El caso de la joven secuestrada en Ecuador que defendió a sus captores durante el juicio —incluso después de ser rescatada— volvió a poner bajo los reflectores un fenómeno psicológico tan intrigante como perturbador. El síndrome de Estocolmo no es un guion de película: es una respuesta real del cerebro ante situaciones extremas, documentada en al menos 120 casos solo en América Latina durante la última década, según datos de la Organización Panamericana de la Salud. Desde víctimas de violencia doméstica que justifican a sus agresores hasta rehenes que colaboran con delincuentes, sus manifestaciones desafían la lógica cotidiana.

Lo más inquietante es que sus señales suelen confundirse con lealtad, miedo o incluso amor, especialmente en contextos donde las relaciones de poder están distorsionadas. El síndrome de Estocolmo no distingue fronteras: aparece en secuestros express en Ciudad de México tanto como en relaciones abusivas en Miami o Santiago. Pero ¿qué lo desencadena exactamente? ¿Por qué algunas personas desarrollan este vínculo paradójico y otras no? Las respuestas van más allá del instinto de supervivencia y revelan cómo el cerebro humano puede reconfigurarse bajo presión. Los patrones, advierten los psicólogos forenses, son más predecibles de lo que parece.

De la supervivencia al vínculo: el origen psicológico del síndrome de Estocolmo*

De la supervivencia al vínculo: el origen psicológico del síndrome de Estocolmo*

El secuestro de un autobús en Bogotá en 2018 dejó una víctima inesperada: una pasajera que, tras ser liberada, defendió a sus captores y se negó a colaborar con las autoridades. Casos como este ilustran el síndrome de Estocolmo, un fenómeno psicológico en el que la persona secuestrada desarrolla apego hacia quien la retiene. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), alrededor del 8% de los rehenes en situaciones prolongadas presentan síntomas compatibles con este trastorno, aunque las cifras varían según el contexto.

Los especialistas coinciden en que el síndrome no es una enfermedad mental, sino una respuesta adaptativa extrema ante el trauma. La Dra. María González, psicóloga forense de la Universidad de Chile, explica que el cerebro activa mecanismos de supervivencia: «Cuando la vida está en riesgo, la víctima puede idealizar a su agresor como forma de reducir la ansiedad. La identificación con el captor genera una ilusión de control en un escenario caótico». Entre las señales más claras están la negación del peligro, la justificación de las acciones del agresor e incluso la hostilidad hacia quienes intentan ayudar, como ocurrió con algunas víctimas del secuestro masivo en el vuelo 375 de Aeroperú en 1996.

Identificar el síndrome requiere observar patrones concretos. Las víctimas suelen minimizar la violencia recibida («no era para tanto»), mostrar gratitud desproporcionada por gestos mínimos (como recibir comida) o aislarse de familiares y autoridades. En casos documentados por la Organización de Estados Americanos (OEA), como el de rehenes en cárceles de Venezuela, se ha visto que el síndrome se acentúa cuando el cautiverio supera las 72 horas y hay dependencia total del captor para necesidades básicas. La clave para diferenciarlo de otros trastornos —como el estrés postraumático— está en ese vínculo paradójico que desafía la lógica.

Romper este ciclo exige intervención profesional. Terapias como la desensibilización sistemática o el EMDR (usado en víctimas de violencia en Centroamérica) ayudan a reprocesar el trauma, pero el primer paso es reconocer el problema. En contextos latinoamericanos, donde el secuestro express sigue siendo una amenaza en países como México o Colombia, entender este fenómeno puede marcar la diferencia entre una recuperación integral y un daño psicológico permanente.

