El comercio global enfrenta una realidad contundente: en 2023, los aranceles aplicados a productos agrícolas en América Latina alcanzaron un promedio del 12,4%, según datos de la CEPAL, casi el doble que en economías desarrolladas. Estas cifras no son simples números en informes técnicos; se traducen en el precio de la canasta básica, en la competitividad de las pymes exportadoras o en la disponibilidad de medicamentos genéricos que dependen de insumos importados. Cuando un país ajusta sus aranceles —qué son exactamente esos gravámenes y cómo operan— determina desde el costo de un celular hasta la viabilidad de una fábrica textil en Centroamérica o el precio del trigo en los mercados mexicanos.

La discusión sobre aranceles que es su mecanismo y sus consecuencias gana relevancia en un contexto donde las tensiones comerciales entre potencias reconfiguran cadenas de suministro. Mientras algunos gobiernos los usan como escudo para proteger industrias locales, otros los reducen para atraer inversión extranjera. Lo cierto es que, más allá de los discursos políticos, su impacto llega directo al bolsillo: un arancel del 35% sobre autos eléctricos puede retrasar la transición energética en la región, y uno del 20% sobre lácteos afecta tanto al productor argentino como al consumidor colombiano. Entender su funcionamiento permite evaluar por qué, por ejemplo, un vino chileno cuesta menos en Perú que en Brasil, o cómo una guerra comercial en Asia termina encareciendo el acero para la construcción en República Dominicana.

Qué son los aranceles y por qué definen el comercio internacional*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, un mecanismo que ha moldeado el comercio internacional durante siglos. Su objetivo principal es proteger las industrias locales al encarecer los productos extranjeros, pero también generan ingresos para el Estado. En América Latina, países como Brasil y México los utilizan para regular mercados clave: mientras Brasil grava con hasta 35% las importaciones de autos para impulsar su industria automotriz, México aplicó en 2023 aranceles del 50% al acero de China para frenar su entrada masiva.

El funcionamiento es sencillo en teoría, aunque complejo en la práctica. Cuando un producto cruza una frontera, la aduana calcula el arancel según su valor (ad valorem), peso o cantidad. Por ejemplo, Colombia cobra un 20% sobre el valor de los textiles importados de Asia, según datos de la CEPAL. Estos costos se trasladan al consumidor final, elevando precios. Sin embargo, no siempre logran su cometido: un estudio del BID reveló que el 60% de los aranceles en la región benefician más a empresas grandes que a pymes, distorsionando la competencia.

El impacto económico varía según el contexto. En Argentina, los aranceles a la electrónica (hasta 35%) buscan fomentar la producción local, pero han generado escasez y mercados paralelos. En cambio, Chile —con una política de apertura— mantiene aranceles bajos (6% en promedio) y atrae inversión extranjera. La clave está en el equilibrio: según la OEA, los países con aranceles moderados y selectivos crecen un 1.8% más que aquellos con barreras excesivas. La tensión entre protección y competitividad define hoy las estrategias comerciales de la región.

Los 3 tipos de aranceles que más afectan a las economías latinoamericanas*

Los aranceles son impuestos que los gobiernos aplican a los productos importados, con el objetivo de proteger la industria local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. En América Latina, donde las economías dependen en gran medida de las exportaciones de materias primas y la importación de bienes manufacturados, estos gravámenes tienen un peso significativo. Según datos de la CEPAL, la región recauda alrededor del 12% de sus ingresos tributarios mediante aranceles, una cifra superior al promedio de los países desarrollados.

Su funcionamiento es sencillo en teoría, pero complejo en la práctica. Cuando un producto extranjero llega a un puerto —como el Callao en Perú o el Puerto de Santos en Brasil—, las autoridades aduaneras calculan un porcentaje sobre su valor (ad valorem), un monto fijo por unidad (específico) o una combinación de ambos (mixtos). Por ejemplo, Colombia aplica un arancel del 20% a los vehículos importados para incentivar la producción de la ensambladora local en Bogotá, mientras que México grava con hasta 35% algunos productos agrícolas para proteger a pequeños productores.

