El 8 de marzo de 2024 marca un hito inesperado: por primera vez en la historia, más de 120 países registrarán protestas coordinadas por equidad de género, según datos de la ONU Mujeres. La cifra no solo refleja el crecimiento del movimiento feminista en América Latina —donde el 58% de las mujeres aún enfrenta brechas salariales—, sino también su capacidad para trascender fronteras y generaciones. Mientras en ciudades como México DF o Bogotá las marchas toman las calles con consignas por justicia social, en hogares y oficinas de Miami a Santiago de Chile surge una pregunta práctica: ¿cómo convertir la conmemoración en acciones que perduren más allá del feliz Día de la Mujer en redes sociales?
La respuesta ya no se limita a gestos simbólicos. Empresas como Mercado Libre y Bancolombia implementaron este año políticas de licencias por violencia de género, y colectivos artísticos —desde el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires hasta galería callejera en Tijuana— programaron exposiciones con obras de mujeres indígenas y afrodescendientes. Pero el cambio también llega desde lo cotidiano: talleres comunitarios sobre educación financiera para mujeres, campañas de donación de productos de higiene menstrual o incluso la decisión de dedicar 10 minutos a conversar con las niñas del barrio sobre carreras STEM. Porque un feliz Día de la Mujer auténtico comienza cuando la celebración se traduce en herramientas, visibilidad y, sobre todo, en compromisos que no caducan al terminar marzo.
El origen histórico del 8M y su evolución global*
El 8 de marzo no es solo una fecha para reconocer logros, sino un llamado a la acción que resuena con fuerza en América Latina. Mientras el <a href="https://www.cepal.org" target="blank»>informes de la CEPAL señalan que la región avanza en paridad política —con un 35% de escaños parlamentarios ocupados por mujeres—, persisten brechas salariales del 24% en sectores formales y cifras alarmantes de violencia de género. Celebrar el Día Internacional de la Mujer en 2024 exige gestos que trasciendan lo simbólico. Desde Argentina hasta México, colectivos feministas proponen alternativas concretas: talleres de autodefensa en espacios públicos, como los organizados por Las Tesis en Chile, o ferias de emprendimientos liderados por mujeres indígenas en Guatemala, donde el 60% de los ingresos familiares depende de su trabajo, según datos del <a href="https://www.bid.org" target="blank»>BID.
Una de las formas más potentes de conmemoración es visibilizar las luchas pendientes. En Brasil, el movimiento Marcha das Margaridas convoca cada año a miles de mujeres rurales para exigir acceso a tierras y créditos agrícolas, recordando que —aún en 2024— solo el 18% de las propiedades rurales están a nombre de mujeres, de acuerdo con la FAO. Otra opción con impacto directo es apoyar economías femeninas: en Colombia, redes como Mujeres que Crean conectan a consumidores con productos hechos por víctimas de violencia o desplazadas, mientras que en Uruguay, la campaña #ComprarIgualdad promueve marcas con certificaciones de equidad de género. Pequeños actos, como compartir estas iniciativas en redes o participar en sus eventos, multiplican su alcance.
La cultura también se convierte en herramienta de cambio. Bibliotecas comunitarias en Perú organizan clubes de lectura con autoras latinoamericanas silenciadas, como Clorinda Matto de Turner o Alfonsina Storni, mientras que en Costa Rica, el Festival Internacional de Cine por los Derechos Humanos dedica su programación de marzo a documentales dirigidos por mujeres. Para quienes buscan acciones individuales con eco colectivo, donar a fondos como el Fondo de Acción Urgente para América Latina —que financia abortos seguros en países con leyes restrictivas— o unirse a mentorías para jóvenes en carreras STEM (donde solo el 30% de los puestos son ocupados por mujeres en la región) marca la diferencia. El 8M, en esencia, pide menos flores y más compromiso: con el tiempo, con los recursos y con la voluntad de transformar realidades.
Diferencias clave entre conmemorar y celebrar el Día de la Mujer*
El 8 de marzo no es una fecha para felicitaciones genéricas, sino un llamado a la acción que reconoce luchas históricas y desafíos vigentes. Mientras en Argentina las calles se llenan de pañuelos verdes por el aborto legal, en México colectivos exigen justicia para las más de 10 mujeres asesinadas diariamente, según datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Celebrar este día en 2024 implica ir más allá del simbolismo: requiere gestos concretos que impulsen la equidad en una región donde, según la CEPAL, el 30% de las mujeres aún no tiene acceso a empleo formal.
