El experimento más grande de Europa con la jornada laboral de 40 horas —implementado en 2022 con más de 2.500 trabajadores en 61 empresas— arrojó resultados que desafían décadas de cultura corporativa: la productividad se mantuvo igual o mejoró en el 88% de los casos, mientras el estrés laboral cayó un 39%. Los datos, publicados en The Lancet, no son un fenómeno aislado: desde Islandia hasta Japón, la reducción de horas sin recorte salarial ya no es una utopía, sino una estrategia con evidencia concreta.
En América Latina, donde el 43% de los empleados trabaja más de 45 horas semanales (según la OIT), el debate toma otro matices. La jornada laboral de 40 horas no es solo un tema de bienestar, sino de competitividad: empresas en México y Colombia que adoptaron modelos flexibles reportan hasta un 22% menos de rotación de personal. Pero la transición exige más que buena voluntad. Desde ajustes legales hasta la reorganización de equipos, los obstáculos son reales —y superables con planificación.
Lo que sigue son las claves para entender por qué este modelo gana terreno, qué barreras enfrenta en la región y cómo las pymes y multinacionales pueden adaptarse sin poner en riesgo sus operaciones. Los casos de éxito ya existen; falta saber cómo replicarlos.
De la teoría a la práctica: qué implica realmente una jornada de 40 horas*

La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales ya no es solo un debate teórico en Latinoamérica. Países como Chile y Panamá avanzaron en su implementación durante 2023, mientras que Colombia y México analizan proyectos similares. El argumento central no gira solo alrededor del bienestar de los trabajadores, sino de un cálculo económico concreto: según un estudio de la CEPAL, empresas que adoptaron horarios reducidos en Brasil y Argentina reportaron un aumento del 12% en productividad durante los primeros 18 meses. La clave está en optimizar las horas efectivas de trabajo, eliminando tiempos muertos y reuniones improductivas.
Sin embargo, el cambio no es automático ni exento de obstáculos. En sectores como el retail o la manufactura —donde el 68% de la fuerza laboral en la región está empleada, según datos del BID—, la transición exige reorganizar turnos, invertir en tecnología o incluso contratar personal adicional. Un caso emblemático es el de una cadena de supermercados en Costa Rica que, al reducir la jornada, tuvo que rediseñar sus horarios de apertura y capacitar a los equipos en gestión del tiempo. El resultado: mantuvieron el mismo nivel de ventas, pero con un 20% menos de rotación de personal.
Para las pymes, el desafío es aún mayor. La Dra. María González, especialista en derecho laboral de la Universidad de los Andes, advierte que «la flexibilidad en la implementación es crítica: no se trata de imponer un modelo rígido, sino de adaptarlo a realidades como el comercio informal o los emprendimientos familiares». En Perú, por ejemplo, el gremio de restaurantes logró negociar un período de adaptación de tres años, combinando la reducción horaria con incentivos fiscales. La experiencia sugiere que el éxito depende menos del tamaño de la empresa y más de un plan gradual, con métricas claras y participación activa de los trabajadores.
Productividad vs. bienestar: los beneficios (y mitos) de reducir la semana laboral*

La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales avanza en América Latina, impulsada por proyectos legislativos en países como Chile, México y Colombia. Aunque el debate suele polarizarse entre productividad y bienestar, la experiencia de empresas que ya adoptaron este modelo —como la chilena SalfaCorp o la argentina Mercado Libre en algunas áreas— muestra que ambos objetivos no son excluyentes. Un estudio de la CEPAL en 2023 reveló que el 68% de las pymes que probaron horarios reducidos mantuvieron o aumentaron su producción, mientras el ausentismo laboral cayó un 20% en promedio.
El principal beneficio radica en la salud mental. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud, el 40% de los trabajadores en la región reporta síntomas de agotamiento crónico, cifra que desciende a la mitad en empresas con jornadas de 8 horas diarias o menos. La Dra. Laura Mendoza, investigadora de la Universidad de Costa Rica, explica que «la concentración efectiva rara vez supera las 6 horas continuas; después, el cerebro opera en modo automático, con mayor riesgo de errores». Esto se traduce en menos accidentes laborales —como los registrados en la industria manufacturera de Brasil, donde la reducción de horarios disminuyó incidentes en un 15%— y en una rotación de personal hasta 30% menor.
Sin embargo, la implementación enfrenta desafíos concretos. Sectores como el retail o la agricultura, donde el 70% de la fuerza laboral en países como Perú y Ecuador opera bajo esquemas informales, requieren adaptaciones graduales. En Uruguay, por ejemplo, el gobierno impulsó en 2024 un programa de subsidios para pymes que reduzcan horarios sin recortar salarios, mientras que en Panamá se prueba un modelo híbrido: 40 horas en oficina más 5 horas remotas opcionales. La clave, según el Banco Interamericano de Desarrollo, está en combinar la medida con capacitación en gestión del tiempo y tecnologías que optimicen procesos repetitivos.
Para las empresas que evalúan el cambio, especialistas recomiendan empezar con pilotos en áreas críticas: priorizar equipos creativos o de toma de decisiones —donde la fatiga impacta más— y medir resultados trimestrales. La experiencia de Natura en Brasil demostró que, al eliminar reuniones innecesarias y automatizar reportes, se liberaron 120 horas anuales por empleado sin afectar metas. El error común, advierte la OIT, es replicar modelos europeos sin ajustar realidades locales, como los largos tiempos de transporte en ciudades como Bogotá o Ciudad de México, que ya restan horas de descanso.
Tres modelos exitosos de 40 horas en empresas latinoamericanas*

