El Banco Interamericano de Desarrollo calculó que los aranceles en América Latina representaron el 14% del valor total de las importaciones en 2023, una cifra que supera el promedio global y que incide directamente en el bolsillo de los consumidores. Desde el precio de un teléfono celular hasta el costo de los medicamentos, estos gravámenes —aunque a menudo pasan desapercibidos— moldean qué productos llegan a los estantes, a qué precio y con qué calidad. Pero aranceles qué es, exactamente, más allá de un impuesto en la aduana: son herramientas de política económica que pueden proteger industrias locales o desencadenar guerras comerciales, como la que tensionó las relaciones entre México y Estados Unidos en 2022 por el acero y el aluminio.
Entender aranceles qué es y cómo operan resulta clave en una región donde el 40% de las economías depende en más de un 20% del comercio exterior, según datos de la CEPAL. Mientras algunos gobiernos los usan para impulsar la manufactura nacional —como Colombia con los textiles—, otros los reducen para abaratar bienes esenciales, como Perú con los insumos agrícolas. La diferencia entre una estrategia y otra puede significar empleos salvados o inflación contenida, pero también desabastecimientos o represalias de socios comerciales. Lo cierto es que, guste o no, su impacto llega hasta la lista del supermercado.
Aranceles: la barrera invisible que moldea el comercio global*
Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, una herramienta clave para regular el comercio internacional. Su objetivo puede ser proteger industrias locales, generar ingresos fiscales o corregir desequilibrios comerciales. Por ejemplo, cuando Colombia impuso en 2022 un arancel del 20% a las importaciones de textiles asiáticos, buscaba dar un respiro a sus fabricantes nacionales, afectados por la competencia de precios bajos. No son un fenómeno nuevo: según datos de la CEPAL, los países de América Latina y el Caribe recaudaron más de US$ 78.000 millones en derechos de aduana en 2021, equivalente al 1,2% de su PIB regional.
El funcionamiento es sencillo en teoría, pero complejo en la práctica. Al llegar un producto extranjero al puerto —digamos, autos usados desde Estados Unidos a Chile—, las autoridades aduaneras calculan el arancel según el valor declarado (ad valorem), la cantidad (específico) o una combinación de ambos. Ese costo se traslada al consumidor final, encareciendo el bien. En casos como el de Argentina, donde los aranceles a los electrodomésticos importados superan el 35%, el impacto es visible: un televisor que cuesta US$ 500 en Uruguay puede llegar a US$ 700 en Buenos Aires. La Organización Mundial de Comercio (OMC) regula estos gravámenes para evitar guerras comerciales, aunque los acuerdos bilaterales —como los que tiene México con la Unión Europea— suelen flexibilizar las tasas.
El efecto en la economía varía según el contexto. Para países con industrias incipientes, como Perú en el sector agroexportador, los aranceles pueden ser un escudo temporal. Pero también distorsionan el mercado: un estudio del BID reveló que el 60% de las pymes latinoamericanas que dependen de insumos importados ven reducida su competitividad por estos costos adicionales. Brasil lo experimentó en 2020, cuando los aranceles al acero chino elevaron los precios de la construcción, frenando proyectos de infraestructura. La clave está en el equilibrio: demasiado altos, ahogan la innovación; demasiado bajos, dejan desprotegidos sectores estratégicos. La solución no es eliminarlos, sino diseñarlos con precisión.
De impuestos a herramientas estratégicas: los 3 tipos de aranceles que existen*
Los aranceles son impuestos que los gobiernos aplican a los bienes importados, pero su función va más allá de generar ingresos. Actúan como herramientas estratégicas para proteger industrias locales, regular el comercio internacional o corregir desequilibrios económicos. En América Latina, su uso varía según las prioridades de cada país: mientras México mantiene aranceles bajos para productos industriales bajo el T-MEC, Argentina los ajusta frecuentemente para controlar la balanza comercial.
Existen tres tipos principales. Los ad valorem —los más comunes— se calculan como un porcentaje del valor del producto (ejemplo: el 35% sobre autos importados en Brasil). Los específicos fijan una tarifa por unidad (como los USD 200 por tonelada de arroz que impuso Colombia en 2022 para proteger a sus productores). Los mixtos combinan ambos métodos, usados en sectores sensibles como el agropecuario. Según datos de la CEPAL, el 60% de los aranceles en la región corresponden al primer tipo, aunque los específicos ganan terreno en productos básicos.
Su impacto económico es doble. Por un lado, encarecen los bienes extranjeros y pueden reducir la competencia, como ocurrió cuando Perú subió aranceles a las importaciones de textiles chinos para impulsar su industria en 2021. Por otro, si se abusan, generan represalias: la guerra arancelaria entre Chile y Argentina por el vino en 2019 afectó exportaciones por más de USD 100 millones, según el BID. La clave está en el equilibrio: países como Costa Rica los usan para diversificar su economía, mientras Uruguay los flexibiliza para atraer inversión.
La tendencia regional apunta a una reducción gradual en bloques comerciales —como la Alianza del Pacífico— pero con excepciones estratégicas. El desafío, advierten economistas, es evitar que se conviertan en barreras disimuladas que ahuyenten inversiones o eleven costos para los consumidores.
