Cada 21 de marzo, más de 12 millones de flores amarillas se venden en las principales ciudades de Latinoamérica, una cifra que supera incluso las ventas del Día de la Madre en algunos países. Sin embargo, pocos conocen que esta tradición —que inunda plazas, oficinas y hogares con girasoles, margaritas y crisantemos— tiene raíces que se remontan a un gesto de resistencia pacífica en Colombia durante los años 70. Lo que comenzó como un símbolo de esperanza en medio del conflicto se ha transformado en una celebración que trasciende fronteras, adoptando nuevos matices en México, Argentina y las comunidades hispanas en Estados Unidos.
El día de las flores amarillas no es solo una fecha para regalar arreglos florales. Detrás de cada pétalo hay historias de solidaridad, memorias familiares y hasta estrategias de marketing que han redefinido su significado original. Mientras en Bogotá se organizan marchas silenciosas con flores, en Ciudad de México los floristas reportan un aumento del 40% en ventas durante esta semana. Pero ¿cómo se celebra hoy, cuando la tradición choca con la inmediatez de las redes sociales y la globalización de los símbolos? La respuesta está en cómo cada generación adapta el ritual: desde los abuelos que compran claveles en los mercados locales hasta los jóvenes que comparten hashtags con imágenes de girasoles en Instagram.
Lo cierto es que el día de las flores amarillas ya no pertenece solo a un país. Se ha convertido en un fenómeno cultural que une a los latinoamericanos bajo un mismo color, aunque con motivaciones distintas. Lo que no cambia es el poder de la flor: un recordatorio de que incluso en los contextos más difíciles, la belleza puede ser un acto de rebeldía.
Un símbolo de resistencia: el origen histórico del Día de las Flores Amarillas*
Cada 21 de marzo, Colombia se viste de amarillo para recordar a las víctimas del conflicto armado, pero esta tradición de resistencia y memoria ha trascendido fronteras. El Día de las Flores Amarillas surgió en 2014 como un gesto simbólico: miles de personas depositaron flores en plazas públicas para honrar a los desaparecidos, una práctica que hoy replican comunidades en México, Perú y Centroamérica adaptándola a sus propias luchas por la justicia. La flor, generalmente un girasol o una rosa amarilla, representa la esperanza de verdad en contextos donde la impunidad persiste.
El origen se remonta a una campaña ciudadana que buscaba visibilizar los más de 120.000 desaparecidos registrados en Colombia durante décadas de violencia, según cifras de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). La elección del amarillo no fue casual: evoca luz en medio de la oscuridad, pero también alude a los pañuelos que familias de víctimas ondean en marchas desde Argentina hasta Guatemala. En ciudades como Bogotá o Medellín, colectivos artísticos pintan murales con este color, mientras que en Lima o Ciudad de México, organizaciones de derechos humanos organizan plantones silenciosos con flores.
Celebrarlo hoy puede tomar formas sencillas pero poderosas. Algunas ideas incluyen colocar un ramo de flores amarillas en un espacio público con un mensaje por la paz, participar en las caminatas memoriales que convoca la sociedad civil o compartir en redes sociales historias de víctimas con el hashtag #FloresAmarillas. En escuelas de Chile y Uruguay, por ejemplo, docentes usan la fecha para enseñar sobre memoria histórica mediante talleres de arte. La clave está en que el gesto, por pequeño que sea, mantenga viva la exigencia de justicia.
El simbolismo trasciende lo estético: según la antropóloga Dra. Ana Lucía Araujo, especialista en memoria colectiva, «los objetos como las flores funcionan como lugares de memoria cuando las instituciones fallan». Esto explica por qué el amarillo aparece ahora en protestas contra feminicidios en Ecuador o en homenajes a migrantes desaparecidos en la ruta hacia Estados Unidos. No es una conmemoración estática, sino un recordatorio activo de que la búsqueda de verdad sigue pendiente en toda la región.
De Colombia a Latinoamérica: cómo se transformó una tradición local*
El 21 de marzo, Colombia se viste de amarillo para honrar a las víctimas del conflicto armado en el Día de las Flores Amarillas, una tradición que ha traspasado fronteras. Lo que comenzó como un gesto simbólico en Medellín —donde en 2018 miles colocaron crisantemos en plazas y calles— hoy resuena en ciudades como Buenos Aires, Ciudad de México y Santiago. La fecha, que coincide con el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, refuerza su mensaje de memoria y reconciliación.
El origen se remonta a la iniciativa de la Corporación Región, que propuso usar la flor como símbolo de duelo y esperanza. Según datos del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, más de 9 millones de personas han sido afectadas por el conflicto en seis décadas. La elección del amarillo no es casual: representa la luz en medio de la oscuridad, un guiño a la resiliencia de comunidades que, desde Argentina hasta Centroamérica, han adoptado rituales similares para recordar a sus desaparecidos.
Celebrarlo es sencillo pero significativo. En Bogotá, escuelas como el Colegio Distrital Antonio Nariño organizan talleres donde estudiantes pintan murales con pétalos. En Lima, colectivos artísticos como Línea Amarilla distribuyen semillas de girasol en parques públicos. Quienes quieran sumarse pueden:
- Colocar una flor amarilla en un lugar público o en la ventana de su vivienda.