Una forma significativa de marcar la fecha es apoyando economías femeninas. En Perú, redes como Manuela Ramos promueven la compra directa a emprendedoras rurales, mientras que en Colombia iniciativas como Mujeres que Crean vinculan a artesanas con mercados internacionales. Otra acción tangible es participar en talleres de educación financiera —como los que ofrece el BID Lab</em*— o donar a fondos que becan a jóvenes en carreras STEM, áreas donde solo el 35% de los puestos en Latinoamérica son ocupados por mujeres, de acuerdo con un informe de 2023 de la OEI.
El arte y la cultura también se convierten en herramientas de visibilidad. En Chile, el festival FemCine exhibe películas dirigidas por mujeres, y en Centroamérica, colectivos como La Cuerda (Guatemala) usan el muralismo para denunciar violencias. Para quienes buscan acciones individuales, compartir en redes campañas como #NiUnaMenos —con datos verificados— o leer a autoras como Gioconda Belli o María Moreno ayuda a amplificar voces históricamente silenciadas. La celebración, en esencia, debe ser un acto de memoria activa y compromiso diario.
Iniciativas latinas que están redefiniendo la equidad de género*
El 8 de marzo no es solo una fecha para reconocer logros, sino una oportunidad para impulsar acciones concretas que aceleren la equidad. En 2024, con un 50,7% de las mujeres en América Latina y el Caribe aún en empleos informales —según datos de la CEPAL—, las celebraciones adquieren un matiz más urgente. Desde campañas educativas hasta iniciativas económicas, estas son ocho formas en que empresas, colectivos y gobiernos de la región están marcando la diferencia este año.
En el ámbito laboral, programas como «Mujeres en STEM» de Costa Rica —que capacitó a 1.200 mujeres en tecnología durante 2023— demuestran cómo la formación técnica puede reducir brechas. Mientras, en Argentina, la ley de paridad de género en directorios ya obligó a 300 empresas a incluir al menos un 30% de mujeres en puestos clave. Pero el cambio también llega desde lo cotidiano: en Perú, la red de ferias «Emprendedoras sin Límites» conectó a 500 microempresarias con mercados internacionales el año pasado, duplicando sus ingresos en seis meses.
Fuera de lo económico, el arte y la memoria se vuelven herramientas. El colectivo chileno «La Rebelión del Cuerpo» llevó performances sobre violencia obstétrica a cinco países, usando el teatro para visibilizar un problema que afecta al 35% de las mujeres en la región, según la OMS. En México, el archivo digital «Voces que Transforman» rescata historias de lideresas indígenas, desde la zapatista Comandanta Ramona hasta activistas actuales que defienden territorios. Incluso en lo simbólico, hay avances: Uruguay se convirtió en el primer país de la región en declarar el 8M como día de asueto nacional, incentivando la participación en marchas y talleres.
Para quienes buscan sumarse, las opciones son tangibles. Apoyar comercios liderados por mujeres —como las tiendas solidarias de la Red Latinoamericana de Comercio Justo—, donar a fondos como el Fondo de Mujeres del Sur (que financia proyectos en 12 países), o incluso revisar los sesgos en el lenguaje cotidiano son gestos que escalan. Como señala la economista colombiana Marcela Eternod, «la equidad no se celebra con flores, sino con políticas que redistribuyan cuidados, recursos y poder». Este 8M, la región lo entiende así.
Cómo apoyar causas femeninas sin caer en el activismo performativo*
El 8 de marzo no se limita a publicaciones en redes sociales o mensajes genéricos de felicitación. Celebrar el Día Internacional de la Mujer con impacto real implica acciones concretas que trasciendan el gesto simbólico. En una región donde el 30% de las mujeres en edad laboral no participa en el mercado formal —según datos de la CEPAL—, y donde la brecha salarial alcanza el 17% en países como Chile y México, las oportunidades para generar cambio son tangibles.