El impacto varía según el tipo de economía. En países con industrias incipientes, como Ecuador o Bolivia, los aranceles altos pueden encarecer bienes esenciales —desde medicinas hasta tecnología—, afectando el poder adquisitivo de la población. En cambio, naciones con sectores manufactureros más sólidos, como Argentina o Brasil, los usan como herramienta para negociar acuerdos comerciales. La Dra. Laura Rojas, economista del BID, advierte que «en una región con cadenas de suministro fragmentadas, los aranceles mal diseñados generan distorsiones: protegen a unos pocos mientras elevan costos para el resto de la economía».

Un caso emblemático es el de Chile, que redujo sus aranceles a un promedio del 6% en los 90 y logró diversificar sus exportaciones más allá del cobre. Sin embargo, la medida también expuso a sectores como la agricultura a la competencia de productos subsidiados desde Asia. El equilibrio, entonces, no está en eliminar los aranceles, sino en ajustarlos según las prioridades: desde proteger empleos hasta evitar represalias en mercados clave, como el de Estados Unidos o China.

Cómo se calculan los aranceles: ejemplos reales en la región*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de proteger la producción local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. En América Latina, su cálculo varía según el tipo de producto, el país de origen y los acuerdos comerciales vigentes. Por ejemplo, mientras México aplica un arancel del 20% a la importación de calzado de China, los países del Mercosur tienen tarifas preferenciales entre sí, que pueden reducir ese porcentaje a 0% en ciertos casos.

El mecanismo de cálculo suele basarse en el valor CIF (costo, seguro y flete) de la mercancía. Si una empresa en Colombia importa maquinaria agrícola desde Brasil por US$50.000, con un arancel del 10%, pagará US$5.000 adicionales. Sin embargo, este porcentaje puede modificarse si existe un tratado de libre comercio, como el que tiene Chile con la Unión Europea, donde muchos productos entran con aranceles reducidos o eliminados. Según datos de la CEPAL, en 2023 los aranceles promedio en la región oscilaron entre el 6% y el 14%, dependiendo del sector.

El impacto de estos impuestos va más allá del precio final. En Perú, los aranceles a los vehículos usados —que llegan al 30%— buscan fomentar la industria automotriz local, pero también encarecen el transporte para la población. En cambio, Uruguay aplicó reducciones arancelarias a insumos tecnológicos para atraer inversiones, una estrategia que, según el BID, aumentó un 12% las importaciones de ese rubro en dos años. La clave está en el equilibrio: proteger sin ahogar la competitividad.

Países con los aranceles más altos y bajos de América Latina en 2024*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los productos importados, con el objetivo de proteger la industria local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. Su funcionamiento es sencillo: cuando una mercancía cruza la frontera, el importador debe pagar un porcentaje del valor del producto —o un monto fijo por unidad— antes de que pueda ingresar al mercado interno. En América Latina, estos gravámenes varían drásticamente. Mientras países como Chile mantienen aranceles generales cercanos al 6% para la mayoría de los bienes, según datos de la CEPAL, Argentina y Brasil superan el 30% en sectores estratégicos como automoción o textiles, buscando fomentar su producción nacional.

El impacto de estos impuestos en la economía es doble. Por un lado, encarecen los productos extranjeros, lo que puede beneficiar a fabricantes locales al reducir la competencia. Un ejemplo claro es el caso de México, donde los aranceles a las importaciones de acero —que alcanzan hasta el 15%— han ayudado a sostener empleos en la industria siderúrgica de Monterrey y Puebla. Pero el efecto contrario también es real: cuando los aranceles son demasiado altos, los consumidores pagan precios más altos por bienes esenciales. En Colombia, el arancel del 20% a los vehículos usados ha generado críticas por limitar el acceso a transporte asequible para familias de ingresos medios.

La tendencia regional apunta a una reducción gradual en algunos sectores, impulsada por acuerdos comerciales. El BID señala que, entre 2020 y 2024, siete países latinoamericanos bajaron sus aranceles en productos tecnológicos para facilitar la digitalización pospandemia. Sin embargo, persisten excepciones: Perú mantiene tarifas altas en productos agrícolas para proteger a pequeños productores de la competencia de EE.UU. o China, mientras que Uruguay aplicó en 2023 un arancel del 10% a las importaciones de lácteos para salvaguardar su sector lechero. La clave, según analistas, está en el equilibrio: usar los aranceles como herramienta temporal, no como barrera permanente.

