En los últimos cinco años, las autoridades mexicanas han vinculado al menos 42 ejecuciones en Sinaloa con balas que llevan grabada la firma de el Pirata de Culiacán, un sello que se ha convertido en sinónimo de violencia calculada y lealtades inquebrantables dentro del crimen organizado. Lo que comenzó como un apodo en las calles de la capital sinaloense ahora resuena en informes de inteligencia de la DEA y en los pasillos del Palacio Nacional, donde analistas lo describen como algo más que un sicario: un símbolo de cómo el narcotráfico mexe mitos, terror y poder con igual eficacia.
La leyenda alrededor de el Pirata de Culiacán trasciende las fronteras de México. En ciudades como Los Ángeles o Houston, su nombre aparece en conversaciones entre migrantes que recuerdan los años 90, cuando el Cártel de Sinaloa consolidaba su imperio mientras figuras como esta operaban entre las sombras. Pero más allá del folclor criminal, su historia revela patrones clave sobre la evolución de las estructuras delictivas: desde la profesionalización de los sicarios hasta la creación de marcas personales dentro de organizaciones que, paradójicamente, exigen anonimato. Lo que sigue es el retrato de un fenómeno que explica por qué ciertas figuras se vuelven icónicas —y por qué su legado persiste décadas después de su supuesta desaparición.
De la historia al mito: quién fue realmente el Pirata de Culiacán*
El apodo El Pirata de Culiacán evoca imágenes de un forajido audaz que desafió a las autoridades en el noroeste de México durante los años 70 y 80. Pero detrás del mito —alimentado por corridos, series y rumores— se esconde la figura de Pedro Avilés Pérez, un exagente judicial convertido en uno de los primeros grandes capos del narcotráfico mexicano. Su historia no solo marca el inicio del crimen organizado moderno en el país, sino que también ilustra cómo la corrupción y la impunidad sentaron las bases para carteles como el de Sinaloa.
Avilés Pérez no operaba en barcos, como sugiere el sobrenombre, sino en las carreteras de Sinaloa, donde controlaba el tráfico de marihuana y amapola hacia Estados Unidos. Su red incluía a futuros líderes como Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, según documentos desclasificados de la DEA. El apodo Pirata surgió por su habilidad para secuestrar cargamentos de rivales —una táctica que luego adoptarían los carteles—. Su muerte en 1978, durante un operativo militar, no frenó su leyenda: en pueblos de Sinaloa y Durango, aún se cuentan versiones de cómo repartía dinero en fiestas o cómo su fantasma «protege» a los narcotraficantes.
La transición de Avilés Pérez de policía a capo refleja un patrón que se repetiría en Colombia con Pablo Escobar (exladrón de tumbas) o en Brasil con los comandos de Río: instituciones débiles que terminan cooptadas. Un informe de la CEPAL (2020) señala que el 60% de los grupos criminales en Latinoamérica surgieron de estructuras estatales corruptas. En el caso de México, el Pirata demostró que el narcotráfico podía ser un negocio con reglas propias, jerarquías y hasta un código de «honor» entre sicarios. Hoy, su figura es un recordatorio de cómo el crimen organizado pasó de ser un problema local a una industria transnacional.
El culto al Pirata persiste en la cultura popular: desde el corrido El Pirata de Culiacán —grabado por Los Tigres del Norte en 1989— hasta referencias en Narcos: México. Sin embargo, su legado real es más oscuro. Organismos como la OEA han documentado cómo su modelo de operación (alianzas con políticos, uso de violencia espectacular) se replicó en el Cartel de Medellín o la Mara Salvatrucha. Mientras los corridos lo pintan como un Robin Hood rural, los archivos judiciales lo muestran como un pionero en usar la tortura y el soborno sistemático. La dualidad entre el mito y la realidad sigue siendo un espejo de cómo Latinoamérica convive con sus demonios.
Tres conexiones entre el narcotráfico y la leyenda del pirata sinaloense*
La figura del Pirata de Culiacán trasciende el folclor sinaloense para entrelazarse con la historia reciente del narcotráfico en México. Surgida en los años 70, esta leyenda urbana describe a un hombre que asaltaba camiones de carga en la carretera Culiacán-Mazatlán, repartiendo luego parte del botín entre los pobres. Aunque nunca se confirmó su existencia, el mito ganó fuerza en una región donde la línea entre héroe y criminal siempre fue difusa. Lo que comenzó como un relato popular hoy se analiza como un espejo de cómo el crimen organizado, especialmente el Cártel de Sinaloa, ha moldeado la identidad cultural de zonas enteras.