Una forma efectiva es apoyar economías femeninas locales. En lugar de comprar flores importadas, optar por productos de emprendimientos liderados por mujeres: desde las cooperativas de café en Colombia hasta los talleres textiles en Perú, donde el 68% de las microempresas son dirigidas por mujeres, de acuerdo con el BID. Otra acción directa es donar a organizaciones con enfoque regional, como Mujeres en Movimiento (Argentina) o Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, que trabajan en educación financiera y prevención de violencia, dos de los mayores desafíos en la región.
Fuera del ámbito económico, el voluntariado especializado marca la diferencia. Ofrecer habilidades profesionales —desde asesoría legal hasta clases de tecnología— en refugios para víctimas de violencia o en programas de reinserción laboral, como los que impulsa la OEA en Centroamérica. También es clave exigir transparencia: preguntar a empresas y gobiernos sobre políticas de equidad de género, como lo hicieron colectivos en Uruguay que lograron que el 40% de los cargos directivos en empresas públicas fueran ocupados por mujeres en 2023. Pequeñas acciones, como corregir sesgos en conversaciones cotidianas o ceder el espacio en reuniones a voces femeninas, suman cuando se vuelven hábito.
La celebración auténtica no termina el 9 de marzo. Implica compromiso a largo plazo: suscribirse a newsletters de organizaciones como Latinoamérica Sostenible para estar informado, participar en mentorías para jóvenes en áreas STEM —donde solo el 35% de los puestos en la región son ocupados por mujeres—, o incluso revisar los patrones de consumo para priorizar marcas con certificaciones de equidad. El cambio comienza cuando la solidaridad deja de ser performativa y se convierte en parte activa de la rutina.
Acciones concretas para promover cambios en tu entorno cercano*
El 8 de marzo no se limita a publicaciones en redes sociales o mensajes genéricos. En 2024, celebrar el Día Internacional de la Mujer exige acciones que trasciendan el simbolismo y generen impacto en lo cotidiano. Desde apoyar emprendimientos liderados por mujeres hasta cuestionar estereotipos en conversaciones familiares, cada gesto cuenta. En Colombia, por ejemplo, la colectiva Mujeres que Crean demostró que destinar el 10% del presupuesto mensual a comprar productos de economías femeninas locales puede aumentar sus ingresos hasta un 30% en un año, según datos de la CEPAL.
Una forma concreta de honrar la fecha es visibilizar el trabajo no remunerado. En hogares de Perú, Argentina o México, las mujeres dedican entre 3 y 5 horas más diarias a labores domésticas que los hombres, de acuerdo con la OIT. Proponer en casa un «mapa de tareas equitativo» —donde se asignen responsabilidades como cocinar, limpiar o cuidar niñas y niños por turnos— rompe con la normalización de esta carga invisible. Otra opción es donar tiempo a organizaciones como Techo o Un Techo para mi País, donde voluntarias capacitan a mujeres en oficios técnicos en comunidades vulnerables de Centroamérica.
El ámbito laboral también requiere atención. En Brasil, empresas como Natura implementaron políticas de transparencia salarial que redujeron la brecha de género en un 15% en dos años. Aunque no todas tienen ese alcance, se puede empezar por cuestionar prácticas en el propio entorno: ¿las reuniones incluyen voces femeninas?, ¿los ascensos premian el mérito sin sesgos? Incluso en pymes, promover talleres de liderazgo para empleadas —como los que ofrece el BID Lab— marca la diferencia. Para quienes buscan opciones individuales, leer y compartir informes como «El progreso de las mujeres en América Latina» (CEPAL, 2023) ayuda a fundamentar estas conversaciones con datos.
La cultura, ese terreno donde los cambios suelen ser más lentos, admite intervenciones sencillas pero poderosas. Elegir películas dirigidas por mujeres —como «La ciénaga» de Lucrecia Martel o «Roma» de Alfonso Cuarón, con protagonistas femeninas complejas— para ver en familia o con amigas abre diálogos sobre representación. En bibliotecas comunitarias de Chile o Uruguay, donar libros de autoras latinoamericanas (Gioconda Belli, Samantha Schweblin, Rita Segato) enriquece los estantes, aún dominados por voces masculinas. Hasta el lenguaje importa: usar términos inclusivos en correos electrónicos o evitar diminutivos («chiquitas», «mujeritas») refuerza un trato igualitario.
