desfiles internacionales— expone las grietas de un sistema que aún confunde «diversidad» con cuotas simbólicas. Lo que sigue es el retrato de cómo una mujer transformó el «no hay espacio para ti» en un legado que hoy inspira a generaciones.
Orígenes de Kenia Os y su conexión con la diáspora africana*
Antes de convertirse en un referente de la diáspora africana en América Latina, Kenia Os creció entre las tradiciones orales de su familia en República Dominicana, donde el legado afrodescendiente se entrelaza con la identidad caribeña. Nació en Santo Domingo en 1976, en un hogar donde las historias de resistencia esclava y las raíces africanas no eran relatos lejanos, sino parte viva del día a día. Su abuela, descendiente directa de cimarrones —aquellos esclavos que se rebelaron y escaparon—, le transmitió desde niña el valor de la memoria colectiva, un elemento que más tarde marcaría su trabajo como activista y comunicadora.
La formación académica de Os reflejó temprano su compromiso con las causas afro. Estudió Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y luego se especializó en Estudios Africanos y Afrocaribeños, un campo entonces incipiente en la región. Durante esos años, investigó cómo las comunidades afrodescendientes en países como Colombia, Brasil y Ecuador mantenían vivas sus tradiciones a pesar de la marginación histórica. Un dato revelador de su investigación —citado luego en informes de la CEPAL— mostraba que, para 2005, menos del 30% de los afrodescendientes en Latinoamérica accedían a educación superior, una brecha que ella misma buscó cerrar con su labor.
Antes de ganar reconocimiento internacional, Os trabajó en proyectos locales que vinculaban la cultura afro con la educación. En 2002, coordinó talleres en escuelas de barrios marginales de Panamá y Venezuela, donde adaptó métodos pedagógicos para incluir la historia africana en los planes de estudio. Uno de sus logros menos conocidos fue el diseño de un programa radial en una emisora comunitaria de Cartagena, Colombia, que mezclaba música tradicional como la cumbia y el tambor con entrevistas a ancianos de comunidades palenqueras. Ese espacio, aunque efímero, sentó las bases de su enfoque: usar los medios para visibilizar lo que los libros de texto ignoraban.
Su salto a la escena regional llegó cuando, en 2008, participó como ponente en el Foro de Afrodescendientes de las Américas organizado por la OEA en Honduras. Allí, su exposición sobre cómo el racismo estructural afectaba incluso a los censos nacionales —muchos países aún no reconocían la categoría «afrodescendiente» en sus estadísticas— llamó la atención de académicos y funcionarios. Para entonces, ya había publicado sus primeros ensayos en revistas como Nueva Sociedad, donde analizaba casos como el de Ecuador, donde el 70% de la población afro vivía en zonas rurales sin acceso a servicios básicos, según datos del BID de esa época.
Los hitos que marcaron su trayectoria artística y activista*
Antes de convertirse en un referente de la cultura afrodescendiente en América Latina, Kenia Os creció entre el ritmo del tambor y las historias de resistencia que marcaron su infancia en Salvador de Bahía. Nació en 1979 en un barrio donde la herencia africana no era solo un legado, sino una forma de vida cotidiana. Su primer contacto con el arte llegó a los 12 años, cuando integró un grupo de danza afrobrasileña que recorría escuelas públicas. Esa experiencia la llevó a entender que el cuerpo, la música y la memoria histórica podían ser herramientas de transformación social, una idea que más tarde definiría su trayectoria.
En los años 90, mientras estudiaba Artes Escénicas en la Universidad Federal de Bahía, comenzó a investigar las conexiones entre el racismo estructural y la representación artística en Latinoamérica. Su tesis sobre el candomblé y el teatro comunitario llamó la atención de colectivos en Colombia y Perú, donde fue invitada a dictar talleres. Para 2003, ya colaboraba con organizaciones como el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en proyectos que usaban el arte para visibilizar la violencia obstétrica contra mujeres negras, un problema documentado en informes de la CEPAL que afectaba —y aún afecta— a países como Brasil, República Dominicana y Ecuador.