La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales avanza en Latinoamérica, impulsada por evidencia que vincula menos horas de trabajo con mayor productividad y bienestar. Chile lidera el cambio con su ley aprobada en 2023, que reduce gradualmente la semana laboral de 45 a 40 horas, mientras que México y Argentina debaten propuestas similares. Un estudio de la CEPAL en 2023 reveló que empresas con jornadas más cortas en la región reportaron un aumento del 12% en la eficiencia, al reducir el ausentismo y mejorar la concentración de los equipos.
El modelo de Laboratoria, con sedes en Perú, Chile y México, demuestra los beneficios prácticos. Desde 2022, la empresa tecnológica implementó la semana de 40 horas sin reducir salarios, reorganizando reuniones y priorizando tareas. «La clave estuvo en eliminar horas improductivas y capacitar a los líderes para gestionar el tiempo con métricas claras», explicó su directora de Personas. Otro caso es el banco Bancolombia, que en 2023 adoptó viernes cortos para áreas operativas, logrando una reducción del 20% en rotación de personal.
Sin embargo, los desafíos persisten, especialmente en pymes y sectores como manufactura o retail. Según el BID, el 65% de las pequeñas empresas en la región temen que la transición aumente costos operativos. La solución, sugieren expertos, pasa por adoptar tecnologías de automatización y rediseñar procesos. Por ejemplo, la cadena de supermercados Cencosud en Argentina optimizó turnos con inteligencia artificial, manteniendo cobertura sin extender horarios. La OIT recomienda pilotear el modelo en áreas específicas antes de escalarlo.
Para implementar el cambio en 2024, las empresas pueden seguir pasos concretos: auditar el uso actual del tiempo (identificando reuniones redundantes o tareas repetitivas), capacitar en gestión ágil y medir resultados con indicadores como satisfacción laboral y cumplimiento de objetivos. La experiencia de Mercado Libre, que probó la medida en su sede de Uruguay, muestra que incluso en entornos de alta demanda, una planificación rigurosa permite mantener resultados con menos horas.
Cómo negociar la transición sin afectar operaciones o salarios*

La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales avanza en América Latina, impulsada por proyectos legislativos en países como Chile, México y Colombia. En Chile, la reforma aprobada en 2023 estableció una transición gradual que culminará en 2028, mientras que en México, la iniciativa presentada en 2024 propone ajustes en el Código Federal del Trabajo. El objetivo es claro: mejorar la calidad de vida sin sacrificar productividad, un equilibrio que empresas como Mercado Libre y Natura ya prueban con modelos híbridos en la región.
Los beneficios son respaldados por datos. Según un estudio de la CEPAL y la OIT (2023), reducir la jornada a 40 horas podría aumentar la productividad hasta un 12% en sectores administrativos, gracias a la disminución del ausentismo y la rotación laboral. En Brasil, donde empresas como Ambev implementaron horarios flexibles, se registró una caída del 18% en licencias médicas por estrés. Sin embargo, el desafío radica en sectores intensivos como manufactura o agricultura, donde el 63% de las pymes latinas —según un informe del BID— temen costos adicionales por contratar más personal o ajustar turnos.
La clave para una transición exitosa está en la planificación. En Uruguay, cooperativas agropecuarias adoptaron un sistema de turnos rotativos que mantuvo la producción sin recortar salarios, mientras que en Perú, el Ministerio de Trabajo recomienda tres pasos: auditar procesos para eliminar horas improductivas, capacitar equipos en gestión del tiempo y negociar con sindicatos acuerdos por etapas. La experiencia de Bimbo en México demuestra que, con tecnología y reorganización, es posible reducir horas sin afectar salarios ni operaciones.
El debate también incluye voces críticas. Según el economista Andrés López, director del CEDLAS, «en economías con alta informalidad como las de Centroamérica, una reforma mal implementada podría profundizar brechas, beneficiando solo al 30% de trabajadores formales». Por ello, países como Costa Rica optaron por incentivos fiscales a empresas que reduzcan jornadas, en lugar de imponer plazos rígidos. La lección es clara: no existe un modelo único, pero la evidencia regional sugiere que, con adaptaciones sectoriales, el cambio es viable.
Los errores que arruinan implementaciones (y cómo evitarlos desde el primer día)*

