El Instituto Nacional de Antropología e Historia de México registró un aumento del 40% en la práctica de juegos tradicionales mexicanos durante festividades comunitarias entre 2022 y 2023, un dato que contrasta con la creencia de que estas actividades habían desaparecido bajo el peso de la tecnología. Lo que persiste no es solo nostalgia, sino una red invisible de transmisión cultural: abuelos que enseñan a sus nietos los secretos del trompo, padres que reviven el balero en parques públicos o escuelas rurales donde la rayuela sigue marcando el ritmo del recreo.
Estas dinámicas, lejanas a las pantallas pero cercanas al corazón de millones, revelan cómo los juegos tradicionales mexicanos funcionan como puentes entre generaciones. No se trata de simples pasatiempos, sino de códigos compartidos que activan memorias colectivas —desde el sonido del tejo al chocar contra el tablero hasta la estrategia silenciosa del juego de la lotería—. Su vigencia plantea preguntas sobre qué otros saberes cotidianos podrían estar resurgiendo en la región, y por qué estas prácticas, aparentemente simples, logran algo que pocas innovaciones modernas consiguen: mantener viva la conversación entre el pasado y el presente.
Raíces culturales: el origen de los juegos tradicionales en México*

Desde las calles empedradas de Oaxaca hasta los patios de escuelas rurales en Chiapas, los juegos tradicionales mexicanos resisten el paso del tiempo. No son simples pasatiempos: representan una herencia cultural que, según un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sigue siendo transmitida en el 68% de los hogares con niños entre 6 y 12 años. Cinco de ellos destacan por su capacidad para unir abuelos, padres y nietos en una misma dinámica, sin necesidad de pantallas ni tecnología.
El balero, ese pequeño objeto de madera con una bola atada a un cordel, es quizá el más reconocible. Su origen se remonta a la época prehispánica, aunque versiones similares existen en Perú y Colombia bajo nombres como emboque o cup-and-ball. Lo singular en México es su adaptación con materiales locales: en Michoacán, por ejemplo, aún se tallan baleros de madera de copal, mientras que en ciudades como Monterrey se comercializan versiones plásticas. Su reglas son simples —lograr que la bola caiga en el hueco—, pero la destreza que exige lo convierte en un reto generacional. No es raro ver a un niño de 8 años competir con su abuelo de 70 en una plaza pública, ambos concentrados en el mismo movimiento de muñeca.
Otros juegos, como la lotería, trascienden lo lúdico para convertirse en símbolos de identidad. A diferencia del bingo europeo, la versión mexicana incluye imágenes como el borracho, la sirena o el valiente, ilustraciones que reflejan la vida cotidiana del siglo XIX. Según la antropóloga Dra. Elena Poniatowska, estas cartas son «una enciclopedia visual de la cultura popular», donde cada dibujo cuenta una historia. Su popularidad en fiestas patronales —desde Guanajuato hasta Yucatán— demuestra cómo un juego de azar puede ser también un acto de memoria colectiva. Incluso en comunidades migrantes de Estados Unidos, la lotería se usa para enseñar español a los más jóvenes, mezclando tradición y aprendizaje.
Completan la lista el trompo, cuya técnica de «bailar» sobre la punta desafía la física; las canicas, cuyo intercambio entre niños repite dinámicas de trueque precolombinas; y el resorte, ese elástico que salta entre piernas al ritmo de canciones como «A la una, a las dos, a las tres…». Lo notable es su adaptabilidad: en zonas urbanas de la Ciudad de México, los resorte se juegan con ligas de colores, mientras que en pueblos de Guerrero aún se usan hules reciclados de cámaras de bicicleta. La Organización de Estados Americanos (OEA) los ha destacado como ejemplos de cómo el patrimonio inmaterial se reinventa sin perder esencia.