Por último, el activismo digital puede ser estratégico si se enfoca en causas específicas. Campañas como #NiUnaMenos —que surgió en Argentina y se expandió por la región— demostraron cómo la presión en redes logra cambios legales, como las leyes contra el feminicidio en más de 15 países. En 2024, sumarse a iniciativas que exijan educación sexual integral (pendiente en naciones como Paraguay o Guatemala) o que denuncien la violencia política contra candidatas —un problema creciente en elecciones locales— amplifica el impacto. La clave está en pasar del hashtag a la acción: firmar peticiones, asistir a foros virtuales o difundir recursos como la Línea Mora (México) para mujeres en riesgo.
Hacia dónde avanza el feminismo en la región tras el 2024*
El 8 de marzo de 2024 llega en un contexto donde el feminismo latinoamericano consolida avances, pero también enfrenta retrocesos en derechos conquistados. Celebrar el Día Internacional de la Mujer ya no se limita a gestos simbólicos: colectivos en Argentina, Colombia y México han demostrado que la conmemoración exige acciones concretas. Desde marchas masivas hasta iniciativas comunitarias, estas son ocho formas significativas de marcar la fecha con impacto real.
En el ámbito laboral, empresas en Chile y Perú adoptaron políticas de transparencia salarial tras datos de la CEPAL que revelan una brecha del 22% en ingresos entre géneros en la región. Acciones como talleres de liderazgo para mujeres en pymes o la promoción de licencias parentales equitativas —como las implementadas en Uruguay— transforman la fecha en un catalizador para cerrar desigualdades. Mientras, en el espacio público, colectivos artísticos como LasTesis (Chile) o Mujeres Creando (Bolivia) convierten plazas y redes sociales en escenarios de denuncia con performances que viralizan consignas como «Sin nosotras no se mueve el mundo».
La educación también toma protagonismo. En Brasil, la campaña «Mulheres na Ciência» organizó charlas en escuelas públicas para visibilizar a investigadoras latinoamericanas, desde la matemática colombiana Ángela Restrepo hasta la astrónoma argentina Beatriz García. Otra alternativa con raíces locales: los trueques feministas, ferias donde se intercambian libros, ropa o servicios —como los que se repiten en Ciudad de México y Bogotá— mientras se debaten temas como la economía del cuidado. Incluso gestos individuales suman: donar a fondos como el Fondo de Acción Urgente para América Latina, que apoya a defensoras de derechos en riesgo, o apoyar emprendimientos liderados por mujeres indígenas, cuya participación en la economía formal apenas supera el 30%, según el BID.
La conmemoración, sin embargo, no elude la controversia. En países como Nicaragua o El Salvador, donde organizaciones feministas enfrentan restricciones, el 8M se vive entre la represión y la resistencia creativa. Allí, acciones como leer fragmentos de «El segundo sexo» en voz alta o tejer pañoletas verdes en espacios privados se vuelven actos de rebeldía. La clave, como señalan activistas, está en adaptar la celebración a cada realidad: ya sea exigiendo justicia para víctimas de feminicidio —como en Honduras, con una tasa de 6.2 casos por cada 100,000 mujeres— o celebrando los logros de leyes como la de paridad de género en Congresos, aprobada en Ecuador y Paraguay.
El 8 de marzo trasciende los gestos simbólicos cuando se convierte en acción concreta: reconocer los avances es justo, pero impulsar cambios tangibles en igualdad de oportunidades, educación y representación define su verdadero propósito. Desde apoyar emprendimientos liderados por mujeres hasta exigir políticas públicas con perspectiva de género, cada decisión individual suma a una transformación colectiva. Este año, la región demanda menos discursos y más compromisos medibles — destinar aunque sea un 1% del tiempo semanal a mentorías, donar a organizaciones locales o cuestionar estereotipos en el ámbito laboral son pasos que no admiten excusas. Con movimientos feministas más organizados que nunca en Latinoamérica, 2024 puede ser el año en que la celebración se traduzca en un salto real hacia sociedades donde la equidad deje de ser una aspiración para volverse norma.