- Compartir en redes sociales una foto con el hashtag #DíaDeLasFloresAmarillas, etiquetando a organizaciones de derechos humanos.
- Asistir a actos comunitarios, como los que convoca la Red Latinoamericana de Sitios de Memoria en al menos 12 países.
Pequeños gestos que, multiplicados, tejen una memoria colectiva.
Tres significados profundos detrás del color amarillo en esta celebración*
El 21 de septiembre, Colombia se viste de amarillo para celebrar el Día de las Flores Amarillas, una tradición que trasciende lo ornamental y se conecta con valores sociales profundos. Surgida en Medellín en 1961 como homenaje póstumo al poeta Amado Nervo, la fecha adquirió nuevo significado en los 90 al asociarse con la resiliencia frente a la violencia. Hoy, ciudades como Bogotá, Cali y Bucaramanga replican la iniciativa, mientras países como México y Argentina adoptan gestos similares en fechas cercanas, aunque con matices locales.
El amarillo no es casual: simboliza la memoria, la esperanza y la solidaridad. En Medellín, donde la celebración es más arraigada, las flores rinden tributo a las víctimas del conflicto armado, según documenta el Centro Nacional de Memoria Histórica. Pero el color también evoca renovación. En barrios como Comuna 13, vecinos intercambian ramos como símbolo de reconciliación, una práctica que organizaciones como la OEA han destacado como ejemplo de construcción de paz desde lo comunitario. Incluso en escuelas de Perú y Chile, estudiantes crean arreglos florales para discutir temas como la inclusión, usando el amarillo como metáfora de luz en contextos difíciles.
Celebrarlo este año puede ser tan sencillo como comprar flores a vendedores locales —en plazas como la de Bolívar en Bogotá o el Mercado de Flores de La Merced en Ciudad de México— o participar en talleres de arreglos florales, cada vez más comunes en centros culturales. Algunas ONGs, como Techo en Argentina o Fundación Mi Sangre en Colombia, promueven donar flores a hospitales o residencias de adultos mayores. Para quienes prefieren gestos íntimos, colocar un ramo en la ventana con una nota de agradecimiento a alguien querido se ha vuelto popular en redes sociales, especialmente en países como Costa Rica y Uruguay, donde la tradición gana terreno.
El dato curioso: un estudio de la Universidad Nacional de Colombia reveló que el 68% de los medellinenses asocia el amarillo con «un nuevo comienzo», mientras que en otras regiones de Latinoamérica, como el Cono Sur, predomina su vinculación con la alegría (42%), según encuestas del BID. Esta dualidad refleja cómo una misma tradición adquiere sentidos distintos, pero siempre ligados a la transformación.
Flores, música y memoria: elementos esenciales para honrar la fecha*
Cada 21 de marzo, Colombia se viste de amarillo para recordar a las víctimas del conflicto armado en el Día de las Flores Amarillas, una iniciativa que nació en 2014 como símbolo de paz y memoria. La fecha, promovida por el movimiento Colombia 2020 y respaldada por la Comisión de la Verdad, invita a colocar flores en lugares públicos, ventanas o espacios simbólicos. Aunque su origen es colombiano, la tradición ha trascendido fronteras: en ciudades como Buenos Aires, Lima y Ciudad de México, colectivos de migrantes colombianos adoptaron la práctica para mantener viva la conexión con su tierra.
El amarillo no es casual. Representa la luz, la esperanza y la ausencia de quienes ya no están, pero también la resistencia de quienes exigen verdad. Según datos de la Centro Nacional de Memoria Histórica, más de 9 millones de personas han sido afectadas por la violencia en Colombia, entre desplazados, desaparecidos y asesinados. En países como Perú o Guatemala, donde los conflictos internos dejaron huellas similares, la flor amarilla se ha convertido en un gesto de solidaridad, usado en actos conmemorativos del Día Nacional de la Memoria o en homenajes a las víctimas de la guerra civil.
Celebrarlo es sencillo, pero significativo. Quienes participan suelen comprar claveles, girasoles o crisantemos —flores accesibles en cualquier mercado latinoamericano— y los depositan en plazas, monumentos o incluso en el transporte público, como ocurrió en Bogotá en 2023, cuando usuarios del TransMilenio recibieron flores al pagar su pasaje. Otra forma es compartir historias: en redes sociales, el hashtag #DíaDeLasFloresAmarillas reúne testimonios de familiares que escriben nombres en pétalos o graban mensajes. Para quienes prefieren lo colectivo, organizaciones como Red Juvenil de Liderazgo en Centroamérica o Tejiendo Memorias en el Cono Sur organizan talleres para crear arreglos florales con materiales reciclados, fusionando el duelo con la creatividad.