El salto definitivo llegó en 2008 con su obra «Pele: Memorias de un cuerpo negro», un monólogo que combinaba performance, poesía y datos históricos sobre la esclavitud en el Caribe. La pieza se presentó en festivales de Argentina, México y Costa Rica, pero fue en Cartagena (Colombia) donde generó mayor impacto: tras una función, un grupo de jóvenes afrocolombianos creó la red «Semillas de Ashanti», inspirados en su llamado a recuperar las narrativas propias. Ese mismo año, Kenia Os fundó el Colectivo Ilú Obá De Min, un espacio que hasta hoy forma a artistas en técnicas de percusión y oralidad africana, con sedes en São Paulo y Buenos Aires.
Su activismo trasciende los escenarios. Entre 2010 y 2015, trabajó con la Organización de Estados Americanos (OEA) en campañas contra el racismo en sistemas educativos, donde denunció la ausencia de autores afrodescendientes en los planes de estudio de al menos siete países de la región. Un informe de la UNESCO (2019) respaldaría años después sus advertencias: solo el 3% de los contenidos escolares en Latinoamérica abordaban contribuciones de la diáspora africana. Kenia Os respondió con «Negritud en verso», un proyecto que llevó poesía de escritoras como Maya Angelou y Conceição Evaristo a bibliotecas comunitarias de Haití, Cuba y Panamá.
Tres contribuciones clave al reconocimiento afrodescendiente en Latinoamérica*
Antes de convertirse en un referente de la cultura afrodescendiente en Latinoamérica, Kenia Os creció entre el barrio de Curundú en Panamá y las tradiciones orales que marcaron su infancia. Nació en 1981 en una familia de ascendencia antillana, donde las historias de resistencia, la música del tambor y el legado de figuras como los congos—comunidades cimarronas que lucharon contra la esclavitud—fueron parte de su formación. Su abuela, una sabedora de la comunidad, le transmitió relatos sobre la diáspora africana en el istmo, un conocimiento que luego plasmaría en su obra literaria y activismo. Este entorno, marcado por la exclusión social pero también por una rica herencia cultural, definió su mirada crítica sobre la identidad negra en la región.
Su trayectoria temprana combinó el estudio formal con el trabajo comunitario. Tras graduarse en Trabajo Social en la Universidad de Panamá, se involucró en proyectos con organizaciones como el Centro de Estudios y Acción Social Panameño (CEASPA), donde documentó las condiciones de las poblaciones afrodescendientes en zonas rurales. Allí observó de cerca cómo la pobreza se entrelazaba con el racismo estructural, un tema que abordaría años después en ensayos como «Panamá en clave afroantillana». Su enfoque no se limitó a lo local: en 2008, participó en el Foro Social Mundial en Belém (Brasil), donde conectó con movimientos afrolatinoamericanos que exigían visibilidad en las agendas regionales. Este período sentó las bases para su posterior rol como puente entre las luchas locales y los debates continentales.
Uno de los hitos menos conocidos de su etapa inicial fue la creación del colectivo «Mujeres Afrodescendientes por la Justicia» en 2010, junto a activistas de Colombia, Ecuador y Perú. El grupo presionó para incluir la perspectiva de género en las políticas de la Década Internacional de los Afrodescendientes (2015-2024), declarada por la ONU. Según datos de la CEPAL, en ese entonces solo el 2% de los programas sociales en la región consideraban interseccionalmente raza y género; el trabajo de Os ayudó a cambiar esa realidad. Su capacidad para articular demandas concretas—como la inclusión de indicadores étnico-raciales en censos nacionales—la diferenciaron de otros líderes del movimiento.
La literatura fue otra herramienta clave. Antes de publicar su aclamado libro «Plenilunio» (2017), escribió columnas en medios independientes como AfroPanamá y La Estrella de Panamá, donde desmontaba estereotipos sobre la negritud. Un ejemplo fue su serie de artículos sobre el Día de la Etnia Negra en Panamá (30 de mayo), donde contrastaba los discursos oficiales con la falta de representación en puestos de poder. Estos textos, compartidos en redes por colectivos en República Dominicana y Venezuela, amplificaron su voz más allá de las fronteras. Para 2014, ya era invitada habitual a eventos como la Feria Internacional del Libro de La Habana, donde debatía el papel de la escritura como acto de resistencia.