Tres comportamientos que revelan la presencia del síndrome en una víctima*

Tres comportamientos que revelan la presencia del síndrome en una víctima*

El síndrome de Estocolmo no es solo un concepto de películas: es un fenómeno psicológico real que puede surgir en situaciones de secuestro, violencia doméstica o abuso prolongado. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), alrededor del 8% de las víctimas de secuestro expresivo en la región desarrollan algún grado de identificación con sus captores. Este vínculo paradójico no aparece de la noche a la mañana, sino que se construye a través de comportamientos concretos que revelan su presencia.

Una de las señales más evidentes es la defensa activa del agresor, incluso en contextos donde la víctima ya está a salvo. En 2019, un caso en Colombia llamó la atención cuando una mujer secuestrada por la guerrilla durante años declaró ante la Fiscalía que sus captores «solo cumplían órdenes» y minimizó los abusos sufridos. La Dra. María González, psicóloga forense de la Organización de Estados Americanos (OEA), explica que este mecanismo funciona como un escudo emocional: «El cerebro humano prefiere crear una narrativa de lealtad antes que enfrentar el trauma de la impotencia absoluta». Otro indicio clave es la resistencia a recibir ayuda, como ocurrió con varias víctimas de trata en Argentina que rechazaron programas de reinserción social por miedo a «traicionar» a sus explotadores.

El tercer comportamiento —y quizá el más revelador— es la adopción de la cosmovisión del agresor. Esto va más allá de justificar sus acciones: implica repetir sus discursos, imitar sus gestos o incluso adoptar sus creencias. En Chile, durante la dictadura, algunos detenidos políticos desarrollaron este síndrome con sus carceleros, llegando a denunciar a otros prisioneros para ganar aprobación. La CEPAL advierte que en contextos de violencia estructural, como el crimen organizado en Centroamérica, este fenómeno se agrava por la normalización de la coerción. Identificar estas señales a tiempo puede marcar la diferencia entre una recuperación temprana y un trauma crónico.

El perfil del captor: estrategias de manipulación según criminalistas*

El perfil del captor: estrategias de manipulación según criminalistas*

El síndrome de Estocolmo surge cuando una víctima de secuestro, abuso o situación de alta coerción desarrolla un vínculo afectivo con su captor. Este fenómeno psicológico, identificado por primera vez en 1973 tras un asalto a un banco en Suecia, ha sido documentado en casos latinoamericanos como el secuestro de la empresaria colombiana Piedad Córdoba en 1999 o el de las monjas peruanas en 1996. Según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), alrededor del 8% de las víctimas de secuestros prolongados presentan síntomas compatibles con este síndrome, aunque la cifra podría ser mayor en contextos de violencia extrema.

Los especialistas señalan que el mecanismo de supervivencia es clave para entender su origen. La psicoanalista argentina Dra. Laura Gutman explica que «el cerebro, ante una amenaza constante, activa respuestas de apego hacia quien controla los recursos básicos: comida, agua o incluso la posibilidad de vivir». Esto se combina con el aislamiento forzado, donde la víctima pierde referentes externos y normaliza la dinámica de sumisión. En casos como el de las rehenes de la guerrilla del ELN en Colombia, algunas liberadas relataron haber defendido a sus captores durante años, incluso después de recuperar la libertad.

Identificar el síndrome requiere observar comportamientos paradójicos. La víctima puede justificar las acciones del agresor, minimizar el daño sufrido o incluso colaborar activamente con él. En contextos latinoamericanos, donde el secuestro express y la violencia de género persisten —según datos de la CEPAL, una de cada tres mujeres en la región ha sufrido violencia—, reconocer estas señales es crucial. Tres indicadores comunes incluyen:
rechazo a denunciar pese a tener oportunidad, idealización del captor («no es malo, solo tiene problemas») y hostilidad hacia quienes intentan ayudar, como familiares o autoridades. La intervención psicológica temprana, como la aplicada en programas de la Organización de Estados Americanos (OEA) para víctimas de trata, reduce el riesgo de cronificación.