De la lotería al trompo: cinco juegos que resisten al tiempo*

En plazas de Oaxaca, patios de Bogotá o parques de Santiago, los juegos tradicionales mexicanos siguen rompiendo barreras generacionales. Mientras los niños aprenden a lanzar el trompo con la misma destreza que sus abuelos, estos pasatiempos —que combinan habilidad, estrategia y hasta un toque de suerte— demuestran que no necesitan pantallas para mantenerse vivos. Un estudio de la CEPAL sobre cultura popular en 2022 reveló que el 68% de los adultos mayores en Latinoamérica practica o enseña juegos tradicionales a menores, un puente que fortalece la memoria colectiva.
El trompo lidera la lista. Fabricado en madera y con una punta de metal, su giro hipnótico exige paciencia: desde enrollar la cuerda hasta dominar el «bailarín» (hacerlo girar sobre la palma). En ferias de Puebla o mercados de Lima, aún se ven competencias donde el objetivo es «matar» el trompo contrario. Le sigue la lotería, ese juego de azar con imágenes de el borracho o la dama que, según la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se popularizó en el siglo XVIII como una adaptación local de los naipes europeos. Hoy, familias enteras se reúnen en Navidad para gritar «¡Buenas!» al completar su cartón.
La rayuela —con su cuadrícula numerada en el suelo— y el balero (una bola atada a un mango de madera) completan este quinteto. El primero, heredado de los colonizadores españoles, se juega desde Argentina hasta México con reglas que varían: en Chile, por ejemplo, se usa una teja en lugar de la tradicional piedra. El balero, en cambio, exige coordinación para ensartar la bola en el gancho, una habilidad que niños en escuelas rurales de Guatemala o Perú practican durante los recreos. Estos juegos, más que entretenimiento, son herramientas pedagógicas: desarrollan motricidad, concentración y hasta enseñan historia a través de sus orígenes.
Su persistencia no es casual. Organizaciones como el BID han documentado cómo comunidades indígenas —desde los mayas en Yucatán hasta los mapuches en el sur de Chile— usan estos juegos para transmitir valores como la paciencia o el trabajo en equipo. En un mundo donde el 70% de los niños latinoamericanos tiene acceso a dispositivos digitales antes de los 5 años (datos de UNICEF), el trompo y la lotería ofrecen algo que las apps no pueden: el peso de una tradición que se toca, se comparte y, sobre todo, se siente.
Más que diversión: los valores que transmiten estas tradiciones*

En plazas polvorientas, patios escolares o reuniones familiares, los juegos tradicionales mexicanos resisten el paso del tiempo como puentes entre abuelos, padres y niños. Más que entretenimiento, estas dinámicas transmiten valores de cooperación, creatividad y respeto por las raíces culturales. Un estudio de la CEPAL en 2022 destacó que el 68% de las comunidades rurales en América Latina conservan prácticas lúdicas ancestrales como mecanismo de cohesión social, y México no es la excepción.
El rompecabezas de olor —conocido en otras regiones como «lotería de olores»— desafía a los participantes a identificar hierbas, frutas o especias solo con el aroma. Este juego, común en ferias de Puebla y Oaxaca, enseña a los más jóvenes sobre biodiversidad local mientras fortalece la memoria sensorial. Otra tradición vigente es la rayuela, que en México incorpora versos y canciones infantiles para marcar los saltos. Su versión con tiza en el suelo o piedras como marcadores refleja la adaptabilidad de estas costumbres a distintos contextos, desde barrios urbanos hasta comunidades indígenas.
La pirinola, ese trompo de madera con acciones como «toma todo» o «pon uno», sigue siendo un símbolo de equidad y manejo de emociones. En escuelas de Chiapas y Yucatán, maestros lo usan para explicar conceptos matemáticos básicos o resolver conflictos entre compañeros. Mientras, el balero —popular también en Perú y Colombia— desarrolla la paciencia y la coordinación motriz, habilidades que psicólogos infantiles vinculan con un mejor rendimiento académico. Estos juegos, aparentemente simples, cargan siglos de sabiduría comunitaria.