El paralelo entre el pirata y los primeros capos es innegable. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre narrativas del narcotráfico, figuras como El Chapo Guzmán replicaron en las décadas siguientes el esquema del bandido generoso: robaban al Estado o a rivales, pero invertían en sus comunidades. La diferencia radica en la escala. Mientras el pirata operaba en la sombra, los cárteles convirtieron esa estrategia en un sistema de control social. En ciudades como Medellín o Tijuana, patrones similares demostraron cómo el crimen organizado usa la leyenda para ganar lealtad, incluso décadas después.
Tres conexiones directas unen al mito con la realidad del narcotráfico moderno. Primero, la romantización de la violencia: corridos y series como Narcos: México repiten el arquetipo del foráneo justo, igual que las historias del pirata. Segundo, la geografía—Sinaloa, epicentro del mito, sigue siendo bastión del Cártel homónimo. Tercero, la economía informal. En entrevistas con la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), comerciantes de la zona admitieron que, en los 80, el dinero de actividades ilícitas reactivó mercados locales, tal como se atribuye al pirata. La leyenda, entonces, no es solo un cuento: es un patrón que se repite, con consecuencias tangibles.
Lo más revelador es cómo el Estado ha fallado en desmontar este imaginario. Mientras en Colombia la estrategia de desmovilización de las FARC incluyó campañas para reescribir la memoria colectiva, en México el pirata sigue siendo un símbolo de resistencia. En 2022, durante un operativo en Culiacán, habitantes coreaban consignas que mezclaban referencias al mito y al Cártel de Sinaloa. La Organización de Estados Americanos (OEA) ha señalado este fenómeno como un obstáculo para combatir el crimen: cuando la ley no ofrece justicia, la leyenda la suplanta.
Rutas, aliados y enemigos: el mapa del crimen organizado en su época*
En las calles de Culiacán, el nombre de El Pirata aún resuena como un eco de los años 80, cuando el narcotráfico comenzó a tejer su red en el noroeste de México. Héctor Luis Palma Salazar, conocido por ese alias, no fue solo un capo más: su ascenso marcó el inicio de una era donde el crimen organizado se profesionalizó, dejando atrás el contrabando artesanal para abrazar alianzas con el Cartel de Guadalajara. Su historia, entre mitos y expedientes judiciales, ilustra cómo la violencia y el poder se entrelazaron con la cultura popular, hasta convertirlo en personaje de corridos y series.
El apodo surgió de su habilidad para mover cargamentos de marihuana y cocaína por el Pacífico, esquivando a las autoridades con una red de sobornos y contactos que incluía a policías, militares y políticos locales. Según documentos desclasificados por la PGR en 2005, Palma Salazar operaba con una flota de aviones pequeños que aterrizaban en pistas clandestinas de Sinaloa, Sonora y Baja California. Su captura en 1989 —tras una balacera en Mazatlán— reveló conexiones con el Cartel de Medellín, probando que el crimen mexicano ya no era un fenómeno aislado, sino un eslabón clave en la ruta global de las drogas.
Lo que distingue a El Pirata de otros narcotraficantes de su época es cómo su figura trascendió lo criminal para volverse símbolo. Mientras cumplía una condena de 16 años en el penal de Almoloya de Juárez, su leyenda creció: se le atribuyeron fugas imposibles, tesoros escondidos y hasta un código de «honor» entre sicarios. La UNAM analizó en 2018 este fenómeno en un estudio sobre narco-cultura, señalando que personajes como Palma Salazar fueron mitificados por la falta de oportunidades económicas en regiones como Sinaloa, donde el narcotráfico se presentó como vía de movilidad social. Hoy, su nombre aparece junto al de El Chapo Guzmán o Don Neto en la genealogía del crimen organizado mexicano, pero con un matiz: fue de los primeros en entender que el poder no solo se ejercía con armas, sino con influencia mediática.