La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales avanza en Latinoamérica con casos como Chile, donde la reforma entró en vigor en 2023, y Colombia, que analiza un proyecto similar. Estudios de la CEPAL señalan que esta medida puede aumentar la productividad hasta un 15% al reducir el ausentismo y mejorar la salud mental de los trabajadores. Empresas en Perú y México que adoptaron horarios flexibles reportaron menor rotación de personal, aunque el desafío persiste en sectores como manufactura o retail, donde los turnos prolongados aún son norma.
Implementar el cambio exige planificación. En Uruguay, cooperativas agrícolas ajustaron los horarios en dos fases: primero redujeron media hora diaria durante tres meses, luego evaluaron el impacto antes de aplicar la medida completa. La clave estuvo en redistribuir tareas sin sobrecargar equipos. Según la Dra. María González, economista laboral del BID, «el error más común es asumir que menos horas equivalen a menos producción; la eficiencia depende de optimizar procesos, no de extender el tiempo frente a una máquina».
Los obstáculos varían por sector. Mientras que en servicios financieros o tecnología la transición suele ser fluida —con herramientas de teletrabajo y automatización—, en industrias como la minería en Bolivia o el textil en Centroamérica, la resistencia es mayor. La OIT recomienda empezar con pilotos en áreas críticas, capacitar supervisores y medir resultados con indicadores claros: satisfacción laboral, cumplimiento de metas y costos operativos. Sin estos pasos, el riesgo es generar descontento sin mejorar la competitividad.
2025 y más allá: ¿puede América Latina liderar el cambio global en horarios laborales?*
La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales avanza en América Latina como una respuesta concreta a los cambios en la productividad y el bienestar. Chile ya aprobó su implementación gradual desde 2024, mientras que Colombia y Perú debaten proyectos similares. El argumento central no es solo trabajar menos horas, sino redistribuir el tiempo para aumentar la eficiencia y reducir el estrés, un problema que afecta al 38% de los trabajadores en la región, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Los beneficios van más allá de lo individual. Empresas en Uruguay y Costa Rica que adoptaron horarios flexibles reportaron un aumento del 12% en productividad durante los primeros 18 meses, de acuerdo con un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La clave está en optimizar las horas efectivas: menos reuniones improductivas, pausas activas y enfoque en resultados, no en presencia. Países como México, donde el 22% de los empleados trabaja más de 48 horas semanales (INEGI, 2023), podrían ver mejoras significativas en salud mental y retención de talento si adoptan el modelo.
Sin embargo, la transición no es sencilla. Sectores como el comercio informal o la agricultura —que representan el 40% del empleo en países como Bolivia y Honduras— enfrentan resistencias por su dependencia de mano de obra extensiva. La CEPAL recomienda estrategias escalonadas: empezar con pymes en áreas urbanas, ofrecer incentivos fiscales y capacitar en gestión del tiempo. El caso de Ecuador, que redujo la jornada a 40 horas en 2021 para el sector público, muestra que el éxito depende de políticas complementarias, como transporte eficiente y acceso a guarderías. Sin estas, el cambio queda en papel.
Para 2024, los gobiernos que busquen implementarlo deben priorizar tres acciones: auditorías de productividad en empresas piloto, diálogo con sindicatos para evitar pérdidas salariales y campañas de concientización que desvinculen «éxito» de «horas trabajadas». Brasil, con su proyecto de ley en discusión, podría convertirse en un referente si logra equilibrar los intereses de industrias como la manufactura —responsable del 15% del PIB regional— con los derechos laborales. El desafío es claro: no se trata de trabajar menos, sino de trabajar mejor.
La reducción a 40 horas semanales no es solo un ajuste de horario, sino una apuesta por productividad real, bienestar laboral y economías más competitivas. Países como Chile ya demostraron que, con planificación adecuada, el cambio fortalece sectores clave sin sacrificar resultados, mientras empresas en México y Colombia reportan hasta 20% menos rotación de personal tras implementarlo. Para avanzar en 2024, las pymes deben empezar con pilotos en áreas operativas, usar herramientas de medición de productividad y negociar transiciones graduales con sindicatos, siguiendo el modelo uruguayo de fases por tamaño de empresa. Con siete naciones latinoamericanas debatiendo reformas similares este año, la región tiene la oportunidad de liderar un estándar laboral que atraiga talento y redefina el crecimiento sostenible.