Cómo actuar si sospechas que alguien cercano lo padece*

Cómo actuar si sospechas que alguien cercano lo padece*

El síndrome de Estocolmo surge cuando una víctima desarrolla un vínculo emocional con su captor, incluso en situaciones de abuso o peligro extremo. Aunque se popularizó por un atraco bancario en Suecia en 1973, casos recientes en Latinoamérica —como el de las mujeres rescatadas en 2022 en un operativo contra trata en Argentina o los rehenes liberados tras años en manos de grupos armados en Colombia— demuestran que el fenómeno trasciende fronteras. La clave para identificarlo radica en observar comportamientos aparentemente contradictorios: la persona justifica las acciones de su agresor, minimiza el daño sufrido o incluso lo defiende ante terceros.

Según la Dra. María González, psiquiatra de la Universidad de Chile y especialista en trauma, las señales incluyen «la resistencia a cooperar con autoridades o familiares durante un rescate, la idealización del captor como figura protectora y la negación de la gravedad de la situación». Un patrón recurrente en la región es la aparición del síndrome en víctimas de violencia doméstica o secuestros prolongados. En México, por ejemplo, el 12% de las mujeres que denunciaron violencia de género entre 2020 y 2023 mostraron síntomas de identificación con el agresor, según datos de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM). La dependencia emocional, el aislamiento forzado y la manipulación sistemática son los tres pilares que alimentan este trastorno.

Ante la sospecha de que un cercano lo padece, lo primero es evitar confrontaciones directas que puedan generar más resistencia. Expertos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) recomiendan acercarse con preguntas abiertas sobre su bienestar —«¿Cómo te sientes cuando estás con esa persona?»— en lugar de juicios. Si la situación involucra delitos, contactar a líneas de ayuda especializadas, como el 911 en la mayoría de países o el 144 en Argentina para violencia de género, sin presionar a la víctima. En contextos de secuestro o trata, organizaciones como la Cruz Roja Latinoamericana ofrecen protocolos de acompañamiento psicológico post-rescate. La recuperación suele requerir terapia especializada en trauma, donde se trabaja la reconstrucción de la autonomía y la identificación de patrones de manipulación.

Terapias efectivas para romper el ciclo de identificación con el agresor*

Terapias efectivas para romper el ciclo de identificación con el agresor*

El síndrome de Estocolmo describe un fenómeno psicológico en el que la víctima de un secuestro, abuso o situación de violencia extrema desarrolla un vínculo afectivo con su agresor. Este comportamiento, documentado por primera vez en 1973 durante un atraco bancario en Suecia, sigue siendo objeto de estudio en casos de violencia de género, secuestros y hasta relaciones tóxicas en América Latina. Según un informe de la CEPAL (2022), cerca del 30% de las mujeres en la región que sufren violencia doméstica tardan años en denunciar a sus parejas, en parte por mecanismos de identificación con el agresor similares a este síndrome.

Las señales más claras incluyen la justificación de las acciones del agresor, la minimización de la violencia recibida e incluso la defensa activa de quien ejerce el maltrato. En casos como el secuestro de la periodista colombiana Clara Rojas en 2002, liberada tras seis años en cautiverio, se observó cómo algunas víctimas adoptaban el discurso de sus captores para sobrevivir psicológicamente. Los expertos señalan que este mecanismo no es consciente: el cerebro humano, ante el terror prolongado, puede reinterpretar la dependencia como «lealtad» para reducir la ansiedad.

Las causas suelen combinarse. Por un lado, el aislamiento prolongado (físico o emocional) limita el contacto con perspectivas externas. Por otro, el agresor alterna violencia con pequeños gestos de «bondad» —como permitir una llamada familiar o dar comida—, creando una distorsión cognitiva donde la víctima asocia esos actos con «protección». Según la Dra. Ana López, psiquiatra de la Universidad de Chile, «el síndrome no es un trastorno mental, sino una respuesta adaptativa extrema. El problema es cuando persiste incluso tras salir del peligro, como ocurre en relaciones de pareja donde la mujer retira denuncias por miedo o ‘amor'».