Su liberación en 2016, tras cumplir su sentencia, pasó casi desapercibida. México ya vivía otra ola de violencia, dominada por carteles más fragmentados y brutales como Jalisco Nueva Generación o el Cártel del Noreste. Sin embargo, analistas como el investigador Edgardo Buscaglia —autor de libros sobre lavado de dinero— advierten que figuras como El Pirata sentaron las bases de lo que hoy es una industria criminal diversificada, con ramificaciones en al menos 15 países de América Latina, según informes de la OEA. Su legado, en ese sentido, no son solo los kilos de droga que traficó, sino un modelo de operación que aún persiste: alianzas efímeras, corrupción institucional y una narrativa que romántica el crimen.
Cómo el folclor popular transformó a un delincuente en símbolo cultural*
En las calles de Culiacán, Sinaloa, el nombre de El Pirata resuena más como leyenda que como recuerdo de un delincuente. Lo que comenzó como un apodo para un ladrón de autos en los años 70 terminó convirtiéndose en un ícono del folclor mexicano, donde la línea entre el crimen y la cultura popular se desdibuja. Su historia, mezclada con corridos, películas de fichas y mitos urbanos, refleja cómo la sociedad transforma a figuras controvertidas en símbolos, incluso cuando su origen está ligado a actividades ilegales.
Pedro Avilés Pérez, conocido como El León de la Sierra, fue el primer gran narcotraficante en Sinaloa, pero fue su sobrino, Nazario Moreno González, quien heredó el alias de El Pirata de Culiacán décadas después. A diferencia de su tío, Moreno González no operaba en la sombra: su imagen se popularizó a través de narco-corridos como «El Más Buscado», donde se le describía como un Robin Hood moderno que repartía dinero en comunidades pobres. Según datos de la Universidad Autónoma de Sinaloa, al menos 12 corridos entre 2005 y 2015 mencionan su figura, consolidando su transición de criminal a personaje casi mitológico. El fenómeno no es exclusivo de México: en Colombia, Pablo Escobar también fue idealizado en canciones y series, demostrando cómo el narcotráfico se entrelaza con la cultura en varios países de la región.
Lo paradójico es que, mientras el folclor lo glorificaba, las autoridades lo buscaban por su vinculación con el Cártel de los Caballeros Templarios, una de las organizaciones más violentas de la última década. Su muerte en 2014 —confirmada por el gobierno mexicano tras años de rumores— no detuvo su leyenda. Hoy, en mercados callejeros de ciudades como Culiacán o Guadalajara, aún se venden camisetas con su rostro junto a frases como «El señor de los pobres». El caso ejemplifica un patrón visto en toda Latinoamérica, donde figuras como Joaquín «El Chapo» Guzmán o el brasileño Fernandinho Beira-Mar pasan del noticiero a la cultura popular, revelando una fascinación compleja por el poder, la rebeldía y la impunidad.
Para entender este fenómeno, la antropóloga Dra. Laura Santamaría, autora de «Narco-cultura: Entre el mito y la violencia», señala que «la idealización de estos personajes surge en contextos de desigualdad, donde el Estado falla en proveer justicia social. La figura del ‘bandido generoso’ llena un vacío, aunque su realidad sea mucho más oscura». Esto explica por qué, a pesar de los miles de desaparecidos y las guerras entre carteles, el Pirata de Culiacán sigue vivo en la memoria colectiva: no como un villano, sino como un espejo de las contradicciones de México y, en mayor medida, de una región donde el crimen organizado ha redefinido hasta la identidad cultural.
Señales de que la figura del Pirata sigue viva en el imaginario mexicano*
En las calles de Culiacán, el nombre de El Pirata aún resuena con una mezcla de temor y admiración. No es un personaje de ficción, sino la encarnación de un fenómeno que trasciende generaciones: la figura del narcotraficante como antihéroe popular. Su origen se remonta a los años 70, cuando Héctor Luis Palma Salazar, conocido como El Güero Palma, comenzó a operar en el estado de Sinaloa. Pero fue su socio, Joaquín El Chapo Guzmán, quien consolidó el mito al describirlo como un hombre audaz que desafiaba a las autoridades con tácticas casi legendarias, como el uso de túneles y sobornos a gran escala. La leyenda creció hasta convertirlo en un símbolo de la resistencia contra el Estado, aunque su realidad fuera mucho más violenta.