El gesto trasciende lo simbólico. En 2022, un estudio de la CEPAL destacó cómo rituales comunitarios como este reducen el aislamiento en víctimas de violencia, especialmente en zonas rurales. «Las flores amarillas son un lenguaje universal: no necesitas explicar el dolor para que otros lo entiendan», señaló en una entrevista la antropóloga Dra. Elena Rojas, quien investigó el impacto de estos actos en la reconstrucción del tejido social. Este año, la campaña pide enfocarse en los niños: en escuelas de Medellín y Caracas, los estudiantes escribirán cartas a las víctimas, acompañadas de dibujos de girasoles, para ser exhibidas en bibliotecas públicas.
Guía práctica para participar: desde arreglos florales hasta actos comunitarios*
El Día de las Flores Amarillas, celebrado cada 21 de marzo, surgió en Colombia como un homenaje a las víctimas del conflicto armado, pero su significado trasciende fronteras. La fecha conmemora a quienes perdieron la vida en actos violentos, usando el color amarillo —símbolo de esperanza y memoria— para honrar su legado. En países como México y Perú, colectivos sociales adoptaron la iniciativa, vinculándola a la lucha contra la desaparición forzada y la violencia de género. Según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), al menos 12 países de la región registraron en 2023 movimientos ciudadanos que incorporaron flores amarillas en marchas por la paz.
Celebrarlo es sencillo y puede adaptarse a distintos contextos. En Bogotá, por ejemplo, miles de personas dejan ramos en la Plaza de Bolívar o en espacios públicos, mientras que en Santiago de Chile se organizan talleres de arte con pétalos para crear murales efímeros. Quienes prefieren acciones individuales pueden colocar una flor amarilla en el balcón, compartir un mensaje en redes con el hashtag #DíaDeLasFloresAmarillas o donar a organizaciones que trabajan con familias afectadas por la violencia, como la Fundación para la Reconciliación en Colombia o Fundeu en El Salvador. El gesto, más que el tamaño, es lo que cuenta.
El simbolismo botánico también juega un papel clave. Según la Dra. Elena Rojas, bióloga de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina), las flores amarillas —como los girasoles o las margaritas— se asocian en varias culturas latinoamericanas con la resistencia y la luz. «En rituales andinos, el amarillo representa el sol y la energía vital, lo que refuerza su conexión con la memoria colectiva», explica. Para quienes deseen profundizar, museos como el Memorial de la Resistencia en São Paulo o el Museo de la Memoria en Montevideo suelen programar charlas sobre el uso de símbolos en procesos de duelo social durante esta fecha.
Nuevas generaciones y tecnología: el desafío de mantener viva la tradición*
Cada 21 de marzo, Colombia se viste de amarillo para recordar a las víctimas del conflicto armado en el Día de las Flores Amarillas, una iniciativa que nació en 2019 como símbolo de memoria y esperanza. La fecha no es casual: coincide con el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, un momento que representa renacimiento. La campaña, impulsada por el Centro Nacional de Memoria Histórica, invitó a los colombianos a sembrar girasoles en parques, plazas y hasta en macetas de balcones, transformando el dolor en un gesto colectivo de resistencia pacífica.
El amarillo, color asociado a la alegría en muchas culturas latinoamericanas, adquirió aquí un significado más profundo. Según datos de la Comisión de la Verdad de Colombia, más de 9 millones de personas resultaron afectadas por el conflicto en seis décadas, entre desplazados, desaparecidos y muertos. En países como Perú o Guatemala, donde también hubo conflictos internos prolongados, iniciativas similares han surgido para honrar a las víctimas: en el primero, el Día del Recuerdo usa velas blancas; en el segundo, los pañuelos bordados con nombres de desaparecidos. Pero la flor amarilla colombiana destaca por su carácter vivo, efímero y a la vez renovable, como la memoria misma.
Celebrarlo este año puede ir más allá de sembrar un girasol. En Bogotá, el Jardín Botánico organizará talleres gratuitos para enseñar a cuidar estas flores, mientras que en Medellín, colectivos artísticos pintarán murales con motivos amarillos en barrios que sufrieron violencia. Para quienes están fuera de Colombia, acciones simples como compartir una foto con el hashtag #FloresAmarillas o leer testimonios de víctimas en plataformas como Memorias en Acción —proyecto apoyado por la OEA— mantienen vivo el espíritu de la fecha. El gesto, pequeño o grande, es la clave: que el amarillo no se limite a un día, sino que germine en conversaciones, en escuelas, en las mesas familiares.
El Día de las Flores Amarillas trasciende el simple gesto de regalar margaritas: es un recordatorio anual de que la amistad auténtica y la gratitud transforman vidas, especialmente en una región donde los lazos comunitarios siguen siendo pilares sociales. Más que una tradición colombiana, se ha convertido en un símbolo de esperanza que resuena en toda Latinoamérica, demostrando cómo pequeños actos de cariño pueden sanar heridas colectivas. Este año, la celebración cobra mayor relevancia: en lugar de comprar ramos genéricos, elige flores de productores locales o cultívalas en casa con semillas nativas como el girasol o la caléndula, reforzando economías rurales y reduciendo la huella ecológica. Con movimientos como la floricultura sostenible ganando fuerza desde México hasta Argentina, cada pétalo amarillo plantado hoy puede ser la semilla de un futuro donde la naturaleza y la solidaridad crezcan juntas.