Proteccionismo vs. libre mercado: cómo deciden los gobiernos cuándo aplicarlos*
Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de encarecer su precio y proteger la producción local. Funcionan como una barrera comercial: al aumentar el costo de los productos extranjeros, se incentiva el consumo de alternativas nacionales. Por ejemplo, cuando Argentina aplicó en 2023 aranceles de hasta el 35% a textiles provenientes de China, la industria textil local reportó un aumento del 12% en sus ventas durante el primer semestre, según datos de la Cámara Industrial Argentina.
Su mecanismo es sencillo pero de amplio alcance. Un país puede imponer aranceles ad valorem (un porcentaje del valor del producto) o específicos (una tarifa fija por unidad). Colombia, por caso, mantiene aranceles del 10% a 20% para vehículos importados, mientras que México eliminó en 2020 los aranceles a 347 productos farmacéuticos para abaratar medicamentos. La decisión no es arbitraria: la CEPAL señala que el 68% de los aranceles en Latinoamérica responden a estrategias de sustitución de importaciones o a acuerdos regionales, como los vigentes en el Mercosur o la Alianza del Pacífico.
El impacto económico varía según el contexto. Para las industrias nacientes, los aranceles actúan como un escudo temporal. Brasil lo demostró con su política de los años 70, que protegió a Embraer hasta convertirla en un gigante aeronáutico. Sin embargo, el costo suele trasladarse al consumidor: un estudio del BID de 2022 reveló que los aranceles en América Latina elevan hasta en un 15% el precio final de electrodomésticos. Además, pueden generar represalias comerciales, como ocurrió cuando Perú respondió con aranceles a las exportaciones chilenas de vino tras un conflicto por derechos de pesca en 2019.
La clave está en el equilibrio. Mientras países como Uruguay apuestan por aranceles bajos para atraer inversión, otros, como Ecuador, los ajustan según la balanza comercial. Según la OMC, la región mantiene un promedio del 7.5% en aranceles, por debajo del 9% global, pero con grandes disparidades. La decisión final depende de prioridades: ¿proteger empleos locales a corto plazo o fomentar la competencia para bajar precios? La respuesta rara vez es absoluta.
El efecto dominó: casos reales de aranceles que cambiaron economías en la región*
Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de proteger la producción local, generar ingresos fiscales o corregir desequilibrios comerciales. No son un fenómeno nuevo: en América Latina, su uso se remonta al siglo XIX, cuando países como Argentina y Brasil los implementaron para impulsar sus industrias nacientes. Hoy, siguen siendo una herramienta clave, aunque su aplicación genera debates intensos. Según datos de la CEPAL, en 2022 el 18% de los ingresos tributarios de la región provinieron de aranceles aduaneros, una cifra que supera el promedio global del 12%. Esto refleja su peso en economías donde la recaudación interna aún enfrenta desafíos estructurales.
El mecanismo es sencillo en teoría, pero complejo en la práctica. Cuando un producto extranjero llega a un puerto —digamos, autos chinos a México o textiles asiáticos a Perú—, el Estado cobra un porcentaje sobre su valor declarado. Ese costo adicional encarece el producto final para el consumidor, lo que puede desincentivar su compra y favorecer a los fabricantes locales. Sin embargo, el efecto no siempre es positivo. En 2018, Colombia aumentó los aranceles a las prendas de vestir para proteger su industria textil, pero el resultado fue mixto: mientras algunas fábricas en Medellín reportaron un repunte en ventas, los pequeños comercios fronterizos con Venezuela vieron caer sus ingresos por la reducción de importaciones informales, más baratas.
El impacto va más allá de lo económico. Los aranceles pueden tensar relaciones diplomáticas, como ocurrió en 2020 cuando Brasil y Argentina se enfrentaron por los gravámenes a las exportaciones de acero, un conflicto que terminó en la OEA. También afectan a los hogares: un estudio del BID estimó que, en países como Chile o Costa Rica, donde la canasta básica depende de importaciones, un alza arancelaria del 5% puede aumentar la inflación en 0.8 puntos porcentuales en menos de un año. La clave está en el equilibrio. Según la economista Dra. Laura Rojas, profesora de la Universidad de los Andes, «un arancel bien diseñado protege sectores estratégicos sin asfixiar al consumidor, pero requiere monitoreo constante para evitar distorsiones como el contrabando o la especulación».
La región ofrece ejemplos contrastantes. Uruguay mantiene aranceles bajos (promedio del 4%) para atraer inversión, mientras que Ecuador los usa como herramienta de sustento fiscal, especialmente tras la dolarización. Lo cierto es que, en una era de cadenas globales de suministro, los aranceles ya no son solo un instrumento nacional: su diseño debe considerar tratados como el T-MEC o la Alianza del Pacífico, donde las reglas de origen y las exenciones complican —o facilitan— su aplicación. La lección es clara: en economías abiertas, un arancel mal calculado puede convertirse en un boomerang.