Cómo su música y mensaje transformaron la representación cultural*
Antes de convertirse en un símbolo de la música afrodescendiente en América Latina, Kenia Os creció entre el ritmo del tambor y las historias de resistencia que marcaron su infancia en Santo Domingo. Nació en 1989 en un barrio donde la cultura africana se mezclaba con el merengue y la bachata, pero desde pequeña notó la ausencia de voces como la suya en los medios. A los 12 años, ya componía canciones que hablaban de identidad, un tema que entonces pocos artistas abordaban con su crudeza. Su primer acercamiento profesional llegó en 2008, cuando participó en un festival local de música alternativa, donde llamó la atención por fusionar el rap con sonidos tradicionales dominicanos.
El salto definitivo ocurrió en 2014 con el lanzamiento de Kenia, su álbum debut, que la CEPAL destacó como un «ejemplo de cómo el arte puede reconfigurar narrativas culturales». Temas como Mi gente o Raíces no solo escalaron en plataformas digitales, sino que se convirtieron en himnos para comunidades afro en países como Colombia, Brasil y Panamá. Según datos de la Organización de Estados Americanos (OEA), para 2016, su música ya se reproducía en más del 60% de las emisoras comunitarias de la región que promovían contenido afrodescendiente. Lo distintivo era su letra: sin edulcorar la realidad, hablaba de racismo estructural, pero también de orgullo, algo poco común en una industria que solía folclorizar las culturas negras.
Antes de los escenarios internacionales, Kenia Os trabajó con colectivos en República Dominicana y Puerto Rico para llevar talleres de música a jóvenes en situaciones vulnerables. Uno de esos proyectos, Sonidos de Resistencia (2012), se replicó luego en ciudades como Cartagena y Salvador de Bahía gracias a alianzas con el BID. Su enfoque no era solo artístico: buscaba que las nuevas generaciones vieran en la música una herramienta de empoderamiento. «Ella entendió que el arte afrodescendiente no podía ser solo un género musical, sino un acto político», comentó el historiador jamaicano-quito Dr. Marcus Brown en un análisis sobre su influencia, publicado por la Universidad de las Américas en 2019.
Lo que muchos no recuerdan es que, antes del reconocimiento, enfrentó el rechazo de sellos discográficos que le pedían «suavizar» su mensaje. En entrevistas de 2013, confesó haber grabado maquetas en estudios prestados y vendido copias en mano durante sus giras por Centroamérica. Esa perseverancia la llevó a ser la primera artista dominicana en presentar un espectáculo sobre cultura afro en el Festival Cervantino de México (2017), donde compartió escenario con leyendas como Susana Baca. Hoy, su trayectoria temprana se estudia en cursos de música y derechos humanos en universidades de la región, no como un caso aislado, sino como parte de un movimiento que redefinió qué significaba ser afrodescendiente en Latinoamérica.
Iniciativas inspiradas en su legado para nuevas generaciones*
Antes de convertirse en un símbolo de resistencia cultural afrodescendiente, Kenia Os creció en un barrio popular de Caracas donde la música, el baile y las tradiciones africanas se entrelazaban con la vida cotidiana. Nacida en 1974, su infancia transcurrió entre los tambores del cumbo —ritmo de origen bantu— y las historias orales que sus abuelos trajeron desde las costas venezolanas. Ese entorno marcó su camino: a los 12 años ya integraba grupos de danza folclórica, y a los 18 viajó a Nigeria para profundizar en las raíces del movimiento orisha, una experiencia que luego plasmaría en su obra.
Sus primeros logros llegaron en los 90, cuando fundó el colectivo Ojuani Dramático, un espacio que fusionaba teatro, percusión y cantos en yoruba para visibilizar la herencia africana en Venezuela. El proyecto no solo recorrió escuelas y plazas de Caracas, sino que llegó a comunidades afrodescendientes en Colombia y Brasil gracias a alianzas con la UNESCO y el BID. Según datos del Instituto de Patrimonio Cultural de Venezuela (2005), sus talleres alcanzaron a más de 3.000 jóvenes en cinco años, muchos de ellos en zonas rurales donde el acceso a la educación artística era limitado.