Quizás el ejemplo más revelador sea el juego de la olla, donde un participante con los ojos vendados debe romper una vasija de barro colgada. Más allá de la diversión, representa la superación de obstáculos y la confianza en el grupo. En festival de pueblos como Tlaxcala, esta dinámica se mezcla con danzas tradicionales, mostrando cómo el juego y la identidad cultural se entrelazan. La OEA ha señalado que iniciativas para revivir estas prácticas reducen la brecha generacional en un 40%, probando que lo ancestral puede ser la clave para entender el presente.
Dónde jugar y cómo enseñarlos a las nuevas generaciones*

En plazas de Oaxaca, patios de escuelas rurales en Guatemala o parques de Bogotá, los juegos tradicionales mexicanos siguen rompiendo barreras de edad. El balero, la lotería y el trompo no son solo recuerdos de infancia: son herramientas que abuelos, padres y educadores usan para transmitir valores como la paciencia, la creatividad y el trabajo en equipo. Un estudio de la CEPAL en 2022 reveló que el 68% de los niños en América Latina aprenden mejor habilidades socioemocionales a través de juegos no digitales, especialmente aquellos con raíces culturales.
El juego de la rayuela, por ejemplo, va más allá de saltar entre casillas numeradas. En comunidades de Chiapas y hasta en barrios de Montevideo, se adapta con materiales locales: desde tizas en cemento hasta ramas para dibujar en tierra. La Dra. Elena Rojas, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, destaca que este juego «fortalece la coordinación motriz y enseña a seguir reglas, algo clave en entornos con acceso limitado a educación formal». Lo mismo ocurre con el avión (o paparrucha en otros países), donde una simple cuerda elástica se convierte en un espacio de cooperación entre generaciones.
Para enseñarlos, no se necesita más que curiosidad. En escuelas de Perú, profesores integran la lotería —con sus imágenes de «el borracho» o «la dama»— para reforzar vocabulario y memoria. Mientras, en ferias de pueblo de El Salvador, el trompo de madera gira entre manos de niños y abuelos, mostrando que la destreza no tiene edad. La clave está en empezar con versiones simplificadas: usar un balero de plástico antes que uno de madera tallada, o dibujar rayuelas más pequeñas. Así, lo tradicional no compite con lo moderno, sino que lo complementa.
Materiales auténticos vs. versiones modernas: qué elegir*

En plazas de Oaxaca, patios de escuelas rurales en Chiapas o parques de la Ciudad de México, es común ver a abuelos enseñando a sus nietos el trompo, niños desafiándose con la pirinola o familias enteras organizando torneos de lotería. Estos juegos tradicionales mexicanos resisten el paso del tiempo y la competencia de las pantallas, manteniendo viva una herencia cultural que trasciende fronteras. Según un estudio de la CEPAL sobre patrimonio inmaterial en América Latina, el 68% de las comunidades que preservan juegos ancestrales reportan mayor cohesión familiar y transmisión de valores intergeneracionales.
El balero, por ejemplo, sigue siendo un símbolo de paciencia y destreza. Fabricado originalmente con madera y cuerda, hoy se encuentra en versiones plásticas, pero su esencia permanece: lograr ensartar la bola en el mango con un movimiento preciso. En escuelas de Guatemala y El Salvador, maestros lo usan para enseñar física básica a través del movimiento pendular. Mientras, la lotería —con sus imágenes de el borracho o la dama— se reinventa en aplicaciones digitales, aunque puristas insisten en que el ritual de gritar «¡Buenas!» al ganar no es lo mismo sin las cartas de papel y los porotos como fichas.
Otros tres juegos que persisten son el yoyó, introducido por los filipinos durante la colonia pero adoptado como propio; el rompecabezas de madera, que en pueblos de Michoacán aún se tallan a mano con motivos purépechas; y las canicas, cuyas partidas en círculos dibujados con tiza en el suelo reúnen a niños en Colombia, Perú y México por igual. La antropóloga Dra. Elena Rojas, autora de «Juego y memoria en Latinoamérica», señala que estos pasatiempos «no son solo entretenimiento, sino códigos de identidad que enseñan reglas sociales, matemáticas básicas y hasta historia local». Basta ver cómo un niño aprende a ceder su turno en una ronda de pirinola o a negociar canicas para entender su valor formativo.