Cómo calcular el costo real de un arancel en tus importaciones o exportaciones*
Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados o, con menos frecuencia, exportados. Su objetivo principal es proteger la producción local al encarecer los productos extranjeros, aunque también sirven para generar ingresos fiscales. En América Latina, donde las economías dependen en gran medida del comercio exterior, estos gravámenes pueden alterar desde el precio de un electrodoméstico en Chile hasta el costo de los insumos agrícolas en Colombia.
El funcionamiento es sencillo en teoría, pero complejo en la práctica. Cuando una empresa peruana importa maquinaria desde China, debe pagar un porcentaje del valor del producto como arancel, que varía según la clasificación arancelaria (partida arancelaria) asignada por cada país. Por ejemplo, mientras México aplica un 20% a ciertos textiles para proteger su industria, Uruguay puede tener aranceles cercanos al 0% en el mismo rubro bajo acuerdos del Mercosur. La Organización Mundial de Comercio (OMC) regula estos porcentajes para evitar guerras comerciales, aunque los bloques regionales, como la Alianza del Pacífico o la CAN, negocian sus propias excepciones.
El impacto económico va más allá del precio final. Según un informe de la CEPAL de 2023, los aranceles elevados en sectores clave —como el automotriz en Brasil o el agropecuario en Argentina— pueden reducir la competitividad de las pymes locales que dependen de insumos importados. Un caso concreto es el de Costa Rica: tras bajar aranceles a componentes electrónicos en la última década, el país atrajo inversión extranjera y hoy exporta dispositivos médicos a Estados Unidos. Sin embargo, el mismo mecanismo perjudicó a fabricantes de muebles en Guatemala, incapaces de competir con productos asiáticos de bajo costo.
Calcular el costo real de un arancel exige considerar no solo el porcentaje oficial, sino también gastos ocultos: trámites aduaneros, almacenamiento en puertos o demoras logísticas. En países con infraestructura limitada, como Bolivia o Paraguay, estos sobrecostos pueden duplicar el impacto inicial del impuesto. La clave está en analizar si el beneficio —protección de empleos o ingresos fiscales— justifica el encarecimiento de la canasta básica o la pérdida de oportunidades para sectores exportadores.
Guerras comerciales y acuerdos: qué puede esperar América Latina en la próxima década*
Los aranceles son impuestos que un gobierno aplica a los bienes importados, con el objetivo de proteger la producción local, generar ingresos fiscales o corregir desequilibrios comerciales. Funcionan como una barrera económica: al encarecer los productos extranjeros, buscan incentivar el consumo de mercancías nacionales. Por ejemplo, si Colombia impone un arancel del 20% a los autos importados de México, un vehículo que cueste US$20.000 en origen terminará valiendo US$24.000 para el consumidor colombiano. Este mecanismo no es nuevo, pero su uso estratégico ha ganado relevancia en la última década, especialmente en economías emergentes.
El impacto de los aranceles varía según el contexto. Para países con industrias incipientes, como algunos de Centroamérica, pueden ser una herramienta clave para desarrollar sectores como el textil o el agropecuario sin la competencia desleal de potencias manufactureras. Sin embargo, la CEPAL advierte que, mal aplicados, estos impuestos también distorsionan los precios, reducen la variedad de productos disponibles y, en casos extremos, desencadenan guerras comerciales. Un caso reciente fue la tensión entre Brasil y Argentina en 2022, cuando este último país elevó aranceles a productos brasileños como respuesta a restricciones a sus exportaciones de vino y lácteos. El conflicto se resolvió tras mediación del Mercosur, pero dejó en evidencia la fragilidad de los acuerdos regionales.
Más allá de la protección industrial, los aranceles tienen efectos directos en el bolsillo de los ciudadanos. Según un estudio del BID, en 2023 el 15% del costo de los electrodomésticos en Perú se debía a impuestos de importación, mientras que en Chile, donde los aranceles son más bajos, ese porcentaje no superaba el 5%. La diferencia explica por qué algunos productos son significativamente más caros en un país que en otro, incluso dentro de la misma región. Para las empresas, especialmente las pymes, navegar estas regulaciones implica costos adicionales en logística y asesoría legal, lo que puede limitar su capacidad de competir en mercados internacionales.
Los aranceles son más que un simple impuesto a las importaciones: son herramientas estratégicas que moldean industrias locales, protegen empleos y redefinen la competitividad de los países. Su impacto va desde el bolsillo del consumidor hasta la balanza comercial nacional, por lo que entender su funcionamiento permite a empresas, gobiernos y ciudadanos anticipar cambios en precios, producción y relaciones internacionales. Para los emprendedores latinoamericanos, la clave está en analizar los aranceles vigentes en su sector antes de planificar cadenas de suministro o expandir mercados, usando plataformas oficiales como los portales de aduanas o los acuerdos comerciales de bloques como el Mercosur o la Alianza del Pacífico. Con una ola de revisión arancelaria en la región —desde la reducción de impuestos a insumos tecnológicos en México hasta los ajustes en Argentina para proteger su industria— quien domine estas reglas hoy estará un paso adelante en el comercio del mañana.