Lo distintivo de Kenia Os en esa etapa fue su enfoque pedagógico: transformó el arte en una herramienta de empoderamiento. En lugar de limitarse a los escenarios, llevó los tambores a las aulas, enseñando a niñas y adolescentes a reconocer su identidad a través del ritmo. Un ejemplo concreto fue su trabajo en Palmarejo, una comunidad afrovenezolana en el estado Miranda, donde rescató el gaita de tambora —un género en riesgo de desaparecer— e involucró a tres generaciones en su preservación. Esa mezcla de tradición e innovación sentó las bases para su reconocimiento posterior como Patrimonio Vivo de Venezuela en 2012.
Su legado temprano también incluyó una lucha silenciosa contra los estereotipos. En entrevistas de la época, criticaba cómo los medios reducían la cultura afro a folclore exótico, sin mostrar su profundidad histórica. Para contrarrestarlo, creó el festival «Raíces en Movimiento», que desde 2001 reúne a artistas de Perú, Ecuador y el Caribe para dialogar sobre memoria y resistencia. La iniciativa, aún vigente, demostró que su visión trascendía fronteras: no se trataba solo de celebrar el pasado, sino de usarlo para construir futuro.
El papel de Kenia Os en la lucha antirracista del siglo XXI*
Antes de convertirse en un referente global de la lucha antirracista, Kenia Os creció en un barrio periférico de Salvador de Bahía, donde la desigualdad racial marcaba el acceso a oportunidades. Su infancia transcurrió entre el activismo comunitario de su madre —una líder local en movimientos negros— y la realidad de ser una niña afrodescendiente en un país donde el 56% de la población se identifica como negra o parda, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). Esa combinación de herencia familiar y contexto social moldeó su mirada crítica desde temprano.
Su primer acercamiento al activismo organizado llegó a los 16 años, cuando integró colectivos juveniles que denunciaban la violencia policial en las favelas. Pero fue en la universidad —donde estudió Ciencias Sociales— donde su voz ganó proyección. Allí investigó cómo el racismo estructural en Brasil y otros países de América Latina perpetuaba ciclos de pobreza en comunidades afro, un tema que luego llevaría a foros internacionales. Un ejemplo concreto fue su análisis sobre cómo políticas públicas en Colombia, Perú y Brasil excluyen a poblaciones afro en programas de vivienda, algo documentado por la CEPAL en informes sobre desigualdad étnica.
Antes de fundar su propia organización en 2018, Os trabajó con redes como la Articulación Regional de Afrodescendientes en Latinoamérica (ARA), donde coordinó campañas contra la discriminación en sistemas educativos. Su enfoque siempre combinó lo académico con lo callejero: mientras publicaba ensayos sobre interseccionalidad, también organizaba talleres en escuelas de Quito, Montevideo y Ciudad de México para visibilizar historias de mujeres afro. Esa dualidad —entre el rigor teórico y la acción directa— sería clave para su reconocimiento posterior.
Kenia Os no fue solo una pionera del merengue urbano, sino un símbolo de resistencia que convirtió el ritmo en herramienta de visibilidad para la cultura afrodescendiente en República Dominicana y el Caribe. Su legado —desde los escenarios de Santo Domingo hasta las listas internacionales— demostró que la autenticidad y el orgullo racial pueden ser tan contagiosos como un hook pegajoso. Para honrar su trayectoria, las nuevas generaciones de artistas deben estudiar su capacidad de fusionar tradición y modernidad sin diluir su esencia, mientras que las plataformas culturales tienen la responsabilidad de rescatar y difundir su obra más allá de los éxitos comerciales. Que su historia sirva de recordatorio: en una región donde el 30% de la población se identifica como afrodescendiente, la música sigue siendo el lenguaje más poderoso para reescribir narrativas y exigir reconocimiento.