Estrategias para que las pymes reduzcan el impacto de los aranceles*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de proteger la producción local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. Su funcionamiento es sencillo: al llegar un producto extranjero al país, se le añade un porcentaje sobre su valor, lo que encarece su precio final en el mercado interno. Por ejemplo, si Colombia impone un arancel del 15% a los zapatos chinos, un par que cuesta US$50 en origen terminará valiendo US$57,5 para el consumidor local.

El impacto de estos gravámenes varía según el contexto económico. En países con industrias incipientes, como algunos de Centroamérica, los aranceles pueden dar un respiro a fabricantes locales frente a la competencia asiática o estadounidense. Sin embargo, también elevan los costos para las pymes que dependen de insumos importados. Un caso claro es el sector textil en Perú, donde el 60% de las hilaturas y tejidos provienen del exterior, según datos de la CEPAL. Cuando suben los aranceles a estos materiales, las pequeñas fábricas ven reducidos sus márgenes o deben trasladar el aumento a los precios, perdiendo competitividad.

La aplicación de aranceles no es arbitraria. Los gobiernos suelen ajustarlos según acuerdos comerciales, como los firmados en el marco de la Alianza del Pacífico o el Mercosur, donde se negocian listas de productos con tasas preferenciales. También responden a crisis específicas: en 2022, Argentina elevó los aranceles a más de 1.000 productos —desde electrodomésticos hasta vinos— para frenar la salida de divisas, una medida que afectó especialmente a las pymes uruguayas y chilenas que exportaban a ese mercado. La clave está en el equilibrio: proteger sin asfixiar el comercio regional.

Hacia dónde van los aranceles: tendencias y reformas en la próxima década*

Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de proteger la producción local, generar ingresos fiscales o regular el comercio exterior. Su funcionamiento es sencillo en teoría: al encarecer los productos extranjeros, se incentiva el consumo de mercancías nacionales y se desalienta la competencia desleal. En la práctica, sin embargo, su impacto varía según el contexto económico. Por ejemplo, mientras Colombia aplica aranceles del 10% al 20% a textiles para proteger su industria, Chile mantiene tasas más bajas (6%) en el marco de su política de apertura comercial.

El efecto de estos impuestos no se limita al precio final de los productos. Según un informe de la CEPAL (2023), los aranceles elevados en sectores como el agropecuario —comunes en países como Argentina o Perú— pueden reducir la competencia, pero también limitar el acceso a insumos clave para otras industrias. Un caso concreto es el de México, donde los aranceles a las importaciones de acero (15%) buscan fortalecer a Altos Hornos, pero encarecen los costos para fabricantes de autos que dependen de ese material. La balanza entre protección y eficiencia sigue siendo un debate abierto.

Más allá de su rol tradicional, los aranceles se han convertido en herramientas geopolíticas. La guerra comercial entre Estados Unidos y China, por ejemplo, obligó a países latinoamericanos como Brasil a ajustar sus tasas para evitar desvíos de mercancías (el llamado dumping). Mientras tanto, bloques como el Mercosur negocian aranceles comunes para productos como lácteos o vehículos, donde las asimetrías entre socios —como la diferencia entre el 35% que aplica Brasil a autos y el 0% de Paraguay— generan tensiones. La próxima década promete reformas, pero el desafío será alinear intereses nacionales con acuerdos regionales.

Los aranceles no son solo barreras comerciales, sino herramientas que moldean economías enteras: bien aplicados, protegen industrias nacientes y equilibran balanzas, pero mal calculados ahogan la competitividad y encarecen la vida cotidiana. Su impacto en América Latina es tangible, desde el precio del pan en México hasta la supervivencia de pymes textiles en Perú. Antes de abogar por su eliminación o aumento, gobiernos y empresarios deben analizar datos concretos —como el costo real de sustitutos locales o el riesgo de dependencia externa— y priorizar acuerdos regionales que mitiguen distorsiones. Con la renegociación de tratados como el T-MEC y el avance de bloques como el Mercosur, la región tiene ahora la oportunidad de convertir los aranceles en palancas de crecimiento, no en obstáculos.