La clave de su supervivencia está en la adaptabilidad. En mercados de artesanías de Puebla o Querétaro, es posible encontrar versiones ecológicas de estos juegos, fabricados con materiales reciclados. Incluso en países como Argentina o Chile, donde no son originarios, se han integrado a festivales culturales como puente entre comunidades migrantes y locales. El desafío, según educadores, es equilibrar la innovación sin perder el alma del juego: esa mezcla de competencia sana, creatividad y risas que no requiere baterías ni conexiones a internet.
El riesgo de perderlos y cómo las comunidades los mantienen vivos*

En plazas polvorientas, patios escolares o bajo la sombra de un árbol, los juegos tradicionales mexicanos resisten el embate de las pantallas. Mientras un estudio de la CEPAL de 2022 advertía que el 68% de los niños en América Latina pasaban más de tres horas diarias frente a dispositivos digitales, comunidades rurales y urbanas en México han convertido estos juegos en un puente entre abuelos, padres e hijos. No se trata solo de nostalgia: son herramientas de identidad que enseñan trabajo en equipo, creatividad y conexión con el entorno.
El rompehielos —un círculo donde los participantes corren al ritmo de una canción hasta que alguien grita «¡Alto!»— sigue siendo un recurso común en escuelas de Oaxaca y Chiapas para romper el hielo en grupos nuevos. Más al norte, en Sonora, el burno (una variante de las canicas con hoyos en la tierra) desafía la paciencia y la puntería de niños y adolescentes, mientras los adultos recuerdan cómo lo jugaban con piedras pulidas o semillas. Estos juegos, que exigen poco más que espacio y ganas, han encontrado un aliado inesperado: talleres comunitarios donde maestros rurales los integran a clases de matemáticas (contando puntos) o historia (recreando dinámicas prehispánicas).
Otros tres ejemplos revelan su adaptabilidad. La lotería, con sus imágenes de el borracho o la dama, trasciende fronteras: en Colombia se juega con escenas costeras, pero en México conserva su esencia como juego de mesa familiar en noches de lluvia. El balero, ese palito con una bola atada, ahora se fabrica con materiales reciclados en talleres del Estado de México, donde jóvenes lo usan para explicar física básica. Y el avioncito (o papagayo), que en pueblos de Guerrero aún se elabora con papel de china y varas de ocote, compite en festivales donde el premio no es dinero, sino el orgullo de mantener viva una tradición. La clave, según documenta el programa «Cultura Comunitaria» de la Secretaría de Cultura mexicana, está en que estos juegos no se preservan en museos, sino en la práctica cotidiana.
El riesgo de perderlos no es abstracto. En ciudades como Monterrey o Guadalajara, encuestas locales señalan que solo el 30% de los niños menores de 12 años conoce las reglas de un juego tradicional. Pero donde el olvido acecha, surgen iniciativas como la Red de Juego Tradicional, que desde 2020 capacita a promotores culturales en cinco estados para enseñar estas dinámicas en parques y bibliotecas. Su método es simple: invitan a los abuelos a ser los maestros. Así, entre risas y tropiezos, lo que era un pasatiempo se convierte en un acto de resistencia cultural.
Los juegos tradicionales mexicanos son mucho más que un pasatiempo: son un legado vivo que fortalece la identidad cultural y teje lazos entre abuelos, padres e hijos. Su valor radica en transmitir historia, creatividad y valores comunitarios sin necesidad de pantallas ni tecnologías, solo con lo esencial: la interacción humana. Para mantener viva esta tradición, basta con dedicar una tarde al mes a enseñar a los más jóvenes las reglas del rompecabezas tarahumara o a organizar una ronda de la lotería en reuniones familiares. Mientras países de la región rescatán sus juegos autóctonos como patrimonio inmaterial, México tiene la oportunidad de liderar este movimiento, demostrando que la diversión más auténtica sigue naciendo en los patios, las plazas y las mesas de cocina.