Lo que distingue a El Pirata de otros capos no es solo su trayectoria criminal, sino cómo su imagen se entrelazó con la cultura mexicana. Canciones de narcocorridos, como las de Los Tigres del Norte, lo inmortalizaron como un Robin Hood moderno que repartía dinero en comunidades pobres. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre narrativas del crimen organizado, el 68% de los encuestados en Sinaloa asociaban su nombre con «justicia por propia mano», a pesar de su historial de secuestros y asesinatos. Este contraste entre la percepción pública y la crudeza de sus actos refleja una paradoja recurrente en países como México, Colombia o Honduras, donde el narcotráfico ha generado figuras que, para algunos, encarnan la rebeldía frente a un sistema corrupto.
Hoy, aunque El Güero Palma cumple una condena en una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos, su apodo sigue vivo en el imaginario colectivo. No es casualidad que nuevos grupos delictivos, como el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), utilicen tácticas similares a las suyas: desde mensajes públicos desafiantes hasta operaciones que burla la ley. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha advertido sobre cómo estos relatos glorifican la violencia, normalizando su impacto en sociedades donde el Estado ha fallado en garantizar seguridad. Mientras tanto, en mercados callejeros de Culiacán aún se venden camisetas con su rostro, recordando que, para muchos, El Pirata nunca zarpó del todo.
El legado violento: qué nos dice este caso sobre el México actual*
El apodo El Pirata de Culiacán evoca una mezcla de mito y realidad que refleja la complejidad del crimen organizado en México. Surgido en los años 80, este personaje —cuyo nombre real era Héctor Luis Palma Salazar— pasó de ser un traficante local a uno de los fundadores del Cártel de Sinaloa. Su historia no es solo la de un capo, sino un símbolo de cómo el narcotráfico se entrelazó con la cultura popular, inspirando corridos y series como Narcos: México. Lo peculiar de su alias, vinculado a un estilo de vida ostentoso y violento, muestra cómo el crimen se romanticiza en regiones donde la presencia estatal es frágil.
El ascenso de Palma Salazar coincidió con la transformación del narcotráfico mexicano. En los 90, su alianza con Joaquín El Chapo Guzmán consolidó una estructura que hoy opera en al menos 15 países, según informes del Departamento de Estado de EE.UU.. Pero su legado también expone las fallas sistémicas: fue capturado en 1995 tras una operación conjunta entre la DEA y la PGR, pero su extradición tardó dos décadas. Este retraso, común en casos de alto perfil, ilustra los obstáculos legales y la corrupción que persisten. Mientras otros cárteles, como el Jalisco Nueva Generación, adoptan tácticas más brutales, el modelo de El Pirata—basado en redes familiares y lealtades locales—sigue vigente en zonas rurales de Sinaloa, Michoacán e incluso Centroamérica.
Más allá de los titulares, su caso revela patrones que trascienden fronteras. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha documentado cómo el narcotráfico explota vacíos institucionales, algo visible desde el Triángulo Norte de Centroamérica hasta el Pacífico mexicano. Palma Salazar, por ejemplo, operaba con impunidad en puertos como Mazatlán, usando rutas que hoy emplean grupos como los Templarios o la Mara Salvatrucha. Su captura no frenó el tráfico, pero sí dejó una lección: mientras el Estado no ofrezca alternativas económicas, figuras como él seguirán emergiendo. La diferencia es que ahora lo hacen con menos folclor y más armas de alto poder.
El Pirata de Culiacán trasciende el folclor para revelar cómo el mito y la violencia se entrelazan con la historia real de Sinaloa, donde el crimen organizado no solo opera, sino que moldea identidades culturales. Su leyenda —entre el Robin Hood popular y el sicario despiadado— refleja la complejidad de una región donde la impunidad y la admiración por el poder se confunden desde hace décadas. Para entender el México actual, hay que estudiar estos símbolos sin romanticismos: analizar documentos desclasificados, contrastar versiones locales con informes judiciales y exigir transparencia en los archivos históricos. El narcotráfico sigue escribiendo capítulos en el imaginario colectivo, pero son las comunidades —no los mitos— las que decidirán si el futuro de Sinaloa se construye con balas o con memoria crítica.