Identificarlo requiere observar patrones: ¿la persona repite frases del agresor como propias? ¿Niegan evidencia clara de maltrato? En contextos latinoamericanos, donde el 68% de los feminicidios (datos de la OEA, 2023) son cometidos por parejas o exparejas, reconocer estas señales puede ser vital. Terapias como la desensibilización sistemática y el trabajo con redes de apoyo —familia, grupos de víctimas— ayudan a romper el ciclo. El primer paso, sin embargo, sigue siendo el más difícil: admitir que el vínculo no es amor, sino supervivencia.

Por qué los casos en Latinoamérica suelen pasar desapercibidos —y cómo cambiarlo*

Por qué los casos en Latinoamérica suelen pasar desapercibidos —y cómo cambiarlo*

El secuestro de un autobús en Bogotá en 2018 dejó una víctima inesperada: una pasajera que, tras ser liberada, defendió a sus captores y se negó a colaborar con la policía. Casos como este, donde las víctimas desarrollan lealtad hacia sus agresores, ilustran el síndrome de Estocolmo, un fenómeno psicológico que sigue siendo subdiagnosticado en Latinoamérica. Aunque el término surgió tras un atraco bancario en Suecia en 1973, psicólogos forenses de la región señalan que su prevalencia podría ser mayor de lo que reflejan las estadísticas, especialmente en contextos de violencia prolongada.

Según la Dra. María González, especialista en trauma de la Universidad de Chile, el síndrome se manifiesta en tres señales clave: negación del peligro (la víctima minimiza la gravedad de la situación), identificación con el agresor (adopta sus ideas o justifica sus actos) y rechazo a la ayuda externa. Un estudio de la OEA en 2022 reveló que en casos de violencia de género en Centroamérica, hasta un 12% de las mujeres en situaciones de cautiverio doméstico mostraron síntomas compatibles, aunque rara vez se documentan como tal. La confusión entre este síndrome y el miedo paralizante —común en secuestros express en ciudades como Caracas o Ciudad de México— dificulta su identificación.

La raíz del problema suele ser la dependencia forzada. Cuando una persona percibe que su supervivencia depende absolutamente de otra, el cerebro puede distorsionar la realidad para reducir el estrés. En Latinoamérica, esto se agrava en zonas con alta impunidad, donde víctimas de secuestros o violencia intrafamiliar evitan denunciar por temor a represalias o por creer que «no habrá consecuencias». Organizaciones como CEPAL insisten en que la formación de fiscales y trabajadores sociales en psicología del trauma es clave: en Perú, por ejemplo, un programa piloto con la Policía Nacional logró identificar 23 casos no registrados en solo seis meses.

Romper el ciclo requiere intervención especializada. Terapias como la desensibilización sistemática —usada en Brasil para víctimas de tráfico humano— o el apoyo grupal han demostrado eficacia. Pero el primer paso es visibilizar el problema. Mientras en Europa existen protocolos específicos, en la región aún falta estandarizar criterios. La Dra. González advierte: «No es amor, es un mecanismo de supervivencia. Y como sociedad, debemos dejar de romanticizarlo».

El Síndrome de Estocolmo revela cómo el cerebro humano puede distorsionar la realidad bajo presión extrema, generando vínculos irracionales con quienes ejercen violencia. Reconocer las señales —justificación del agresor, miedo a la libertad o negación del peligro— marca la diferencia entre romper el ciclo o perpetuarlo. Ante sospechas en un entorno cercano, lo urgente es buscar apoyo profesional: psicólogos especializados en trauma o líneas de ayuda como el 911 en México o el 144 en Argentina ofrecen rutas concretas. Con casos documentados desde secuestros hasta relaciones abusivas en la región, entender este fenómeno no es académico, sino una herramienta para actuar antes de que el miedo se convierta en complicidad.